Palabras de Susana García del Álamo, presidenta de la Unión de Religiosos de Cataluña, en la 92.ª Asamblea General de la URC
Queridos hermanos y hermanas,
Después de haber escuchado tantos mensajes durante estos días de la visita del Papa, tanto en Madrid como en el Estadio Lluís Companys o en la misa de la Sagrada Familia, bendiciendo la cruz de Jesús,
Nos reunimos en esta asamblea con la intención de seguir alzando la mirada y ver más allá, intentando comprender la complejidad que nos rodea y ser, como ha dicho el Papa, una Chispa de Humanidad Nueva en el corazón de la Iglesia y del mundo.
Al finalizar un nuevo curso marcado por el Año Gaudí, la culminación de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, inaugurada el pasado miércoles, y la conmemoración del 150.º aniversario del nacimiento de Pau Casals, músico catalán, lo hacemos levantando la mirada hacia los demás, viviendo abiertos a escuchar las preocupaciones de nuestra sociedad, mirando a nuestro alrededor para descubrir quién necesita una palabra de ánimo, una sonrisa o un gesto de apoyo.
La visita del Papa León XIV ha sido un Encuentro de Iglesia, no un simple acontecimiento externo y social; muy al contrario, ha sido una llamada profunda a dejarnos reencontrar por Cristo, que viene a nosotros como peregrino de esperanza. Su presencia ha querido confirmar la fe de nuestra sociedad y nos ha animado con urgencia a caminar unidos como una Iglesia viva, radicalmente cercana a los pobres, reconciliada y misionera.
En medio de las preocupaciones, las incertidumbres y el cansancio que marcan de forma tan evidente nuestro tiempo, se nos ha invitado a alzar los ojos para descubrir que Dios sigue actuando firmemente en la historia. Todos hemos escuchado las exhortaciones que el Papa ha hecho insistentemente a no quedarnos encerrados en nuestros miedos ni en nuestras comodidades comunitarias, sino a abrir de par en par el corazón al Evangelio con una alegría renovada y contagiarla a todos.
Además, el Papa no deja de sorprendernos. Nos ha regalado la encíclica Magnifica Humanitas, con mensajes que ponen de manifiesto que es absolutamente necesario fijar nuestra mirada y nuestro enfoque en Cristo para poder irradiar su Palabra y ser un reflejo fiel de su mensaje. A la luz de esta encíclica y de los mensajes transmitidos por el Papa León XIV durante estos días, me atrevo a decir que podemos extraer algunas ideas para nosotros, los consagrados:
- Que estamos llamados a ser la chispa del Amor en el mundo, «ser la chispa para la humanidad», especificando que esta es la chispa del Amor, porque sin un amor profundo nada tiene sentido en nuestra vocación de personas consagradas. Porque el amor humaniza, dignifica y transforma la sociedad.
- Que debemos descubrir la certeza de la presencia de Jesús en la debilidad: somos invitados a buscar en nuestro corazón el fuego del amor de Dios, pues allí habita la presencia de Jesús, incluso en los momentos de nuestras caídas y debilidades institucionales o personales, porque Él nunca nos abandona.
- Que nuestro servicio, nuestra entrega, es inseparable de Dios y de los hermanos. El Papa nos lo ha dicho con firmeza: debemos arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano.
Y todo ello son retos y consignas para todos nosotros, consagrados y consagradas, encarnados en nuestro mundo de aquí y de hoy. Como responsables de nuestras familias religiosas, se nos recuerda claramente que la vida del religioso y de la religiosa debe ser un reflejo del amor de Dios en medio del mundo, transformándonos en auténticos «faros de esperanza para quienes sufren». Frente al vacío de la indiferencia y del conformismo, y frente a la violencia de la guerra y de la mentira, nuestras comunidades están llamadas a ser la chispa de una humanidad nueva.
