El próximo jueves día 18 de enero iniciamos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que culminará el 25 de enero con la celebración de la fiesta de la Conversión de san Pablo. Este año el lema es: «Fue tu diestra quien lo hizo, Señor, resplandeciente de poder» (Ex 15,6).
El lema de este año quiere ir al núcleo para recordarnos que es el Señor quien sostiene nuestra vida, es Él quien hace maravillas y hace posible lo que a nuestros ojos parecería inalcanzable. Nuestros hermanos cristianos del Caribe, de tradiciones diversas, han hecho experiencia de la mano poderosa de Dios en el fin de la esclavitud. Los pueblos del Caribe conservan un canto de victoria sobre la opresión de la esclavitud. Se trata de un canto de libertad que los une. Actualmente afrontan nuevos retos que amenazan otra vez con esclavizar y deteriorar la dignidad del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. La dignidad humana no se puede perder, pero con frecuencia se oscurece por el pecado personal. Este pecado provoca que a menudo nuestras relaciones sociales carezcan de la justicia y compasión que honran la dignidad humana. El pecado desvanece el amor y el respeto en nuestras relaciones y deriva en situaciones de pobreza, violencia, injusticia, pena, dolor y angustia, que afectan de manera significativa la dignidad humana. Nuestro mundo no lo cambian las estructuras, sino las personas; no lo cambian los sistemas, sino la calidad de nuestras relaciones humanas. Cuando estas se mueven siguiendo los criterios de Jesús, todo se renueva. Dios quiere que los humanos vivamos unidos y en verdadera concordia. La víspera del sacrificio de la cruz, Jesús mismo rezó al Padre por sus discípulos y por todos los que creeríamos en Él. Jesús rezó al Padre: «para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti» (Jn 17,21). Jesús nos invita a que nos hagamos propia esta oración para que se vaya forjando una comunión viva y vivificante que, poco a poco, transforme nuestras relaciones humanas. Transformando estas relaciones interpersonales, se transformará el mundo.
Señor, sabemos que tu llamada es a la comunión en ti y contigo. Una comunión que acoge y respeta la diversidad, que aprecia y valora la diferencia, que no tiene miedo de buscar la verdad. Una fuerza de comunión que recibimos de ti en la Eucaristía y que si la dejamos actuar puede rehacer lo roto o regenerar lo que se agrieta. Señor, te pedimos perdón por nuestra incapacidad de vivir unidos todos los cristianos. Señor, aunque lentamente, hace ya varias décadas que vamos aproximando posturas. No es sencillo, pero sabemos que Tú nos acompañas.
En el ámbito del diálogo para la unidad de los cristianos, en el diálogo ecuménico, venimos de un año 2017 marcado por la conmemoración del 500 aniversario de la Reforma luterana. Esta efeméride ha sido una buena ocasión para hacer una reflexión serena. Durante demasiado tiempo, los cristianos de diversas confesiones hemos vivido en un clima de desconfianza y rivalidad. En este sentido, el papa Francisco nos invita a hacer «un estudio atento y riguroso, libre de prejuicios y polémicas ideológicas, que permita a las Iglesias discernir y asumir lo que de positivo y legítimo había en la Reforma, y distanciarse de los errores, exageraciones y fracasos, reconociendo los pecados que llevaron a la división» (Lutero, quinientos años después, congreso celebrado en la Ciudad del Vaticano el 31 de marzo de 2017).
Estimados hermanos y hermanas, acabo mis palabras invitándoos a intensificar la oración por la unidad de los cristianos. El próximo jueves 18 de enero, en la catedral de Barcelona, iniciaremos esta Semana de Oración con un acto ecuménico organizado por la Delegación Diocesana de Ecumenismo y Relaciones Interreligiosas.
Cardenal Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona
Desde hace muchos años los cristianos pedimos a Dios que nos conceda el don de la unidad. Lo hacemos de forma ordinaria durante todo el año, pero insistimos de una forma especial en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, aceptada por todas las iglesias. En el hemisferio norte esta Semana se celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero.
Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el período entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo, que tienen un hondo significado eclesial. En el hemisferio sur donde el mes de enero es tiempo de vacaciones de verano, las Iglesias frecuentemente adoptan otras fechas para celebrar esta Semana de Oración, por ejemplo en torno a la fiesta de Pentecostés.
