(Hna. Griselda Cos i Boada. 08/08/26) Fue un fuerte reto para nuestra comunidad cuando se nos pidió que viniéramos al Santuario de la Virgen de Puiggraciós, situado en este espacio tan rural y bello. Lo fue para nosotras, una comunidad de vida tan clásicamente monástica y urbana, vivida desde el año 945 y tan visceralmente arraigada como estábamos a Barcelona, ciudad con la que manteníamos y mantenemos lazos entrañables de historia, aunque la hayamos vivido, sí, con tantos momentos de guerras que habían hecho aún más fuerte nuestro sentido de pertenencia.
Las monjas, que en aquel momento del año 1971 éramos más de sesenta, acogimos aquella extraña llamada que la Iglesia nos hacía, con un largo discernimiento de reflexión y de oración, compartiendo juntas cada semana cómo responderíamos.
Después de casi dos años, la Madre Clara Palomares, hija de Vilassar de Mar, que era una mujer fuerte, con el apoyo de la Comunidad, tuvo la valentía de dar una respuesta positiva al cardenal Narcís Jubany, que era quien nos lo había pedido.
Cada monja fue llamada a manifestar su disponibilidad para formar parte de la pequeña comunidad que iría a Puiggraciós. Dieciséis monjas nos ofrecimos para ir a Puiggraciós, de las cuales, sin embargo, solo seis podríamos ir. El discernimiento lo hizo la Madre Abadesa, y escogió a las siguientes hermanas: Montserrat Mercader, que hoy tiene ciento dos años y que fue nombrada Priora. Maria Rosa Ripoll, de Sant Just Desvern, que cuando aún no llevaba tres años allí murió en un accidente de moto, vehículo con el que deseaba resolver cómo ir y venir de Puiggraciós a Barcelona y donde hiciera falta. La tercera fue la hermana Justina Pi, mujer sencilla y firme en humanidad y, sobre todo, en espiritualidad y entrega. La cuarta fue la hermana Rosa Julibert, que más tarde asumió la responsabilidad de la comunidad y que siempre fue como una madre y hermana entrañable para toda la gente de la comarca y para los amigos de Puiggraciós. Ella permaneció cuarenta y siete años, más que ninguna del primer grupo de monjas. La quinta fue Maria Teresa Solà, que era toda ella un sí a todo aquello que hiciera falta y siempre, pero al cabo de pocos años tuvo que volver a Barcelona a causa de la delicada salud de sus padres. Y la sexta fue Maria Teresa Batallé, la cantora, pintora y artista, gran amante de los caminos y senderos de los Cingles.
A lo largo de los cincuenta y tres años hemos vivido en Puiggraciós veintiuna hermanas de la Comunidad, con estancias más o menos largas.
Antes de instalarnos allí, las monjas recordamos bien cómo fuimos a preparar el nuevo «monasterio» con todo cuidado, pero sobre todo respetando su bella sencillez. También recordamos cómo los sacerdotes que se turnaban para subir cada día a celebrar la Misa ayudaban a poner cristales y a hacer lo que fuera necesario, ya que el Santuario había estado mucho tiempo deshabitado.
Fue el día 7 de septiembre, víspera de la Solemnidad de la Natividad de la Virgen María, del año 1973, cuando toda la comunidad confiaba a la Virgen de Puiggraciós a nuestras hermanas. Se celebró una vigilia de oración muy entrañable. La gente de los pueblos más cercanos, que valoraba aquella nueva presencia, también asistió con devoción.
Pronto las monjas vieron que el hábito largo y negro no se adaptaba al entorno de Puiggraciós y enseguida adoptaron un hábito vaquero más adecuado para el entorno natural que habían descubierto en un recorrido monástico que hicieron por Europa, donde visitaron diversas comunidades monásticas de ámbitos también rurales.
Las dos hermanas más jóvenes se sacaron el carné de conducir y este gesto fue para todas un motivo de novedad y de alegría cada vez que, con éxito, regresaban de Barcelona sin grandes dificultades. Porque dificultades sí que tenían cuando descubrían, por ejemplo, que habían cometido infracciones circulando en dirección contraria, etc.
La liturgia y la oración no dejaron nunca de ser el centro de la vida de la comunidad, así como el momento importante que se vivía en el Santuario, sobre todo los domingos y festivos. También la oración estuvo siempre abierta a las personas que subían entre semana. Las romerías y las grandes fiestas del Año Litúrgico fueron recuperando su prioridad en la participación tanto de las parroquias como de la gente de los pueblos que sentían un afecto especial por la Virgen de Puiggraciós. También se fueron introduciendo los actos populares propios de cada pueblo, como los panecillos, las caramelles, los gigantes y las sardanas.
Vivir este estilo popular, tradicional y vivo de los pueblos del Vallès Oriental supuso para nosotras, las monjas, una gran novedad y una apertura que fue marcando nuestro monacato de una manera nueva y también nuestra vida, tan marcada todavía por el estilo de nuestra «clausura». Pero fuimos asumiéndolo con mucho realismo y alegría.
Acoger a los huéspedes fue tomando pronto formas más sencillas. Por ejemplo, la costumbre monástica de comer en silencio, haciendo lectura o poniendo música, pronto se fue adaptando a las necesidades de las distintas personas que acogíamos. Los huéspedes fueron invitados muy pronto a participar también en la oración de Completas, la última del día, que siempre iba precedida de un buen rato de conversación e intercambio muy enriquecedor… que fue dando color no solo a nuestra vida monástica, sino también a nuestra vida humana y fraterna, y nos iba haciendo más cercanas, acogedoras y abiertas a toda persona que venía a Puiggraciós, fueran cuales fueran los motivos por los que venía.
