(AF · Xavier Pete · 20/10/23) Desde muy pequeña, la hermana Carmen Gil (Canales de Sierra, la Rioja, 1940) descubrió un anhelo interior de querer dar a los niños del mundo la misma felicidad que ella había podido vivir durante su niñez. Accedió antes de los veinte años a la Compañía de María, orden fundada por Juana de Lestonnac, y cortó su primera relación amorosa con un joven que, lejos de enfadarse, naturalizó su decisión: “Te estimo, pero no puedo sentir celos de quien te ha escogido”, dice que le respondió.
Así es como nació una vida entregada a las misiones evangélicas, las cuales la llevaron a residir durante dos décadas en los estados africanos de Burundi y la República Democrática del Congo, desde el 1974. Una experiencia que se convirtió en “la mejor de mi vida”, define, y que, ahora, cuando se pasea por las calles de Tarragona y ve una persona africana, le permite identificar aquello que pocos occidentales ven: el país de procedencia de cualquier africano “por el color de piel, por la belleza de su rostro y, incluso, por la altura”.