Cada año se propone un lema que unifica los distintos aspectos de la actividad y los motivos especiales de la oración. Generalmente es una frase bíblica o la recomendación para leer todo un pasaje del texto sagrado. El de esta Semana se ha tomado del libro del Éxodo: “Fue tu diestra quien lo hizo, Señor, resplandeciente de poder” (15, 6), y se ha aconsejado que se lean los veintiún versículos primeros de ese mismo capítulo en el que, tras el paso del mar Rojo, Moisés y los israelitas entonaron un cántico en honor del Señor.
Los materiales y las orientaciones pastorales para esta ocasión han sido preparados por las Iglesias del Caribe bajo la dirección de monseñor Kenneth Richards, arzobispo católico de Kingston, que constituyó un equipo ecuménico compuesto de hombres y mujeres. Este equipo de redacción presentó los textos, oraciones y meditaciones a un equipo internacional patrocinado conjuntamente por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el Consejo Mundial de las Iglesias, que los aprobaron en la reunión mantenida en Nassau (Bahamas) durante el mes de septiembre del año 2016.
Unas palabras sobre el tema central. Hoy los cristianos del Caribe, pertenecientes a distintas tradiciones, ven el actuar de la diestra de Dios en el fin de la esclavitud. Esta es una experiencia unificadora de la acción salvífica de Dios. Por este motivo se consideró muy apropiada la elección del canto de Moisés y María que narra el citado libro del Éxodo.
Es un canto de victoria sobre la opresión que se ha convertido en himno del movimiento ecuménico de la región. Y no sólo con la mirada puesta en el pasado, porque nuevos desafíos amenazan otra vez con esclavizar y menoscabar la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. En nuestro mundo, marcado por el pecado personal y por el de las estructuras, con demasiada frecuencia se mantienen unas relaciones sociales que carecen de la justicia y de la compasión.
La pobreza, la violencia, la injusticia, la adicción a las drogas, la pornografía, y la pena, el dolor y la angustia que causan, son experiencias que distorsionan la dignidad del ser humano. En ese sentido, la diestra de Dios sigue dando esperanza a los cristianos del Caribe, quienes nos hacen llegar su canto a todos los cristianos del mundo.
En nuestra diócesis, la Delegación de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso se encarga de impulsar y animar los encuentros y actividades pastorales que sobre este importante tema se organizan a lo largo del año. Presta mucha atención a esta Semana e invita muy encarecidamente a todos a participar en su desarrollo: Yo mismo, como responsable de la diócesis, junto con los miembros de la Delegación, recomiendo a todas las parroquias y comunidades cristianas que constantemente oren al Señor para conseguir un día la unidad que Él mismo nos pedía en el evangelio de san Juan (Jn 17, 11).
Salvador Giménez Valls
Obispo de Lérida
Los datos que se ofrecen de personas emigrantes y refugiadas son cada vez más preocupantes. La ONU informa de que en el mundo hay unos 224 millones de emigrantes; que el país con mayor salida de población es la India, con 16 millones que se han ido, mientras que la nación que acoge a más inmigrantes es Estados Unidos, con unos 47 millones.
Distinguir entre inmigrantes y refugiados no siempre es fácil. En los últimos años han salido de Siria, huyendo de la guerra, cinco millones, acogidos en su mayor parte en Turquía, Líbano, Jordania y algunos países europeos, como Alemania.
Esto son cifras, pero no hay que olvidar que detrás hay personas. El Papa Francisco viene repitiéndolo con palabras y gestos desde el inicio de su pontificado, cuando escogió la isla de Lampedusa para su primer desplazamiento. Quiso denunciar con ello las cuantiosas muertes en el intento de muchos africanos de alcanzar las costas europeas, situación que ha convertido el Mediterráneo en un gran cementerio.
También el sentido de solidaridad, hacia los emigrantes y refugiados, motivó otros viajes del Papa, como los realizados a Grecia (Lesbos), Jordania, Turquía, Birmania, Bangladesh…
En todo ellos ha puesto de relieve la necesidad de una acogida solidaria y fraternal a personas que llegan de lejos en busca de mejores condiciones de vida o para salvarse de la violencia que asola sus países.
