(Hna. Susana García del Álamo, Presidenta de la URC)
Queridos hermanos y hermanas, que compartís conmigo la misma vocación: «La llamada a ser presencia y rostro de Dios en nuestro mundo de hoy»
Quiero empezar estas palabras con un GRACIAS. Gracias por haberme dado la confianza de poder estar a vuestro lado y la oportunidad que tendremos de recorrer estos cuatro años que tenemos por delante juntos. Desde el primer día, como dije en la asamblea, me he puesto a vuestro servicio, al servicio de la Vida Consagrada, de la Iglesia y del mundo, aportando lo que soy, con mis «poquitas monedas como la viuda del evangelio», pero con la confianza puesta en «Dios que me sostiene, a pesar de que no sepa por qué caminos me lleva», o nos llevará.
Antes de todo, no puedo dejar de dar las gracias a Fray Eduard Rey quién ha sido, predecesor mío como presidente, aportando a la URC su sencillez, firmeza y sabiduría, como dones principales, a la Hna. Maria Teresa Brull, por el apoyo que seguro le ha dado como vicepresidenta, al P. Eduard Pini Barreiro, a la Hna. Maria Rosa Masramon y al P. Óscar Muñoz, que como vocales han compartido con él esta tarea. Gracias a todos los que habéis hecho posible que este cometido haya cobrado, y recobrado, vida en el día a día.
Tal como he comentado en otros medios donde me han preguntado algo sobre mí misma, soy la Hna. Susana García del Álamo, Carmelita de San José, superiora general desde agosto del 2021 que fui elegida por mis hermanas de congregación para estar al frente; una congregación fundada en Barcelona en 1900 por Madre Rosa Ojeda y Creus, una mujer nacida en Vilanova i la Geltrú, ahora justo hace 150 años, que con el deseo de servir Dios en los más necesitados de su época, (los enfermos, las personas grandes, los niños) decidió iniciar esta aventura, siendo, como ella decía, «perfume del amor de Dios en medio del mundo». Gran parte de mi vida consagrada he sido destinada a la educación de los niños y niñas en nuestros colegios, haciendo catequesis y llevando grupos, así como acompañante jóvenes y algún grupo de Revisión de Vida de la ACO. En el último sexenio fui la encargada de la formación de las junioras; de esta etapa lo que más he reforzado es la importancia que tiene el respeto hacia el otro, porque como leemos en el Éxodo «somos tierra sagrada», la necesidad que tengo de Dios, porque solo con Él podemos acompañar al otro y el reto de trabajarme en mí misma para ser más coherente con lo que decía y hacía.
En este momento en el que he aceptado la responsabilidad de asumir el cargo de presidenta de la URC, pido vuestra ayuda para saber llevar a cabo los retos que nuestro mundo nos presenta. Todos somos conscientes de la situación que la iglesia está viviendo, situaciones y acontecimientos que nos impulsan a hacer un análisis de lo que vivimos y de cómo queremos vivir. Sabemos de la situación que presenta tanto el mundo educativo, como el sanitario o el social y la urgencia que tenemos de buscar entre todos soluciones que nos ayuden a poder continuar dando un servicio de calidad manteniendo los valores éticos, morales y cristianos que no podemos dejar perder.
Desde una visión sinodal, considero muy importante no perder de vista que cada una de las órdenes o congregaciones religiosas tenemos un carisma muy rico y que tenemos que continuar aportando a nuestra sociedad como razón para vivir con espíritu esperanzado y jubiloso. Ojalá tuviéramos la fuerza para gritar en el mundo que, a pesar de que a lo largo de la historia hemos hecho cosas incoherentes con el Evangelio, hemos aportado mucha más vida, que allá donde nadie quería arriesgarse a vivir, los consagrados nos hemos «desgastado, partido y repartido» en favor de los más desvalidos y vulnerables de la sociedad. Es por eso, que creo que la llamada que nos ha hecho el Papa a vivir en sinodalidad, que no es nueva, es el camino para vivir en plenitud la riqueza de cada una de las familias religiosas, de los laicos que contribuyen en nuestras misiones apostólicas, sin dejar que nos pase nada, todo y que sabemos de nuestras realidades en las que cada vez somos menos, pero las tareas y las exigencias más grandes.
Os invito a seguir buscando caminos de interioridad, donde Jesús sea nuestro centro que dé siempre el sentido de nuestra razón de ser y de vivir.
Me gustaría que a lo largo de estos cuatro años que tenemos para compartir proyectos tuviéramos como pilares el trabajo en común, la confianza puesta en Dios que da vida y nos llena de esperanza, y el coraje de vivir en plenitud en un mundo difícil, contrario a la iglesia de Jesús, la audacia de ser más significativos allá donde estemos. El mundo nos necesita, aunque no lo reconozca. Los pobres, sean los que sean, agradecen una mano extendida, una palabra de compasión y comprensión que cada uno de nosotros ofrecemos.
En estos meses de verano, donde tendréis quizás días de silencio, de contemplación, de reflexión, de descanso encomendadme Dios para que sepa, junto con mis hermanos de equipo y con vosotros, servir a «Dios con alegría» a pesar de las dificultades, que sepa ponerme a vuestro servicio, y de los que me necesiten, a pesar de saber de mi pequeñez y pobreza. Que Él escriba la historia de nuestras vidas marcadas por la esperanza, la compasión y la misericordia. Y no olvidamos que «el camino lo tenemos que hacer juntos». Dios los envió de dos en dos, a nosotros… en comunidad.
Doy gracias a Dios por la vida de cada uno de los consagrados que formamos esta pequeña parte de la iglesia.