Para lograrlo, se nos pide ser profundamente humanos: mujeres y hombres de carne y hueso, no apariencias, sino rostros fiables capaces de convertirse en auténticos protagonistas del cambio para dar una nueva dirección a la sociedad y a nuestros propios institutos. Es el momento de nuestra «determinada determinación», como enseñaba santa Teresa de Jesús, reconociendo la voz de Dios en el silencio, la oración y la Palabra. No olvidemos que el silencio no es solo ausencia de ruido, sino una dimensión espiritual profunda y el espacio indispensable para escuchar la voz de Dios.
Acojamos con fuerza en nuestras respectivas congregaciones estas consignas espirituales para este tiempo:
- Renovemos nuestra vida de oración y contemplación, buscando la intimidad con Aquel que sabemos que nos ama.
- Vivamos con mayor fraternidad y sencillez, encendidos en una «caridad ardiente».
- Seamos signo de esperanza y consuelo para todos los que sufren.
- Caminemos con fidelidad y amor apasionado hacia la Iglesia y nuestras congregaciones.
- Anunciemos a Cristo con humildad, audacia y alegría.
Mirando a María, en cuya caridad todo esto encuentra cumplimiento por su amor solícito y su cercanía participativa hasta los pies de la cruz, le confiamos nuestras vidas y nuestras tareas. No tengamos miedo de ponernos ante el Señor y dejarnos interpelar por su mirada para ser, como ella, un Magníficat para la humanidad.
Digámosle: «Enséñanos a verte siempre, Madre, fuente de misericordia, regazo del perdón, abrazo de la esperanza, puerta de la Gloria». Y, para ser la Chispa del Amor en el Mundo, como nos ha animado el Papa:
- Alcemos la mirada para comprender la complejidad del prójimo y no vivir centrados en nosotros mismos.
- Fijemos los ojos en Cristo, fuente de nuestro testimonio y reflejo de su Palabra en medio de la historia.
- Cultivemos un amor profundo nacido del silencio, la oración y la contemplación.
- Vivamos con «determinada determinación», fieles a nuestra vocación a pesar de la fragilidad y la falta de fuerzas.
- Convirtámonos en faros de esperanza para quienes sufren, frente al vacío, la guerra y la mentira.
- Irradiemos un amor que humaniza y transforma la sociedad mediante el servicio y la coherencia de vida.
- Mantengamos una escucha atenta a los gritos y sufrimientos de los demás, con un corazón generoso y servicial.
- Ofrezcamos una humanidad auténtica, de carne y hueso, con rostros fiables y un compromiso real con el cambio.
- Busquemos el amor de Dios especialmente en los momentos difíciles, en las caídas, con la confianza de que Él nunca nos abandona.
- Arrodillémonos ante Dios y ante el prójimo, sin despreciar a nadie y reconociendo la dignidad de todos.
Y recordemos que «Frente al vacío de la indiferencia y del conformismo, frente a la violencia de la guerra y de la mentira, debemos ser la chispa de una humanidad nueva…»
Vivamos como testigos fiables del Amor de Dios, entregándonos y siendo cada uno de nosotros chispa del Amor de Dios. «SEAMOS CHISPA DE UNA NUEVA HUMANIDAD» y, al igual que nuestros fundadores y fundadoras, tengamos siempre un corazón grande para amar y llevar esperanza; seamos testigos alegres de la Verdad; cultivemos nuestro corazón para entregarnos a los más desfavorecidos, desvalidos, vulnerables y débiles, a los más necesitados de una sed de vida plena.
Y no quiero terminar esta reflexión sin agradecer al hermano Lluís Agustí su dedicación a lo largo de estos años, en los que ha dado lo mejor de sí mismo como responsable de la formación de todos nosotros, especialmente acompañando a los novicios y novicias de nuestras congregaciones. Él, como todos sabemos, ha buscado siempre personas que nos han ayudado a crecer y a llenar nuestro corazón con formaciones actuales y necesarias para nuestros itinerarios. Gracias, hermano Lluís.








