(LV · Antoni Puigverd · 28/04/24) La diócesis de Girona ha vivido un largo tiempo de espera y orfandad. Dos años sin obispo. Nadie sabía por qué. Corría un argumento fatalista: “Girona es una diócesis muy difícil: diversos candidatos han renunciado”. En los años en los que el catolicismo era una religión hegemónica, ser obispo tenía muchos alicientes mundanos. El añorado Miquel Pairolí evoca en la novela Cera el relieve de que gozó el obispo Cartanyà, cuya procesión fúnebre atravesó la ciudad de Girona convertida en un gran acontecimiento.
Ahora, en pleno siglo XXI, ser obispo en Girona es un acto sacrificial, que no regala satisfacciones mundanas y, en cambio, comporta numerosos quebraderos de cabeza. No sólo debido a la problemática interna: descenso del número de creyentes; falta de vocaciones y envejecimiento del clero; tensiones entre el cristianismo progresista y el integrista. Sino como consecuencia de la veloz penetración de la cultura posmoderna, hegemónica en una Girona que ha bloqueado, en una sola generación, la transmisión de la fe y la cultura cristianas.
Foto: Àngel Almazan








