(Natàlia Aldana · 11/04/25) Un año más nos encontramos a las puertas de la Semana Santa, ya a punto para celebrar con toda profundidad y sentido el Misterio Pasqual de Jesucristo. Son los días más importantes y densos de la celebración de la fe cristiana, donde recordamos, hacemos memoria y actualizamos los acontecimientos que llevaron Jesús a la cruz y, más allá de la cruz, la mañana de Pascua.
Como los niños hebreos salimos a encontrar a Jesús con palmas en las manos, aclamando al Señor de la vida: “Bendito quien viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo!”. Y con Él entramos en Jerusalén dispuestos a revivir y acompañar a Jesús en su Pascua, en su paso hacia el Padre. Lo veremos acogido en Betania, donde será reconocido y ungido con perfume preciado, y lo sentiremos negado y traicionado por sus discípulos más próximos. Porque esta es nuestra condición también de consagrados: con un gran deseo de Jesucristo y con una gran debilidad para testimoniarlo. Y después será Él quien se arrodille a lavar los pies de cada uno de nosotros, dejándonos un ejemplo de cómo es su amor, aquel que nosotros queremos reflejar con nuestra vida: amor sin límite, hasta el extremo. Amor que, en el pan y el vino, se hace alimento de vida para todos. Amor que llega hasta abrir los brazos en la Cruz y dejarse traspasar por una lanza. Amor que da vida y que es Vida, porque la mañana de Pascua todo el mundo sabrá que el sepulcro está vacío y que la Vida ha vencido la muerte por siempre jamás.
La liturgia, sabia pedagoga, nos ayuda a revivir y a hacer nuestros, hoy, estos misterios que son el cimiento del ser y de la misión de la Iglesia. Y, a través de las celebraciones de estos días, nos posibilita manifestar y fortalecer nuestra fe en el Cristo Resucitado. Porque esta es nuestra esperanza: Cristo ha resucitado y, con su vida, puede iluminar todo aquello que, en nuestro mundo, todavía está oscurecido por el mal y la discordia.
Estamos viviendo un año jubilar dedicado a la esperanza. Como religiosos lo tenemos que fortalecer más que nunca, yendo a la fuente donde arraiga esta esperanza: aquella noche bienaventurada, que une el cielo y la tierra, noche en que el hombre reencuentra a Dios, como tan bellamente canta el pregón pascual.
Entramos pues, con fe y alegría, en esta nueva Semana Santa que la Iglesia nos ofrece; acompañamos con decisión a Jesús, vivamos con Él estos días desde el amor profundo y la esperanza. ¡Que todos sepan que es Pascua, que Cristo, el Señor, ha resucitado!








