El domingo de palmas y ramos deja atisbar, tras los vítores y el entusiasmo, un capítulo agudo de conflicto y sufrimiento. La Semana Santa, una vez más, siguiendo el calendario lunar, abre un espacio a un tiempo distinto, donde se mezclan muchas cosas. Espiritualidad, turismo, procesiones, descanso, oficios litúrgicos… en torno a la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. Para unos, en primer plano. Para otros, como telón de fondo. Ni siquiera el mejor guionista podría construir una historia que contiene tantos ingredientes de suspense, conflicto y sufrimiento. No es una novela. Podría serlo. No es una película. Podría serlo. No es una ficción. Podría serlo. Se trata de una persona que, a través de su vida, pasión, muerte y resurrección, interpela nuestra vida y nos abre horizontes de sentido y esperanza. Nos redime de nuestra miopía y de nuestra miseria. Sin dejarse llevar por un discurso fácil y populista, nos habla a través del conflicto y del sufrimiento. No porque se busque el conflicto. No porque se enaltezca el sufrimiento. Ambos aparecen porque la propuesta de Jesús, el anuncio del Reino, encuentra fuerzas que se le oponen frontalmente. Estas fuerzas no pueden soportar la Buena Noticia porque supone la liberación de las personas, la atención a los pobres, la prioridad de los valores humanos, por encima de la economía, de los intereses ocultos, de la opresión de los pueblos, del maltrato de la creación. No hay que edulcorar la vida de Jesús en la Semana Santa. Tampoco convertirla en una exaltación masoquista del sufrimiento. Dos puntos.
Primero, el conflicto.
A menudo el conflicto aparece porque está generado por el ego. En Jesús no es caso. El anuncio de la Buena Noticia genera un conflicto con las fuerzas del mal, que se oponen a la conversión. Un conflicto con los poderes civiles y religiosos de su tiempo. Más aún, en los momentos de la pasión, cuando una vez más los jueces corrompen la justicia a la que deberían servir, los políticos se lavan las manos, las instancias jerárquicas quieren eliminar la voz discrepante de Jesús, el conflicto se clava en su propio grupo de fieles. La traición de Judas, la debilidad de Pedro, la dispersión de los apóstoles. El conflicto es un ingrediente de la vida humana. La paz no es ausencia de conflictos, sino la superación de los mismos.
Segundo, el sufrimiento. Jesús no lo busca como algo deseable. Más aún, pide a su Padre dejar de beber el cáliz del dolor, pero antepone la voluntad de Dios a su voluntad humana. Sabe que, si sigue anunciando la Buena Noticia, va a sufrir las consecuencias. Las afronta sin echarse atrás. La cruz no es la exaltación del sufrimiento, sino el signo más radical de la prioridad de la voluntad de Dios en su vida. No es otra que anunciar el Reino de Dios. Rehuye el sufrimiento evitable y acepta el inevitable. Sobre todo, intenta aliviar el sufrimiento de los que lo padecen. Cura enfermos, sana personas, consuela a los tristes… Todo un programa para nuestra vida como hombres y mujeres. Todo un programa como cristianos.
Lluís Serra Llansana








