(Susana García del Álamo · 20/12/24) Queridos todos y todas, hermanos y hermanas. Gracias por compartir con nosotros esta nueva asamblea. Gracias por lo que sois y por vuestra vida entregada día tras día.
Acabamos de celebrar la eucaristía y hemos cantado con el Salmo “el Señor me ilumina y me salva”, hemos dejado que resuene en nuestro interior y con las mismas palabras del salmista hemos pedido con toda el alma al Señor una cosa: poder vivir en su casa todos los días de la vida, por disfrutar de su estima y velar por su templo.
Desde la última asamblea tenemos muchos motivos para levantar nuestra alma y dar gracias a Dios por el nombramiento de dos hermanos nuestros consagrados que han sido elegidos para ser pastores de la Iglesia. Me refiero a los nuevos obispos, hermano Octavi Vilà, cisterciense y obispo de Girona y Xabier Gómez, dominico, que hace casi 20 días que fue ordenado obispo de St. Feliu. La Conferencia Episcopal Tarraconense ha crecido por la experiencia en Vida Consagrada que pueden aportar, y no quiero olvidarme tampoco del obispo coadjutor de la Sede, Josep Lluís Serrano quién, en su ordenación agradeció poder «caminar juntos» con el arzobispo Mons. Joan Enric Vives «por los senderos de la Iglesia».
A todos los continuaremos encomendando a Dios para que continúen impulsando en el pueblo de Dios a vivir con esperanza, ahora que estamos a punto de empezar el año del Jubileo que el Papa abrirá el próximo 24 de diciembre, en que todos estamos llamados a poder vivirlo como peregrinos abiertos a la esperanza. Ojalá sea un año de renovación personal donde posando la mirada en el Cristo nos acerquemos a nuestro entorno social llevando esperanza. Nuestra fundadora decía que: “descubría en el enfermo a Cristo”, del mismo modo, todos nosotros consagrados, según nuestros carismas llevamos a los presos, a los enfermos, a los niños, a los jóvenes, a los migrantes, a los ancianos, a los pobres, a los más vulnerables un poco de confianza, de esperanza y de amor. Cómo dice la Bula del Jubileo: “Todo esto será posible si todos somos capaces de recuperar el sentido de la fraternidad universal, si no cerramos los ojos ante la tragedia de la pobreza que impide a millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños de vivir de manera humanamente digna.
Nos volvemos a reunir para compartir fe y vida, para celebrar que continuamos haciendo camino, un camino marcado por la esperanza de saber que volveremos a celebrar que Jesús es nato, con la esperanza de encontrarnos con nuestro Dios, que se hace pequeño, sencillo, que se hace uno como nosotros, como cualquier hombre de la historia, de nuestra sociedad, que viene para “identificarse con los más pequeños de la sociedad (cf. Mt 25,31-46). Es verdad que el Papa escribe desde otra perspectiva, pero creo que si celebrar la Navidad, es celebrar la vida, celebrar el Amor de nuestro Dios que se hace uno como nosotros, podemos relacionar su carta con aquello que estamos a punto de celebrar un año más. El Papa nos ha escrito en el número 170 que: «Jesús llevó la gran novedad de reconocer la dignidad de cada persona, y también y sobre todo de aquellas personas que fueron calificadas de “indignas”. Este nuevo principio de la historia de la humanidad –según el cual el ser humano es tanto más “digno” de respeto y de amor cuanto más débil, miserable y sufrido es, hasta el punto de perder la propia “figura” humana (yo diría que más bien al contrario, nos muestra su verdadero rostro) que ha cambiado el rostro del mundo”, es por eso que nos podemos encontrar nosotros aquí con un sentido navideño profundo, incluso sabiendo que nos hemos consagrado para “dar vida atendiendo personas que se encuentran en condiciones desfavorecidas: bebés abandonados, huérfanos, ancianos que viven en soledad, enfermos mentales, personas que sufren dolencias incurables o con malformaciones graves, personas que viven en la calle»[1]. Antes de celebrar la Navidad, ya lo hemos hecho real, acercándonos a tantas situaciones concretas que se han transformado en un clamor de solidaridad.
No es nada nuevo si digo que la Navidad es un tiempo de espera y anhelo, un tiempo en que somos invitados a reflexionar sobre el misterio de la encarnación: Dios se hace hombre para andar entre nosotros. Esta verdad fundamental nos llama a vivir con una profunda esperanza, a recordar que, a pesar de los desafíos que enfrentamos, hay un propósito mucho más grande en nuestra existencia y en nuestra misión, que solo la podemos vivir encontrando momentos para la plegaria y la contemplación, solo es desde aquí desde donde podemos encontrar la fuerza necesaria para afrontar los retos actuales y ser portadores de paz y esperanza. Recordemos que, en medio de las dificultades, el amor de Dios se manifiesta de maneras sorprendentes y transformadoras.
A pesar de todos los problemas que tenemos en nuestras Congregaciones, a pesar de las dificultades para mantener nuestras obras, como líderes, como superiores, (hermanos mayores que estamos al frente) no podemos olvidar, que nuestro papel es crucial para transmitir un mensaje de esperanza. Tengamos presente que nuestro testimonio sirve de faro que ilumina el camino de muchos y los ayuda a encontrar consuelo y fortaleza desde la fe en el Misterio de la Navidad, en el Misterio de Dios-con-nosotros, que nos sirve de ejemplo de unidad y solidaridad, y que nos recuerda, y así lo tenemos que recordar a nuestros hermanos y hermanas, que cada acto de amor y servicio, por pequeño que sea, contribuye a la construcción del Reino de Dios aquí a la tierra.