En un mensaje escrito con ocasión de la Jornada Mundial del Emigrante y Refugiado, que se celebra este domingo 14 de enero, el Papa apela a la solicitud de la Iglesia con los emigrantes, desplazados, refugiados y víctimas de la trata de personas. Dice: «Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia. A cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia. Esta solicitud ha de concretarse en cada etapa de la experiencia migratoria: desde la salida y a lo largo del viaje, desde la llegada hasta el regreso. Es una gran responsabilidad que la Iglesia quiere compartir con todos los creyentes y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.»
Y afirma que «nuestra respuesta común se podría articular en torno a cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar.» Son términos fáciles de comprender, pero nuestra responsabilidad no es solo entenderlo, sino sentirnos implicados en cada persona que llama a nuestra casa.
Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado
Desde el día 18 y hasta el 25 de enero estamos celebrando la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que ha cumplido ya más de un siglo desde el primer Octavario por la unidad de la Iglesia (1908). Una historia bella de reconciliación, unidad y acercamiento fraterno entre todas las Iglesias y comunidades que tenemos a Cristo por Dios y Señor, y compartimos un mismo bautismo y un mismo Padre. El Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias han propuesto como lema del 2018 el texto del Éxodo: “Fue tu diestra quien lo hizo, Señor, resplandeciente de poder” (15,6), que quiere ayudarnos a buscar la unidad durante todo el año, y no sólo en estos días. Se trata de orar juntos, conocernos mejor, y acercarnos todos más a Cristo, para que nos conceda el don de la unidad que Él pidió ardientemente en el Cenáculo: “Que todos sean uno. Como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Jn 17,21).
Los materiales para la Semana de Oración por la Unidad de este año han sido preparados por las Iglesias del Caribe. La historia del cristianismo en esta región del mundo tiene una paradoja. Por un lado, la Biblia fue utilizada por los colonizadores para justificar la subyugación de los habitantes indígenas de estas tierras, junto con otros que fueron traídos de África, la India y de China. Muchos fueron exterminados, esclavizados y sometidos a condiciones de trabajo injustas. Por otro lado, la Biblia se volvió una fuente de consuelo y de liberación para muchos que sufrían de la mano de los colonizadores. Hoy en día la Biblia sigue siendo una fuente de consuelo y liberación que continúa inspirando a los cristianos del Caribe para hacer frente a las condiciones que ponen en peligro la dignidad y la calidad de la vida. Mientras caen cadenas de esclavitud, nuevos lazos de amor y comunión emergen en la familia humana y expresan la unidad por la que los cristianos oramos. Podemos ver el actuar de la diestra de Dios en el final de la esclavitud. Esta es una experiencia unificadora de la acción salvífica de Dios que da libertad. Por este motivo es apropiada la elección del canto de Moisés y María (Ex 15,1-21) como tema para esta Semana 2018, pues es un canto de victoria sobre la opresión.
¿Qué esperanza pueden ofrecer los cristianos? Es triste que la división de los cristianos sea un antitestimonio que hace difícil poder transmitir esperanza. Al contrario, cuando los cristianos nos esforzamos por la unidad, en un mundo marcado por los conflictos, ofrecemos un signo de reconciliación. Cuando nos negamos a entrar en una lógica de privilegios y a devaluar a los demás, damos testimonio de la paz del reino de Dios que necesita el mundo, la que trae sanación y consuelo a los afligidos por la violencia. Cuando estamos unidos, nos volvemos más plenamente la presencia de Cristo en el mundo, con más capacidad para oír, escuchar y responder. De este modo, en vez de aumentar el volumen de la discordia, nos hacemos más capaces de escuchar y, en consecuencia, de discernir las voces que necesitan ayuda. Con los cristianos del Caribe, invoquemos en estos días al Espíritu Santo para que haga arder nuestros corazones mientras rezamos por la unidad de la Iglesia. Que una a sus siervos con el lazo de la unidad y nos renueve.
Joan Enric Vives
Obispo de Urgel
El día 20 de enero la Iglesia católica celebra la Jornada Mundial de las Migraciones. En esta jornada la Iglesia invita a todos los creyentes y a todas las personas que quieran escuchar su voz a considerar de una manera especial el fenómeno de la inmigración. Deseo ofrecer, en este escrito, algunos elementos de reflexión, ya que este es un tema que me preocupa y al que dedico todo el interés que puedo en mi misión pastoral.
