Palabras introductorias
En esta eucaristía miembros de las diversas formas de vida consagrada, junto con todo el Pueblo de Dios nos encontramos como Iglesia de Barcelona alrededor de su Pastor, Mons. Joan Josep Omella, acompañado del nuevo delegado diocesano de Vida Consagrada, P. Joan Josep Moré.
Un año más, siguiendo la tradición inaugurada por el Papa Juan Pablo II el 1997, queremos dar gracias a Dios y celebrar el don de esta forma de vida dentro de la Iglesia.
El lema de este año es “Padre nuestro. La vida consagrada testigo del amor de Dios”. Quiere recordar que, ahora hace 20 años, en 1999, San Juan Pablo II propuso en la Iglesia un año dedicado al Padre con el objetivo de prepararla para la llegada del nuevo milenio.
Hoy, 20 años más tarde, la Iglesia nos recuerda a los consagrados que somos y tenemos que ser todavía más, con nuestra vida y testigo, presencia del amor de Dios.
En esta fiesta de la presentación del Señor, con María y con Jesús cada uno de nosotros queremos hacer nuestras las palabras del salmo “heme aquí, Dios mío, que vengo a hacer vuestra voluntad”, haciendo realidad una de las peticiones del Padrenuestro, plegaria enseñada y hecha vida por Jesús.
Esta voluntad de Dios Padre no es otra que hacer realidad su Reino de Amor, y en concreto mostrar con palabras y obras como Dios estima entrañablemente cada persona, especialmente los hijos e hijas perdidos, lejanos o sufridores. Jesús es “el rostro de la misericordia del Padre”, como indica el título de la bula con que el Papa Francisco convocaba el Jubileo Extraordinario de la Misericordia.
Las personas consagradas, siguiendo de cerca el estilo de vida del Cristo, nos sentimos interpelados e inducidos por el lema de esta Jornada a ser estos testigos del amor del Padre hacia nuestros mismos hermanos o hermanas de comunidad, los miembros de nuestras familias; y hacia las personas con que nos encontramos cada día en la calle, en el barrio, la escuela, la universidad, el hospital, la residencia, la parroquia, el centro abierto, las comunidades cristianas, los monasterios…
En estos ámbitos esforzamos por tener muy claro que lo importante no es tanto la actividad que hacemos, la institución que gestionamos o los proyectos que llevamos adelante, sino sobre todo la palabra, el gesto, la sonrisa, el abrazo, la mirada que transmite el amor que el Padre tiene por cada persona. Un amor muy concreto y personal que rehace por dentro, da esperanza, reconcilia, purifica, anima… Es exigente, pero muy bonito, ser instrumentos del amor del Padre.
Pedimos, pues, en esta eucaristía que la vida consagrada seamos y ayudemos a ser dentro de la Iglesia y en el mundo el rostro, las manos, el corazón, los ojos de Dios, nuestro Padre.
P. Màxim Muñoz Duran, cmf
Presidente de la URC
2 de febrer de 2019








