UNA CELEBRACIÓN MUY DICHOSA
Era previsible, y así fue en efecto. La fiesta del sábado 18 de noviembre, en las Escuelas Pías Luz Casanova, de Barcelona, ha estado marcada por una alegría muy grande. El motivo principal, la ordenación sacerdotal de Jordi Vilà Font, aglutinó otros motivos de alegría por los muchos reencuentros de gente de Can Colapi de varios lugares, y de escolapios —religiosos y laicos— no sólo de nuestra Provincia, sino también venidos otros lugares de la orden, encabezados por el P. General, también capellanes de otras parroquias, religiosas, directores de escuelas nuestras, maestras, alumnas, juventud de los grupos Mou-te, y mucha, mucha gente del barrio, familiares de los alumnos.
El encuentro empezó poco antes de las 11 de la mañana, con la bienvenida y la presentación de los talleres que nos tenían que ocupar hasta la hora de comer. Gran sorpresa, para los que hacía cierto tiempo que no visitaban la escuela, al ver las reformas hechas el verano pasado. La planta baja parece otra escuela: luminosa y muy, muy aprovechada. Repartidos por las aulas de los más grandes, se hicieron los primeros tres talleres, de las 11 hasta el mediodía. La persona de Calasancio, el estilo de educador calasancio, el modelo de persona que él soñaba, el acercamiento educativo a los más pobres, y la presencia de las Escuelas Pías por todo el mundo fueron las temáticas.
Después empezaron otros tres talleres sobre temática educativa y acción social, las implicaciones de vivir en cristiano en el día a día, y algunos aspectos menos conocidos de la biografía de Calasanz, sobre todo su camino por nuestro país, antes de ir a Roma. Cada taller contaba con dos personas que lo animaban, un moderador, y también una o dos personas que tenían que hacer un breve resumen para explicarlo en el momento de la puesta en común. Esto fue, justo antes de comer, todos reunidos en el patio de la escuela, sentados bajo un agradable sol de un día radiante de otoño. Los representantes de cada taller hicieron un resumen de las principales ideas del taller, y añadieron algún compromiso que procuraremos sacar adelante. Todo el mundo estuvo de acuerdo de asumir colectivamente los compromisos de los diferentes grupos.
A la hora de la comida, el ambiente se reavivó. La comida compartida se tomaba en el mismo patio, en mesas de entre seis y diez personas, preparada en el mismo patio a la vista de todo el mundo. La conversación y los intercambios tenían un tono claramente festivo y Jordi se desvivia para ir de mesa en mesa saludando a todo el mundo como el verdadero novio de la fiesta.
Acabada la comida hubo una cierta dispersión, en busca de café o, simplemente, para descansar un poco, antes de ir a la vecina parroquia de San Sebastián —la parroquia del barrio del Verdum— para ensayar los cantos y acabar de preparar la celebración de la eucaristía de ordenación. Antes de las 17, hora del inicio, la iglesia estaba bien llena de gente, con una abundante representación de la inconfundible gente del barrio. Una numerosa corona de concelebrantes precedieron a Jordi, a quien apoyaban, el P. General y el P. Provincial, el compañero de comunidad, Jaume Salas, el rector de la parroquia y vicario episcopal de la zona, y el presidente, el arzobispo de Barcelona, cardenal Omella. Entre cantos, hacia sus lugares alrededor del altar, empezó la celebración con unas palabras de introducción.
De la celebración se podrían destacar muchas cosas, pero nos limitaremos a decir que en todo momento se mantuvo un ambiente de alegría, al mantenimiento del cual ayudaron los músicos, los cantos, la dirección de los mismos, la excelente predisposición de una asamblea tan motivada y participativa, y la manera de proceder del cardenal, en la cual no faltaron algunos momentos de complicidad, de fino humor y de guiños a Jordi y a sus padres y abuela.
