(Fray Xabier Gómez OP, Obispo electo de S. Feliu de Llobregat · 24/10/24) A lo largo de la historia la vida consagrada ha surgido como respuesta del Espíritu de Jesús a su Iglesia en momentos de crisis o de cambios profundos tanto en la sociedad como en la comunidad eclesial. Santo Domingo comprendió que la reforma pedida por el pueblo de Dios y la desafección hacia la Iglesia de su tiempo, requerían volver a lo esencial, al misterio de la Encarnación, reproduciendo la vida apostólica, estudiando para dialogar y proponer, con pedagogía y coherencia, lo que se predicaba. Mi manera de comprender el sacerdocio está modelada por el seminario y mi diócesis de origen en San Sebastián (País Vasco), pero al llegar a la Orden se enriqueció con los acentos propios del carisma dominicano.
A los dominicos nos gusta bromear diciendo que la Orden nació en una tasca. Ciertamente, la intuición de Santo Domingo se produjo después de una larga noche de escucha, diálogo y propuesta al tabernero cátaro que le alojaba. El catarismo era un sistema cerrado, autoreferencial, centrado en la perfección y el desprecio a la materia y lleno de prejuicios hacia los que no pensaban igual. El desprecio a la Encarnación derrumbó la adhesión a la sacramentalidad de la Iglesia. Pero la coherencia de vida, la ayuda mutua y la pobreza que abrazaban sus divulgadores seducía a la gente desconectada de los eclesiásticos de su tiempo; porque había una Iglesia desdibujada por la mundanidad, el poder y la falta de formación de sus pastores. En este contexto el Espíritu regaló la santidad de Domingo, Francisco, Clara, Catalina y otros muchos. De aquellos tiempos me gusta resaltar el valor de lo que ahora se denomina “cultura del encuentro”, si bien en el s. XIII hubo más que “encuentro”, topadas violentas que Domingo y Francisco siempre rechazaron. En el pasado siglo, San Pablo VI propuso una “Iglesia que se hace diálogo”, recordando, como enseña lo Vaticano II, que nuestra razón de ser es evangelizar, comunicar la Buena Noticia de Jesucristo, la vida en Cristo.
La Orden y las comunidades cristianas con las cuales he compartido hasta ahora mi sacerdocio como diocesano o religioso, me han regalado aquello que espero compartir al servicio de la comunión del pueblo de Dios que peregrina en Sant Feliu de Llobregat: una espiritualidad centrada en el misterio de la Encarnación, el amor a la Palabra de Dios, la predicación de la gracia y la misericordia, la alegría de la fraternidad, la misión compartida, el horizonte amplio y abierto de la catolicidad, el afecto a los pastores y en sus comunidades, la paciencia para resolver conflictos e, incluso, el sentido del humor. Nuestra diócesis ha decidido que este curso, en sintonía con la Iglesia universal, sea un tiempo para ser testimonios de la esperanza. Contemplata aliis tradere. ¡Vamos por trabajo!