Me ha impresionado, a veces, escuchar a personas que consideran que la influencia de la Iglesia sólo ha sido negativa en la historia de la humanidad. No pretendo en modo alguno polemizar. La Iglesia, como institución formada por hombres, ha podido tener y puede tener sus pecados, sus omisiones y sus limitaciones. El recordado Juan Pablo II tuvo un gesto verdaderamente profético hacia el final de su pontificado, al promover, con ocasión del gran jubileo del año 2000, un acto penitencial y de petición de perdón, por parte de la Iglesia, por todo aquello en lo que no ha sido suficientemente fiel a Jesucristo y al Evangelio en el decurso de su historia y en el presente.
Sin embargo, creo que la Iglesia no todo lo ha hecho mal, e incluso creo que se puede afirmar que ha hecho muchas cosas buenas. Una de estas cosas buenas es la función que ha realizado y todavía realizan nuestras parroquias, y en general las instituciones y movimientos cristianos, en la acogida de los inmigrantes. La función positiva realizada por las parroquias, sobre todo las situadas en poblaciones obreras o en barrios populares, en la integración de la inmigración interior española, en los años 60 y 70 del siglo pasado, se continua realizando hoy con unos inmigrantes que provienen de países más lejanos y diferentes y a menudo con una identidad cultural y religiosa más alejada de la nuestra que las inmigraciones anteriores en nuestra tierra.
Esta jornada creo que ha de ser un motivo para sensibilizar a los católicos y a las comunidades cristianas sobre el deber que tenemos, como creyentes y discípulos de Jesucristo, de acoger e integrar a todos en nuestra vida colectiva dentro de un marco de reconocimiento de los derechos y deberes de todos, sea cual sea su etnia, lugar de origen o religión.
Es justo aplicar aquella sentencia del Evangelio que dice que “por sus frutos los conoceréis”, pero a la vez hemos de estar muy atentos para no dejarnos influenciar por los prejuicios que, a veces de manera espontánea y a veces de manera interesada, se difunden en nuestra sociedad en contra de los inmigrantes. El cristianismo es un mensaje de fraternidad entre todos los hombres y mujeres del mundo, fundado en que todos somos hijos del mismo Padre Dios.
La inmigración –no hay duda de ello- es un reto para todos en nuestra sociedad. Todos, inmigrantes y autóctonos, hemos de trabajar para alcanzar y fortalecer una convivencia en una sociedad como la nuestra, cada vez más plural. Nos puede ayudar el hecho de ser conscientes de que del encuentro entre diferentes colectivos surge un enriquecimiento mutuo.
De país de emigrantes, hemos pasado a ser un país con muchos inmigrantes. Lo que deseábamos que nos hicieran a nosotros –a nuestros emigrantes- ahora hemos de hacerlo a nuestros inmigrantes. Sólo así podremos escuchar aquella palabra de Jesús a la hora del juicio: “Era forastero y me acogisteis”, porque “aquello que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 35-40).
Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa
Cada año, del 18 al 25 de enero, las iglesias y comunidades cristianas de todo el mundo nos unimos para celebrar el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Al pedir a Dios el don de la unidad, no hacemos otra cosa que unirnos a la oración que Cristo le dirigió al Padre en la última Cena y hacerla nuestra: “Te pido, Padre, que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado” (Jn 17, 21).
Esta oración común es un signo de humildad por nuestra parte. Estamos reconociendo que no somos plenamente fieles a lo que Cristo quiso que fuera su Iglesia, y que la división, que tiene su origen en nuestros pecados, es un antisigno porque dificulta la fe en Cristo y la unión de todos los hombres entre sí. Pero también es un gesto con el que estamos diciendo al mundo que, a pesar de las divisiones existentes entre nosotros y las dificultades concretas y reales para alcanzar la unidad, los cristianos queremos ser obedientes a la voluntad del Señor, que quiere que, en medio de un mundo en el que hay tantos enfrentamientos y rupturas entre las personas y los pueblos, la Iglesia sea, en palabras de san Agustín, “mundo reconciliado”. Por ello, este deseo de Cristo no se podrá realizar plenamente mientras haya separaciones entre quienes creemos en Él. Cuanto más unidos estemos, más eficaz será la misión de la Iglesia, que consiste en trabajar para que toda la familia humana llegue a ser una única familia de los hijos de Dios.