El Evangelio dice que Jesús «vino entre los suyos» (Jn 1,11). Somos suyos, porque no nos trata como algo extraño, tampoco al dolor del mundo; Dios se encarnó en una mujer y se hizo hombre, como nosotros, superó todas las distancias, se acercó a nosotros como las cosas más sencillas y cotidianas de la existencia.
Vivir la Navidad con el espíritu de la carta del Papa Francisco. ¿Cómo hacerlo?
- Posando nuestra mirada en el Niño Jesús, que nos vuelve a recordar el amor preferencial que tiene para nosotros que nos anima a entregarnos totalmente y gratuitamente a los demás, mostrando a la sociedad, con nuestros gestos y palabras que nuestro Dios es bondad y compasión y se hace presente por medio nuestro hasta el rincón más olvidado del mundo.
- Practicando la solidaridad con los damnificados de las trombas de agua, con los niños y personas mutiladas por las bombas, con los sin techo de las grandes ciudades…. o simplemente ofreciendo nuestro tiempo para escuchar y apoyar a los que lo necesitan.
- Reflexionando y dedicando tiempo a la oración conectando así con el verdadero significado de la Navidad, y no quedarnos deslumbrados por las luces y los colores, reconociendo con más profundidad la vida como un regalo.
- Vivir con esperanza a pesar de que los desafíos que encontramos, manteniendo una actitud esperanzadora, recordando que en Navidad celebramos el nacimiento de Jesús que lleva esperanza, luz y renovación a la humanidad; sabiendo que somos invitados a ser portadores de esperanza y amor.
Leemos estos días de adviento en el libro del profeta Isaías: “El pueblo que andaba en la oscuridad ha visto una gran luz”, y creo que todos los consagrados somos los rayos de sol que iluminan muchos senderos en la vida; por eso os invito a encender la vela que tenéis a vuestra mesa y la ponéis junto a esta pequeña piedra simbolizando el lugar o a la persona que queréis llevar luz – vuestras presencias apostólicas donde estáis insertos – y aportáis paz, consuelo, amor, luz, esperanza… Evangelio, donde sois otros Niños encarnados.
Y AHORA SÍ, BIENVENIDA NAVIDAD
«En este sencillo y frío establo, Jesús ha venido para mí»
SÍ, Dios ha escogido un sencillo establo para hacerse presente en nuestro mundo, para ser un Hombre – Mujer -como nosotros; pequeño, vulnerable, sin nada. No teniendo nada, lo tiene todo, como diría San Juan de la Cruz: «Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos, y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios, y todas las cosas son mías, y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí.» (Dicho 27). Y es que el corazón de Dios Padre-Madre es tan grande que no ha podido dejar de venir a visitarnos y volver a repetir con LOS ÁNGELES: Que Él siempre está con nosotros y quiere quedarse por siempre jamás para que lo alabemos, le demos gracias y le pidamos con confianza lo que nos convenga.
Él ha venido a nacer a un establo para recibir el calor de toda cosa creada, y hacernos entender que los hogares, las comunidades, necesitamos para vivir felices un ambiente cálido y acogedor, que se hace más grande cuando menos tenemos y cuando más unidos estamos.
Y deja lugar a unos pastores y unas pastoras, humildes y sencillos que se han acercado a un establo situado en cualquier rincón del mundo, en cualquier Nazaret de cualquier lugar que necesita un poco de pan, de miel, de requesón, de arroz, de trigo, de pescado o de carne…
Pero sobre todo nuestro Dios ha querido hacerse presente, desde la creación del mundo, encarnarse en una mujer, que con sencillez, con miedo, pero confiada, dijo sí al proyecto de amor compartido con un sencillo carpintero, que, sin entender, aceptó a su prometida acogiéndola en su casa por y con amor incondicional.
Y al establo llegó gente de todo tipo, de toda clase, creencia y religión, y se prosternaron ante el Misterio, ofrecieron a la Familia lo más valioso que tenemos, como valiosa y preciada es la solidaridad de tantas personas, mayores y jóvenes, se acercan hoy para dar una mano a los lugares donde hay cualquier necesidad (guerras, hambre, injusticias, destrucción, consecuencias de trombas de agua…) estas gentes sencillas son los pastores y los reyes de semillas.
Y si entonces cantaron el aleluya los ángeles, nosotros consagrados y consagradas, estamos invitados a continuar alabando la maravilla del amor encarnado con nuestra entrega y donación generosa a la gente de nuestro mundo, haciendo de nuestras comunidades sencillas estancias donde todo el mundo tiene un lugar.
FELIZ NAVIDAD. Damos gracias a Dios todos juntos. Recordamos que como instrumentos suyos tenemos que intentar aportar un poco de esperanza, de ilusión y de amor en este mundo tan necesitado.
Que el Niño Jesús renazca en nosotros y nos inspire a llevar la luz a cada rincón del mundo. Que continuemos caminando juntos manteniendo viva la esperanza, apoyándonos mutuamente en la fe, y recordando siempre que, a pesar de las tormentas de la vida, la paz de Cristo nos acompaña.