Uno de los acontecimientos importantes fue la primera Peregrinación a Montserrat, que se inauguró con la colocación de la mayólica de la Virgen de Puiggraciós en el Camino de los Degotalls. Aquel primer año participaron trece pueblos. Todavía hoy es una peregrinación muy querida. También fue muy importante la celebración de los trescientos años del Santuario (2011), dentro de la cual un día hicimos una peregrinación desde Montmany, llevando en andas a la Virgen e intercalando el camino con cantos, oraciones y lecturas.
La gran fiesta del Santuario, la Natividad de la Virgen María, el 8 de septiembre, siempre se ha celebrado con la Vigilia de oración la víspera, en la que participaban jóvenes y gente de los pueblos, y al final, en la plaza, compartíamos la coca que habíamos preparado las monjas para el final de la celebración.
Con mucha alegría se preparó también la celebración de los cincuenta años de presencia de las monjas en el Santuario. El año 2023 fue todo un año lleno de actos culturales y festivos.
Nuestra Comunidad monástica ha ido siguiendo en Puiggraciós, acompañada y guiada por diferentes hermanas abadesas que han deseado mantener siempre una presencia viva de oración, fraternidad y acogida. Después de la Madre Clara Palomares, siguieron la Madre Maria Lourdes Solé, la Madre Gertrudis Nin, la Madre Esperança Atarés y la Madre Roser Caminal, actualmente nuestra priora-administradora.
Nuestra presencia inicial de seis hermanas se ha ido adaptando a la realidad de la comunidad de Barcelona, variando el número según las posibilidades. Quisiera mencionar, aparte de las seis primeras, los nombres de las hermanas que han vivido un tiempo más o menos largo, dedicadas al Santuario. Son las hermanas Elionor Cabré, Francesca Bosch, Lluïsa Juan, Rosa Farriol, Roser Buscà, Griselda Cos, Mercè Pinuaga, Montserrat Raméntol, Maria Assumpta Maymó y Maria Lourdes Solé. En los últimos seis años, las hermanas Roser Caminal y Maria Teresa Botey, con pequeñas estancias también de las hermanas Rosa María de la Parra e Isabel Vivancos. Siempre con el apoyo de toda la comunidad.
La vida del Santuario estuvo sostenida también por el Consejo de Puiggraciós, con miembros de las distintas parroquias, cuando el Santuario era la sede del arciprestazgo de Puiggraciós. Este Consejo se transformó en el Grupo Enlace, que continuó dando apoyo e impulsando la vida espiritual y cultural. En la última etapa, se añadieron los grupos del Pot Petit, el Tast comunitari y la Comunitat Jitsi, que cada jueves se reúnen para rezar en línea. El deseo de mantener vivo el Santuario y su entorno por parte de los laicos dio lugar a la creación de la Associació d’Amics de Puiggraciós, que aglutina los grupos existentes y otras personas que aman el Santuario.
Nuestra presencia en Puiggraciós se ha ido adaptando, pero no se han reducido ni la acogida ni las celebraciones culturales y espirituales. Gracias a muchos de vosotros se ha mantenido una gran animación de actos con los que Puiggraciós ha continuado siendo un espacio sagrado de fe, de fiesta, de país y de fraternidad, con una participación viva y activa.
Mantener viva la liturgia, la acogida y la cultura popular, y llenarlas de sentido, ha sido una alegría que siempre hemos deseado.
Yo, redactora de estas líneas, no puedo cerrarlas sin hacer memoria de muchos nombres y familias que ya nunca podré arrancar de mi corazón, como por ejemplo nuestros vecinos más cercanos: la Pepeta, la Concepció de Can Panxarossa, la Montserrat y el Manel de Can Tumeu, en el cielo estén. Lluís y Ferran Cirera; las familias de Can Sous y de Can Saló: Lluc, Montserrat, Josep y sus hijos. Pep Salsetes y Rosa Maria; Carme Puig, Martí Maragall y su madre Montserrat.
Las familias de Can Quintana, del Pollancre, del Mestret, de Can Draper y del Bertí. Las queridas familias Nualart, Galobart, Relats, Turull y la familia Ribas, que nos acogieron en su casa el día del incendio en Puiggraciós. Y también muy especialmente la familia de la imprenta Gráficas Harris de les Franqueses del Vallès que, entre otras cosas, imprimieron gratuitamente durante mucho tiempo las postales y estampas de la Virgen de Puiggraciós.
Los amigos Jaume Dantí y Rosa, Toni Ferrer y Dolors, Miquel Rocabruna, Montserrat Ponsa, Montserrat Palau y Enric. Ramon y Gemma con Júlia y Biel, Eduard y Maruja, Felipe y Montserrat, Joan y Dolors de La Masia. Dolors Espargaró y Jordi, sus hijos y todos los niños de acogida que han pasado por su casa. Lluís y Mercè Chacón y Víctor Rodríguez.
Sobre todo también, a los sacerdotes que vinieron a celebrar diariamente la Eucaristía con nosotras y a quienes, a lo largo de estos cincuenta y tres años, han animado y compartido la fe con nosotras.
Y tantos y tantos otros nombres que me duele no poder mencionar ya, pero que llevaré siempre entrañablemente en el corazón.
Sí, un día, las monjas del Monasterio de Sant Pere de les Puel·les de Barcelona vinimos a ser piedras vivas del Santuario de Puiggraciós y hoy deseamos que siga siempre bien vivo, pero a nosotras, hoy, nos ha llegado el momento de decir «con lágrimas en los ojos»: ADIÓS Y GRACIAS POR TODO LO QUE HEMOS RECIBIDO Y VIVIDO.
Fotografía: Catalunya Religió








