(David Guindulain, sj) La cifra cuarenta asociada a días o años expresa un tiempo de transformación, de cambio de ciclo. El diluvio universal duró cuarenta días, los mismos días que Moisés permaneció en la montaña del Señor. Y los cuarenta días de Jesús en el desierto recuerdan que cuarenta fueron también los años del éxodo hasta la Tierra prometida.
Hemos empezado una nueva cuarentena de la que podemos anhelar un cambio, no solo a nivel personal sino congregacional. Y, porque no, en el barrio y en nuestro mundo, que vive tan necesitado y alertado por temas como el ecológico, el sanitario, el bélico o el alimentario, que se encuentran a punto de estallar.
Esta cuaresma pedimos una conversión a la mirada de Cristo. Pedimos ser mirados por Cristo como los niños que juegan en el parque y quieren que sus padres miren cómo son de hábiles o hacen castillos en la arena. Tu mirada sobre mí bastará para cambiarme, rogaba el Padre Arrupe sj. En efecto, solo su mirada amorosa nos puede dar la confianza y la creatividad que lo cambia todo. Todo es nuevo cuando nos sabemos mirados por Cristo. Él que miraba uno a uno a quienes estaban a su alrededor, que miraba amorosamente al que se afanaba en cumplir la ley desde pequeño, que miraba indignado la dureza de corazón, que miraba salvando a Pedro tras las negaciones o que tiene cuidado, estando en la cruz, de su madre y del discípulo estimado.
Nosotros, como el ciego de Jericó pedimos a gritos “Señor, que ves” pero sobre todo lo que pedimos es “Señor, que me ves. Mírame y todo lo veré nuevo contigo.”








