El gozo y la esperanza, el llanto y la angustia del hombre contemporáneo, sobre todo el de los pobres y todo tipo de afligidos, son también gozo y esperanza, llanto y angustia de los discípulos de Cristo, y no hay nada de verdaderamente humano que no resuene en su corazón. Pensando en nuestra jornada de este año de la vida consagrada, me venían a la memoria estas palabras tan conocidas del Concilio Vaticano II. En la celebración del año pasado, el Covid-19 era todavía un tipo de rumor que nos parecía lejano. Ya estaba presente en los informativos, pero no había llegado todavía a tocar nuestras vidas. Hoy, forma parte del llanto y la angustia y es el trasfondo inevitable de todo gozo y esperanza que compartimos con toda la humanidad.
Ha sido un año duro. En primer lugar, tenemos que tener un recuerdo especial por aquellos religiosos que nos han dejado y por quienes han sufrido o están sufriendo la enfermedad en la propia piel. La enfermedad y la hermana muerte han llamado a las puertas de nuestras comunidades, como a las de tantas familias. Pero la pandemia es más que la enfermedad. Para muchos, ha sido muy difícil encontrarse de repente inactivos, alejados de las actividades y las relaciones que mantenían. Todos hemos sentido la angustia permanente de este tipo de enemigo invisible asediándonos. Y nos han tocado también, como a todo el mundo, las consecuencias económicas de esta parada forzosa que, en diferentes grados, ya hace casi un año que dura.
Quizás las palabras del Concilio nos pueden guiar a redescubrir en este momento más que nunca la dimensión más interior de nuestra vocación, allá dónde, mujeres y hombres como cualquier otro, hechos de la misma fragilidad, podemos presentar como una ofrenda la vida del mundo entrelazada con nuestra propia vida, unida a la ofrenda de Cristo en la Cruz. Todo lo que es humano, toda la fragilidad, el miedo, pero también el descubrimiento de oportunidades inesperadas gracias a las nuevas tecnologías o la admiración ante la heroicidad de muchos conciudadanos, ha sido también nuestro. Hagamos hoy que resuene en nuestro corazón hasta el santuario íntimo donde Él reside, que forme parte de la ofrenda y la acción de gracias de nuestra eucaristía.
Fray Eduard Rey
Presidente del URC