Si miramos lo que nos falta para alcanzar la unidad, tal vez nos podemos desanimar: tenemos la sensación de que el camino recorrido hasta hoy por el movimiento ecuménico ha conseguido pocos resultados. En cambio, teniendo una perspectiva histórica amplia, descubrimos que las relaciones entre las grandes confesiones cristianas han mejorado mucho y que, poco a poco, se van superando muchos prejuicios. Por ello, no podemos dejar de preguntarnos qué es lo que podemos seguir haciendo para avanzar en el camino hacia la unidad.
En primer lugar hemos de orar. La oración no es manifestación de la impotencia humana para alcanzar un objetivo. Es el reconocimiento de que todo don viene de lo alto: también el logro consumado de que la unidad de la Iglesia solo puede venir de Dios y no puede ser obra nuestra. La oración es un gesto de humildad. Esa humildad la vivió Cristo cuando oró pidiendo al Padre el don de la unidad.
Pero no olvidemos que la unidad no se alcanzará sin nosotros. Por ello hemos de trabajar también esforzándonos por avanzar en el camino de la santidad por la unión con Dios; estableciendo relaciones fraternas con los cristianos de otras iglesias que conozcamos; y profundizando en el conocimiento de la fe y en el porqué de las verdades cristianas. Esto no dificulta, sino que ayuda en el dialogo entre las iglesias.
Con mi bendición y afecto.
Enric Benavent Vidal
Obispo de Tortosa
Del 18 al 25 de enero oramos muy especialmente por la unidad de todos los cristianos. Durante ocho días, de una manera especial, somos más conscientes del escándalo de las divisiones entre los que creemos en Cristo, pero obretodo oramos para que el Señor nos conceda avanzar hacia la unidad. Así mismo, durante estos días, debemos dar gracias por todos los avances que se van consiguiendo mediante el movimiento ecuménico.
Asumimos la plegaria de Jesucristo que figura en el evangelio de Juan: “No solo por ellos ruego, sino también por los que no creen en mi por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 20-21).
El papa Francisco, en la exhortación “La alegría del Evangelio”, nos recuerda que la credibilidad del anuncio cristiano sería mucho mayor si los cristianos superásemos nuestras divisiones y la Iglesia realizase “la plenitud de la catolicidad que le es propia, con estos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el Bautismo, están, también, separados de su plena comunión”. El compromiso por una unidad que facilite la acogida de Jesucristo se convierte en una gran señal del Evangelio como Buena Nueva para toda la humanidad.
Cabe señalar que en el camino hacia la unidad, el ecumenismo, se han producido avances muy notables, tanto en los signos como en las declaraciones conjuntas. Los resultados alcanzados con las iglesias ortodoxas y con las comunidades eclesiales surgidas de la reforma de Lutero son notables: valorar las riquezas de los otros para un mejor conocimiento mutuo, mayor fraternidad y solidaridad, convergencia en las reflexiones teológicas, y trabajar conjuntamente por la justicia y la paz.
Ciertamente que el deseo de reencontrar la unidad de todos los cristianos es un don de Cristo y una llamada del Espíritu Santo, pero al mismo tiempo es una búsqueda o camino que se ha de recorrer con firmeza y esperanza.
Por ello nos es necesario:
* Una renovación permanente de las iglesias y comunidades, una mayor fidelidad a su vocación y la conversión de corazón de todos los bautizados. Cuanto más sea vivido verdaderamente el Evangelio, y no únicamente proclamado, más cerca estaremos de la unidad. Es del todo necesaria la conversión del corazón, porque es la infidelidad al Evangelio, aquello que ha causado las divisiones y las mantiene.
Si tú, yo y nosotros somos más fieles al Evangelio caminaremos hacia la unidad.
* La plegaria en común y la plegaria personal. Hay que orar constantemente y sin desfallecer. Como señala el Vaticano II: “las plegarias públicas y privadas por la unidad de los cristianos se han de mirar como el alma de todo ecumenismo, y con total derecho se pueden llamar ecumenismo espiritual”.
* El conocimiento recíproco y fraterno. Son muchas las cosas que nos unen y que podemos aprender los unos de los otros. Somos peregrinos y peregrinamos juntos.
* El diálogo entre teólogos y también los encuentros entre cristianos de distintas iglesias y comunidades.
