(O. de Urgell · Sor María Victoria Triviño · 29/05/26) En la solemnidad de la Santísima Trinidad, el 31 de mayo, la Iglesia madre convoca a todos los fieles a rezar por quienes siempre rezamos por todos, por quienes vivimos para el Señor en la vida contemplativa.
No es igual la forma de vida de todas las Órdenes monásticas. Pero tenemos en común la dedicación a la oración, que se ejerce en la Sagrada Liturgia y marca el ritmo de la jornada al son de la campana claustral.
En la Sagrada Liturgia, que se celebra en el coro conventual, nos unimos al sacerdocio de Cristo, el Señor, y ofrecemos la alabanza, la acción de gracias y la súplica con quienes rezan y en nombre de quienes no rezan, de quienes creen y de quienes no creen, de quienes sufren y de quienes disfrutan, de quienes nacen y de quienes mueren… Y la oración se hace poderosa en el Mediador, Cristo Jesús Señor nuestro, se hace compasiva en manos de la Madre del Señor y abraza al mundo, abraza a la Iglesia, abraza sobre todo a nuestra Iglesia de Urgell buscando a cada uno con su rostro y su nombre, sus anhelos y sus sufrimientos.
Es incesante la oración porque, en virtud de los husos horarios, es como si los contemplativos danzáramos en un gran círculo. Cuando cesa el canto en un monasterio, comienza en otro. Y la oración no cesa, se eleva y hace descender la bendición.
En cuanto a la oración de intercesión, se ejerce en todos los instantes de la vida, en la oración personal, el trabajo, el estudio y el descanso. Tanto en el coro como en el altar del corazón, se ejerce el sacerdocio santo en forma de ofrenda, de súplica, de deseo, de recuerdo amoroso llevando las alegrías y las cargas de los hermanos. La madre santa Clara de Asís nos enseña a interceder “como un abrazo al Cuerpo inefable de Cristo”, que es la Iglesia.
Y aún más, es imposible retener tantas peticiones como nos llegan para encomendar. Algunas personas, que apenas conocemos, lo hacen de pasada, ni siquiera sabemos su nombre. Para estos casos, la madre santa Clara nos enseña a guardarlo todo en el corazón y, al rezar, decir al Señor: Te presento, Señor, todo aquello que he guardado en el corazón. Míralo y obra según tu inmenso amor.
En la Sagrada Liturgia, la adoración al Santísimo de la mañana, la oración personal, el estudio, el trabajo y el tiempo de compartir en sororidad, transcurre la jornada.
Al finalizar el día, conservamos una bella tradición franciscana. En la escalera principal de nuestros conventos siempre hay un cuadro de la Virgen Inmaculada. Es “la escalera de la Tota Pulchra”. Allí termina la jornada cuando la comunidad, a los pies de la Madre del Señor, canta “Tota pulchra es Maria…”








