«Hacer la reforma a Roma es como limpiar la Esfinge de Egipto con un cepillo de dientes», afirmó el papa Francisco en su discurso de felicitación navideña a la curia romana, citando una frase de Mons. Frédéric-François-Xavier De Mérode. Cada año, unos días antes de la celebración de Nadal, se reúne con los miembros de la curia. En las cinco intervenciones, siempre a la luz de la reforma que está impulsando, ha tocado los temas siguientes: profesionalidad y servicio; catálogo de males, que agrupa quince enfermedades y tentaciones: catálogo de doce virtudes necesarias; doce criterios-guía de la reforma y unos cuántos pasos hechos en un total de diecinueve. En estos cuatro años, su mirada se ha dirigido hacia el interior de la curia romana (ad intra). Este último año, ha reflexionado sobre la curia en relación hacia el exterior (ad extra) describiendo seis ámbitos concretos. Estos discursos son claros, directos, esenciales. Va al grano. Es consciente del cáncer de la autorreferencialidad, que amenaza la curia romana, a través de una lógica de intrigas degenerada y de pequeños grupos que se infiltran en los organismos eclesiales, con la pérdida de alegría y de capacidad de servicio. Recuerda otro peligro, que afecta a los que traicionan la confianza o se aprovechan de su situación, que se dejan corromper por la ambición o la vanagloria, y cuando son delicadamente apartados se autodeclaran equivocadamente mártires del sistema, del «Papa desinformado», de la «vieja guardia»…, en vez de entonar el mea culpa. El Papa no olvida en su discurso «la inmensa mayoría de personas fieles que trabajan con admirable compromiso, fidelidad, dedicación y también con tanta santidad».
Tres reflexiones. Primera, importancia de la curia romana. En mis años de estancia a Roma, tuve la oportunidad de entrar en contacto con algunos miembros de la curia. En general, consideré que su poder material es más bien frágil, pero que se encuentran en la dinámica de un poder espiritual de grandes proporciones. Un poder que no arranca de sus capacidades personales sino de la misión recibida. Tierra adobada para prestar el mejor servicio con generosidad profunda y, a la vez, para ser tentados por los pecados capitales, especialmente el orgullo, la vanidad y la envidia.
Segunda, los organismos eclesiales restantes no están exentos de las mismas enfermedades y tentaciones. Organismos diversos: conferencias episcopales, diócesis, parroquias, congregaciones religiosas… Criticar la curia romana es fácil. La lejanía lo favorece. Aquí se trata de mirarse a si mismo, de ser lúcidos para detectar nuestro compromiso en el servicio o de descubrir también nuestras lacras y vanidades. Con lucidez. Un llamamiento a la conversión.
Tercero, una invitación a los partidos políticos, a los organismos de los Estados, al mundo judicial, a las fuerzas del orden, a los emporios económicos y mediáticos… para hacer el mismo ejercicio que el papa Francisco. No se trata de poner en marcha el ventilador para ensuciar a los adversarios, sino de mirarse ellos mismos para convertirse o dimitir.








