(M. Victòria Molins stj) Quizás porque mi fundador, catalán, de Vinebre, nos había inspirado a las teresianas una vinculación especial al Espíritu Santo, cosa no habitual cuando yo era joven, a pesar de ser verdad que en Cataluña algo más.
Fue un día de la Pentecostés de la década de los 60, cuando, después de una etapa de dificultad en mi vocación, recibí una gracia especial y que me atrevo a darle el nombre de “mística”, porque realmente no se da desde ningún esfuerzo humano. Estábamos entonando la bellísima secuencia de aquel día: “Veni sancte Spíritu…” y, al llegar a la frase “dulcis hospes ánimae” resté trastornada sin poder continuar el canto.
Aquel momento guio después otros muchos momentos de mi vocación y de mis decisiones.
Durante mucho de tiempo mi vida transcurrió en el mundo académico de nuestros colegios y fui muy feliz en la enseñanza de Filosofía y Literatura.
Con el tiempo mi plegaria me llevaba a menudo a pensar en los más desfavorecidos e, intenté diferentes maneras de acercarme, pero siempre con mis alumnos.
Durante unos cuántos veranos fui a diferentes países de África y Latinoamérica que me impresionaron por su pobreza y, incluso, por la desigualdad que cada vez constataba más en los diferentes lugares que conocía.
Fue después de un viaje en Nicaragua que sentí una llamada especial, relacionada, precisamente con aquella de la primera juventud. Mi relación con Dios y, en especial, con Jesús, tenía una tendencia a buscar aquella plenitud de gozo “sensible” que había experimentado sin buscarlo. Sabía que era cosa del Espíritu, que lo regala cuando quiere y a quien quiere. Pero –quizás egoístamente- la buscaba en la plegaria.
Un buen día, precisamente en la plegaria de la mañana sentí una llamada especial que, sin duda atribuyo al Espíritu Santo, porque es el espíritu de Jesús resucitado que actúa ahora en nosotros. Era tiempo pascual, la lectura del Evangelio de aquellos días repetía tanto a los discípulos como a María Magdalena aquella frase: “vais a Galilea y allá me encontraréis”.
De repente el Espíritu me transportó –como dirían en su lenguaje ingenuo los apóstoles- a los lugares en los que había conocido a los más vulnerables. Y sentí claramente, la llamada a un cambio de vida, si la obediencia a mis superiores me confirmaba ser voluntad de Dios. La “mística” de la intimidad de la plegaria, con la “mística de la calle”…
Empecé una etapa de discernimiento con el deseo de poder llegar como aquellos primeros cristianos a poder decir con verdad: “hemos decidido entre el Espíritu Santo y nosotros”…
Esta etapa de discernimiento acabó con unos Ejercicios Espirituales de San Ignacio cumplidos, es decir, de un mes, en Pedreña.
La seguridad que experimenté de que era voluntad de Dios e inspiración del Espíritu fue confirmada por la obediencia.
Mi vida cambió radicalmente. La pequeña comunidad de teresianas que formé con tres hermanas más en El Raval, fue el inicio de una entrega a aquellos que nunca hubiera podido imaginar en su vulnerabilidad: las víctimas de la drogadicción y del Sida, que en aquella década de los 90 fueron mis primeros acogidos.
Desde entonces no tengo ninguna duda de que he sido guiada por el Espíritu a través de todos los cambios que se han dado y que me han llevado a la “itinerancia”, leyendo los “signos de los tiempos” hasta llegar al momento actual que, en el Hospital de Campaña de Santa Anna, he encontrado el lugar donde el Espíritu habla diariamente, inspirando, dándonos bastante, estimulando nuestro amor y creando unidad en la diversidad.








