(P. Óscar Muñoz, cm Misionero Paül, vocal de la URC) El Jueves Santo, como inicio de la celebración del Triduo Pascual, nos llama como consagrados a vivir el seguimiento de Jesucristo desde tres dimensiones profundas: la fraternidad, la Eucaristía y el servicio.
Jesús nos deja como resumen de su enseñanza el mandamiento del Amor: “amaos los unos a los otros como yo lo he amado”(Jn 15,12). Nos recuerda que la fraternidad es un elemento constitutivo de la vida cristiana, mucho más de la vida consagrada. La vivencia de la fraternidad en la comunidad tiene que ser experiencia del amor entre nosotros y fuente de testimonio de la presencia de Cristo en nuestra vida en común, un testimonio que tenemos que llevar a cabo personalmente, pero también de manera comunitaria. Vivir el mandamiento del amor implica ser capaces en cada una de nuestras comunidades de hacer de la vida fraterna una propuesta de presencia de Cristo que nos llama al amor y que al vivir este amor de manera profunda y actual ser testimonios por el mundo de hoy que otro manera de vivir es posible.
Jesús instaura la Eucaristía, encuentra la manera de quedarse con nosotros por siempre jamás en el pan y el vino. La Eucaristía comporta la experiencia de encuentro real con Jesús en el sacramento y es alimento para nuestra entrega. Por eso la Eucaristía, en la persona consagrada, es el momento central de la jornada, es donde podemos llenar nuestra existencia de Cristo para poder darlo a Él a los demás y es el motor que da fuerza y sentido a todas las actividades que hacemos. Vivir la Eucaristía como un momento más de la jornada, sin que sea un encuentro personal y comunitario con Cristo, hacerlo porque se tiene que hacer, sin poner todo el corazón, la mente y el alma hace que la vida consagrada pierda bastante, se viva de manera rutinaria y quede en acciones puntuales sin trascendencia.
Finalmente, Jesús hace el gesto del lavatorio de los pies recordando a los discípulos que no ha venido para ser servido, sino para servir (Mt 20,28). Lavar los pies para nosotros como consagrados implica un estilo de vida, vivir en actitud de servidores, ser conscientes que nuestra entrega pasa por servir a los hermanos, para ponernos en plan de arrodillarnos ante la vulnerabilidad de cada persona y ser capaces de acoger incondicionalmente su realidad. Vivir como servidores nos hace estar atentos a dar respuesta a las necesidades de los nuestro hermanos, sobre todo de los más pobres, haciendo vivo y actual cada uno de nuestros carismas, recordando que el servicio es siempre de palabra y de obra, para que nuestros hechos y palabras sean a la vez expresión de la Caridad y acción evangelizadora.
Vivir el Jueves Santo nos hace repensar la llamada que nos hace Jesús hoy, ahora, como consagrados a hacer efectivo el Amor. Un Amor que recibimos cada día en la Eucaristía que es el lugar fundamental de encuentro con Cristo y que nos llena de Él para darlo a los demás cada día; un amor que hay que expresarlo de manera patente en la vida fraterna puesto que tenemos el reto de mostrar en el mundo que el Reino de Dios se puede vivir, empezando por nuestra vida en comunidad, siendo comunidades fraternas y a la vez significativas desde la especificidad del propio carisma; un amor que se manifiesta de manera concreta en un estilo de vida de servicio a los hermanos, llevando a cabo desde la Caridad la primera misión que es ser evangelizadores en cualquier actividad que llevamos a cabo en el marco de la Iglesia y la sociedad donde vivimos.








