«La Vida Consagrada, encuentro con el Amor de Dios» es el lema de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que se celebra el 2 de febrero, fiesta litúrgica de la Presentación del Señor. Se trata de atraer la mirada de las comunidades cristianas hacia la vida religiosa, que mantiene su esencia aunque reduce sus proporciones. Hay personas que intentan buscar una explicación que justifique el descenso numérico. Otras, se aferran a una espiritualidad que aleja de esas preocupaciones. No obstante, la pastoral vocacional sigue siendo una reflexión recurrente en asambleas, congresos y publicaciones. El punto importante es abrir el corazón a la llamada de Dios, es decir, querer realizar el sueño que Él tiene para cada uno de nosotros. Trabajar con visión eclesial, sin olvidar que la vida laical también goza de su llamada divina. Voy a presentar tres aspectos que se refieren a las comunidades religiosas, masculinas o femeninas.
Primero, la plegaria por las vocaciones. Existen comunidades que diariamente o semanalmente rezan por las vocaciones, usando uno o varios formularios. Se recitan las oraciones con pulcritud y atención. Rezar es indispensable, siempre que la plegaria arraigue en la vida, siempre que se esté dispuesto a abrirse de corazón a la nueva realidad que se pide. Las nuevas vocaciones corresponderán en su mayoría a jóvenes con su estilo actual, sus maneras de ser, sus peculiariades, que probablemente estén distantes del ritmo comunitario o de las conductas habituales de los grupos consolidados. La alegría de un ingreso suele ir acompañado de una sacudida de seguridades establecidas. Sin aceptar este hecho, esta plegaria se convertiría en un ritual sin compromiso.
Segundo, el dilema entre la nostalgia y la novedad. ¿Por qué y para qué queremos vocaciones? Si se busca la reconstrucción de un pasado, si se desea mantener el vigor de las obras que han marcado nuestro crecimiento en otras épocas, si la nostalgia es el impulso a la oración… atenderla sería traicionar el Espíritu, que busca la novedad. Las fidelidad no es un retorno al pasado, sino un adentrarse en el raíces. Toda vocación supone un soplo de novedad que también alienta los nuevos proyectos, los nuevos comienzos. La fragilidad y la intemperie vuelven al primer plano de las instituciones. Gracias a ellas, el Espíritu encuentra menos resistencias a la conversión y al cambio. El precio de la desinstalación es inevitable.
Tercero, la capacidad comunitaria de acogida. Si una comunidad no presenta unas condiciones razonables de espiritualidad, de cultivo vocacional, de crecimiento en la respuesta, de cualidad de fe y de amor fraterno, Dios podría enviar una persona para reformarla, para darle una oportunidad de conversión. No parece muy plausible que Dios la enviara para que se acomodara en un estilo de vida que va en detrimento espiritual de la persona llamada. Más allá de las estructuras, de la organización, la clave reside en la fuerza de la fe, en el amor por los demás y en la esperanza de un compromiso en la misión.
Lluís Serra Llansana








