(Xavier Fortuny, FSC · 16/02/23) Un año más, en los próximos días iniciaremos la cuaresma. Por tanto, toca ordenar la casa y prepararnos para la gran fiesta de la Pascua. ¡Ya lo sabemos! El tiempo de cuaresma es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria. Es el tiempo de mirar nuestras vidas, encontrar nuestras zonas desérticas y hacer crecer en ellas la esperanza.
Al preparar este pequeño escrito, he recuperado el mensaje del papa Francisco para la cuaresma del pasado año. Entre otras cosas hacía mención a dos elementos constitutivos de la vida consagrada:
1.- No nos cansemos de orar.
2.- No nos cansamos de extirpar el mal de nuestra vida.
Ser i tener
Pocas palabras más necesitamos. Podemos ir concretando; la cuaresma es un tiempo para estar con Dios, para revisar nuestra vida y reencontrar el equilibrio de nuestra vida cristiana: en el fondo es la eterna lucha de ser y tener.
El tener es el camino hacia la insolidaridad en lugar de guiarnos a ser repartidores del bien y desarrolladores de los dones recibidos.
El ser es poner los cimientos en Dios, vivir en el amor y en su presencia. Es aproximarse a los hermanos que sufren y echar una mano a sus necesidades; es ver en el otro la encarnación del rostro de Dios.
Hacia dónde voy?
Así, la cuaresma es un tiempo para profundizar y darnos cuenta de cómo el proyecto de Dios se va desarrollando en mi persona y preguntarme: ¿hacia dónde voy? ¿con quién voy?. Es lo que decimos en el salmo 131 (LH 130) la oración confiada como un niño en el regazo de la madre.
La oración debe ayudarnos a ponernos en actitud de escucha de la Palabra y de los gemidos de nuestros conciudadanos. Y después de la oración, hay que levantar los ojos y ponernos en acción para “extirpar el mal de nuestra vida”, para humanizar a nuestra humanidad, para hacer crecer el reino de Dios y poder vivir una nueva vida. Para celebrar juntos y fraternalmente la alegría de la Pascua.