* La colaboración entre cristianos de diversas confesiones en todo aquello que sea un auténtico servicio a la comunidad: trabajar por la paz, la no violencia, la justicia entre los pueblos y en los servicios a ofrecer a las personas más frágiles y necesitadas.
Sigamos caminando juntos con esperanza.
Francesc Pardo Artigas
Obispo de Girona
Uno de los frutos más valiosos y sanadores de la fe cristiana – y por tanto de una verdadera Iglesia – es la unidad.
Los cristianos somos herederos de aquel sueño que en la tradición judía se plasmó en el relato de la Torre de Babel: la división de la humanidad en razas, naciones y lenguas, era vista como un fracaso, fruto de la ambición y el orgullo que llevó al ser humano a querer “conquistar el cielo” (mediante la técnica y la fuerza autónoma). Desde siempre, los discípulos de Jesucristo han contrapuesto la Torre de Babel a Pentecostés, donde se ve restablecida la unidad en la pluralidad.
Pero también los cristianos han tenido que afrontar a lo largo de más de dos mil años un sufrimiento decepcionante al comprobar que esa unidad ha estado a veces amenazada y rota efectivamente… Y que sigue hoy sin ser restablecida plenamente. Un filósofo creyente y particularmente sensible a este problema, escribió un libro que tituló, con todo acierto, “El Cristo desgarrado”.
Es este un sufrimiento que se despierta particularmente cada año cuando miramos estos días a nuestros hermanos separados y nos reunimos para tender posibles puentes y orar por la unidad. ¿Cómo podemos vivir tranquilos los cristianos, viendo que Jesucristo está roto? Recordamos que, según Él nos prometió, hoy Jesucristo vive en los cristianos, es decir, en su Iglesia, en sus discípulos. Por eso, de hecho Jesucristo pervive en sus discípulos sufriendo rupturas y divisiones. Es cierto que para algunos esto no supone un problema, pues piensan que ya está bien así: cada uno con su “manera de vivir la fe cristiana” no tiene que preocuparse de nada más…
Pero nosotros no nos conformamos. No podemos dejar de escuchar en el corazón las palabras de Jesucristo: “Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno” (Jn 17,11). No nos podemos conformar con la situación actual, de ninguna manera, pues sabemos que lo que deseaba Jesucristo no era cualquier “unidad”, como por ejemplo, la unidad de un equipo de acción (empresarial o política, por ejemplo), o la de los amigos que se juntan por el afecto, o la unidad de intereses de cualquier tipo… Lo que quiso e implantó Jesucristo es una auténtica comunión de hermanos, comunión concreta de fe, de vida, de amor, de esperanza.
El problema es que esta comunión, sin dejar de constituir un don del Espíritu, “ha de ser trabajada”. La comunión entre hermanos en la fe, es un verdadero fruto de vida trabajada, como los frutos de la cosecha, esperados por el labrador, después de sus esfuerzos cultivando el campo.
Hoy nos prometemos trabajar la comunión. Es trabajo de comunión fraterna la profundización constante en la fe de Jesucristo, esa fe que
– Nace de la escucha de la Palabra, que también resuena en el otro.
– Se arriesga a vivir un mañana sorpresivo, siempre en manos del Espíritu.
– Mira al otro como hermano, aceptando las diferencias.
No sabemos cuándo se verán cumplidos nuestros sueños. Pero sí estamos seguros de que el Espíritu cuenta con nosotros para realizarlos.
Agustí Cortés Soriano
Obispo de San Feliu de Llobregat
El Octavario de plegaria por la unidad de los cristianos, del 18 al 25 de enero, es un nuevo llamamiento a rogar por la restauración de la unidad visible de la Iglesia. La unidad de los cristianos no es una cuestión en balde o reservada para algunos que tienen esta obsesión, sino que es una necesidad que brota de nuestra misma fe y, por eso, todos lo tenemos que sentir como cosa muy nuestra. Recordamos la plegaria del mismo Jesús: Que todos sean uno, Padre (Jn 17,21).
