(Susana García del Álamo, Presidenta de la URC · 16/05/25) Cuando en la Plaza de San Pedro del Vaticano, en Roma, repicaban las campanas anunciando, a las 18:07 h del jueves 8 de mayo, que teníamos nuevo Papa, unas 950 religiosas, Superioras Generales de las diferentes congregaciones religiosas femeninas dispersas por el mundo, estábamos celebrando la eucaristía de clausura de la 60ª Asamblea Plenaria de este año, con el lema “La vida consagrada, una esperanza que transforma”.
Durante las sesiones de la Asamblea, hemos intercambiado puntos de vista y reflexionado sobre el tema de la vida consagrada a nivel internacional, en un clima de sinodalidad, para afrontar con confianza los desafíos del futuro, intentando estar siempre abiertas a la acción del Espíritu, que nos impulsa a continuar entregando la vida en favor de los más desfavorecidos. Las jornadas, que giraban alrededor de la reflexión del lema propuesto, se hicieron mediante las “conversaciones en el Espíritu”, dejando que fuese Él quien marcara nuestras reflexiones y compromisos finales.
A lo largo del día, se escuchaban comentarios constantes sobre qué haríamos si salía la noticia de la elección del Papa: si se dejaría sin concluir la asamblea, si lo pondrían en la pantalla conectando con el Vaticano, si pondrían autocares para acercarnos a la plaza para celebrarlo toda la vida consagrada de forma conjunta… Entre todas, salían nombres de cardenales que podrían ser elegidos, y comentarios como que nos tendríamos que dejar sorprender por el Espíritu, que obra siempre según su voluntad. Parecía que todas teníamos la intuición de que aquella tarde tendríamos que salir deprisa, y así fue.
En el momento de la comunión cantamos:
“Deus é amor, atreve-te a viver por amor. Deus é amor. Nada há a temer” –
“Dios es amor, atrévete a vivir por amor. Dios es amor. No hay nada que temer” –
“Déu és amor, atreveix-te a viure per amor. Déu és amor. No hi ha res a témer”,
y fue justamente cuando acabábamos de comulgar que se empezó a sentir un cuchicheo: “Fumata blanca”, y el silencio profundo que había en la sala se transformó en un canto de alegría, de aleluya, de esperanza, y toda la asamblea nos alzamos, volviendo a cantar el Salmo 65 (66) que habíamos proclamado en la celebración:
“Cantad, pueblos, al Señor, cantan cantos de alegría. Cantan, pueblos, al Señor porque ha hecho maravillas.”
Parecía que todo estaba preparado, incluso los cantos que compartimos. El Señor sabe cómo hace las cosas, no hay nada que le pase desapercibido.
Después de recibir la bendición final, empezamos a marchar para intentar llegar a ver la salida al balcón del nuevo Papa elegido, con la emoción de poder recibirlo y darle nuestro respaldo como mujeres consagradas.
El ambiente que vivimos fue inolvidable; todavía puedo recordar la sensación de alegría que se percibía en las calles, las caras de emoción y sorpresa, los gritos y las aclamaciones que hacían todavía más emocionante el momento.
¿Y ahora? Todo son interrogantes sobre cómo será y cómo actuará el nuevo Papa León XIV (Cardenal Robert Francis Prevost). Creo que lo que más necesitamos de él es que sea un hombre de paz y que nos aliente a contribuir en la construcción de un mundo justo, que viva en paz, como está demostrando desde un principio; un misionero que abre caminos de unión y de reconciliación, un hombre bueno, paciente, alegre, transmisor del Evangelio no sólo con sus palabras y sus mensajes, sino también con sus gestos, como espejo de los de Jesús.
Es el momento en que nos tenemos que unir en la oración, para que Dios continúe obrando, y, mediante el Pastor, podamos transmitir con nuestras vidas la esperanza que nace y crece del corazón lleno de la Bondad de nuestro Dios.