Especialmente emotivo fue el momento en que el presidente preguntó si Jordi era digno de ser ordenado. Para responder, dos testigos de una manera muy acertada trazaron un retrato de su camino en los años pasados y hasta llegar al día de hoy, y que fueron acogidos con grandes aplausos espontáneos del público. El P. Provincial pidió una especie de votación a mano levantada a la asamblea. La mayoría favorable fue sencillamente acaparadora. El presidente acogió favorablemente estos testimonios e inició los ritos de la ordenación, con el interrogatorio sobre las disponibilidades, libertad y voluntad del candidato al sacerdocio. Seguí la homilía, sencilla, inteligible para el público, con delicados detalles hacia Jordi, hacia sus padres, hacia las Escuelas Pías, hacia la juventud.
Después se buscó la complicidad de una serie de santos y santas. Todo el mundo cantaba rogándolos que hicieran camino con nosotros. A continuación, vino la imposición de manos del obispo y de todos los sacerdotes concelebranets. Resultó impresionante la larga cola de compañeros que iban repitiendo el gesto ancestral de imponer las manos encima la cabeza de Jordi para que la gracia divina lo llenara, cara a ejercer como es debido su nuevo ministerio, un ministerio —como precisó el cardenal— que no anula el anterior ministerio diaconal de servicio, sino que lo completa con nuevas perspectivas y realidades.
El resto del ritual se desarrolló entre exclamaciones cantadas por todo el mundo de forma repetitiva: el cambio de la estola cruzada diaconal por la posición presbiteral, la imposición de la casulla por los padres, la unción de las manos, la entrega del plato y la copa de la eucaristía y, finalmente, el abrazo tanto del obispo como de todos los hermanos en el presbiterio. Otra vez la misma fila de compañeros que se afanaban en abrazar a Jordi con sentimientos fraternos y con una gran alegría.
La eucaristía continuó de la forma habitual, teniendo el cardenal a Jordi a su lado, como primero de otros muchos concelebrantes. El momento de la paz fue otro momento de explosión de alegría. A la hora de repartir la comunión, a pesar de que había unos cuántos sacerdotes que, junto con el obispo, ofrecían el pan a la gente, no hay que decir que la fila de Jordi era la más larga y que muchos de los vecinos del barrio no quisieron cambiar de fila de ninguna forma. Era una forma sencilla de presentarle la enhorabuena por el ministerio que le han encargado de alimentar el pueblo de Dios con la palabra y los sacramentos.
El presidente cedió el turno a Jordi, que dirigió palabras de agradecimiento y una petición de ayuda por lo que se pueda esperar de él. El cardenal bendijo todo a el mundo y así se acabó la eucaristía de ordenación. Todavía quedaba, pero, la fiesta en el patio de la escuela, donde la gente se fue trasladando para un refrigerio y un compartir dichoso, mientras Jordi iba recibiendo muestras de amistad y de afecto por parte de alguna gente y grupos.
Así damos por acabada la crónica de este acontecimiento festivo. Pero no sin resaltar algún aspecto muy presente en toda la fiesta. Ya nos hemos referido a la alegría y al ambiente festivo. También podemos añadir el elemento educativo de la jornada, puesto que la reflexión de la mañana en los talleres ha despertado el hambre en muchas personas, que parece que añoren una mayor profundización en el espíritu de Calasanz o, como alguien lo describió gráficamente, en el aroma de Escuelas Pías. Gustosamente hacemos votos porque aquellos a quienes corresponda miren de organizar algún medio para favorecer esta profundización en muchas personas identificadas con las Escuelas Pías que lo desean. Ojalá la gran fiesta de este sábado pueda servir para encontrar dinámicas que nos ayuden a todos juntos.
Finalmente, a la vez que felicitamos y alentamos a Jordi en el camino emprendido, damos gracias a Dios que nos sorprende con tanta joya compartida, en medio de las dificultades y los afanes de cada día. En medio de la sequía de personas que sufrimos, hemos vivido felizmente un signo que Dios que no abandona nunca su Iglesia y hace camino siempre a nuestro lado.
Andreu Trilla Llobera








