(Fray Eduard Rey, capuchino. Presidente de la URC) Me cogió por sorpresa. Cuando me puse a meditar el evangelio de la quinta semana de cuaresma, la escena de la mujer adúltera (¿o habría que decir de los hombres acusadores?) apareció como una cosa inesperada. Hacía pocos días que había sentido por internet un comentario a este fragmento, y de golpe me lo encuentro allá, casi como si presente me hallase, que diría san Ignacio.
Me llama la atención el círculo de los acusadores. ¡Qué reconfortante que es sentirse parte de un grupo! Y más si creo que es el grupo de los mejores, ¡o como mínimo de los buenos! Este grupo cree tener en su centro a Dios y su Ley. Pero la escena pone en el centro precisamente a la persona que el grupo quiere excluir, la persona que los buenos quieren excluir definitivamente a golpes de piedra, sin ni siquiera tocarla. Y quizás sucede cada vez que nos creemos “los buenos”, cada vez que afirmamos “nuestra justicia”, que en realidad nos afirmamos a partir de la exclusión, de una violencia quizás no siempre tan evidente como la escena del evangelio.
El círculo se abre. Por malicia, pero se abre. Se abre hacia Jesús. Lo invitan a incluirse, a ser parte. Muchos de nosotros nos dejaríamos seducir. Qué difícil que es quedar fuera del círculo… Jesús debe de ser consciente de esta tentación, porque incluso evita mirarlos. Los ignora ostentosamente, dibujando en la tierra con el dedo. Y finalmente deshace el círculo. Quienes miraban juntos hacia la mujer de repente aceptan la invitación a mirarse a sí mismos. Se van cada uno por su lado. Y queda allá en medio sola esta mujer, figura de la nueva comunidad que quiere crear Jesús.
De la escena de la adúltera al Viernes Santo. Jesús va más allá de perdonar a la adúltera: se pone en su lugar, en el lugar de todos los acusados, de todos los condenados, de todos los excluidos. Incluso san Pedro, solo en medio de la noche más terrible, se ha sentido atraído por el calor del fuego que han hecho los guardas y los criados del palacio, y ha preferido el rescoldo del grupo al seguimiento del Maestro en esta hora… El círculo de los acusadores, de los verdugos, de los burlones, se vuelve a formar, y, otra vez, el excluido, el impuro, el acusado de blasfemo vuelve a quedar misteriosamente en el centro.
Uno de los que están condenados a la cruz hace un último intento desesperado de incorporarse, de sentir que pertenece a los escogidos, sumándose a las burlas y a los desprecios hacia Jesús. Pero el otro ha entendido el engaño. Se da cuenta que su propia vida como excluido y condenado solo tendrá sentido si deja el círculo de quienes se justifican y humildemente se pone en la fila de los perdonados llamados a seguir a Jesús.
En uno de los nuevos mosaicos de Rupnik en la Cueva de Manresa, se ve la llamada del publicano Mateo. Jesús le señala un camino dorado, un camino que lleva en la fiesta de los pecadores perdonados. Es el camino que va del yo tampoco te condeno al estarás conmigo en el Paraíso. Que hoy, al pie de la cruz, todos lo sepamos intuir.