La división de los cristianos, en diversidad de Iglesias y de confesiones, no nos saca la certeza, como confesamos en el Credo, que la Iglesia es una. Nos corresponde a todos, andar juntos, reconociendo los dones que hay en las otras confesiones y, tanto en las palabras, como en los hechos, vernos como hermanos en Cristo, confesando la Trinidad santísima y viviendo la salvación que brota de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
Tenemos que reconocer los dones de los hermanos, agradeciendo, también, los dones que hemos recibido en el seno de la Iglesia católica. Tenemos que ser muy conscientes que la fe nos garantiza saber que estamos, por la gracia de Dios, en aquella posesión de los medios de salvación de quienes pertenecen a la comunión de la Iglesia. Así lo creemos y, por eso mismo, nos mantenemos en el seno de la Iglesia católica. El verdadero ecumenisme huye de toda apariencia de irenismo, en el sentido de una realidad de unidad futura, en la cual emergerá la Iglesia de Cristo.
El pasado 21 de octubre hizo quinientos años del comienzo de la Reforma protestante. Tenemos que ser conscientes, tanto de lo que se ha avanzando en el camino de la unidad visible, como de las oposiciones que persisten entre la Iglesia católica y las comunidades eclesiales protestantes. Resta mucho camino por hacer, pero es más lo que nos une que lo que nos separa. Entre nosotros, debido al hecho de las migraciones, también, hay muchos cristianos de las Iglesias orientales ortodoxas. Con ellos nuestra comunión en los sacramentos es plena y podemos reconocernos como Iglesias hermanas, aunque no hemos llegado a la plena comunión en la manera de comprender la Iglesia universal y el primado del sucesor de Pedro, como servidor de la comunión universal de la Iglesia. Por eso, tanto con los nacidos de la Reforma, como en las Iglesias ortodoxas, sin olvidare el anglicanismo, tenemos que avanzar más y más en el diálogo y, sobre todo, tenemos que pedir, con plegaria humilde y confiada, la unidad que solamente el Señor puede darnos.
Romà Casanova Casanova
Obispo de Vic
El passat 17 de gener, a Sant Pere del Vaticà, es van iniciar les celebracions dels 800 anys de la fundació de l’Orde de Nostra Senyora de la Mercè. El 10 d’agost de 2018 es compliran vuit segles del naixement de la família mercedària. El Sant Pare ha concedit a tots els temples mercedaris la gràcia jubilar de la indulgència plenària.
Pere Nolasc, amb el patronat del rei Jaume el Conqueridor i el bisbe Berenguer de Palou, a la catedral de Barcelona, davant l’altar de santa Eulàlia, l’any 1218, va procedir a instituir una Orde extremadament innovadora: redemptora de captius. Hi havia milers de cristians que patint esclavatge en terra de «moros», perdien la dignitat i abandonaven la seva fe.
Pere Nolasc era mercader i fou sensible a aquest greu problema social i espiritual. L’any 1203, va viatjar a València, musulmana encara, i va comprar tres-cents captius. Va invertir en aquest alliberament tot el que tenia. D’aleshores ençà no va dedicar-se a altra cosa que crear llibertat i retornar la dignitat. Se li va unir un voluntariat amb el qual anualment feia una redempció organitzada.
La Santíssima Verge, la nit de l’1 al 2 d’agost, li va transmetre l’encàrrec de la Santíssima Trinitat que s’institucionalitzés el que venia fent. El rei i el bisbe patrocinaren la iniciativa, dotant a l’Orde amb l’Hospital de Santa Eulàlia i una part del Palau Reial, condecorant-la amb l’escut catedralici i la insígnia reial.
Pere Nolasc va assumir aquesta missió que Déu li demanà fins al punt d’establir un quart vot: disponibilitat dels frares de quedar captius i fins i tot morir enlloc dels captius. Això va produir nombrosos martiris i innombrables patiments. El nostre sant Ramon Nonat és exemple típic d’aquest carisma martirial: quatre vegades redemptor, dues vegades turmentat com a ostatge, un cop turmentat amb l’atroç perforació dels llavis. L’Orde de la Mercè va arribar a redimir 80.000 esclaus.
La Mercè, orgull de Catalunya, gesta dels catalans de l’època medieval, fou clau en l’evangelització d’Amèrica perquè es dedicà, des de l’inici, a la dignificació de les presons i a l’atenció als presos i als alliberats de la presó després de complir les penes. A més, continua en la redempció espiritual dels captius d’avui, especialment a les presons, amb els marginats en els barris perifèrics.
Xavier Novell i Gomà
Obispo de Solsona








