(O. de Urgell · Anna Torné · 05/11/26) La hermana Amàlia Bordoll Lladós comparte con nosotros su testimonio de vida y su experiencia misionera. La entrevistamos este mes de octubre, durante su visita a La Seu d’Urgell, adonde ha venido acompañada de la hermana Sara, de la misma comunidad, para compartir su testimonio. Una vocación que la ha llevado desde la Vall Ferrera hasta Llama, en Perú, donde ha dedicado décadas al acompañamiento de las comunidades, la promoción de la salud y el anuncio del Evangelio. Un camino vivido en medio de dificultades, enfermedades y grandes distancias, pero también marcado por la cercanía de la gente y los frutos de una labor que, como ella misma afirma, «vale la pena».
Para empezar, ¿Quién es la hermana Amàlia más allá de su vocación religiosa? ¿Cómo se definiría?
Nací en Montesclado, un pueblo de la Vall Ferrera, en el Pallars Sobirà. Mi historia es muy especial. Mi madre murió cuando yo tenía tres años y medio, a causa de un cáncer. Antes, una prima hermana suya, que prácticamente se había criado con ella, se había ofrecido a cuidarme mientras se recuperaba. Pero mi madre no volvió y me quedé con ella, que me crió.
También vivimos un accidente muy grave cuando éramos pequeños, yo tenía poco más de dos años. A mi hermano le explotó una granada de guerra y perdió la mano derecha. Yo no sufrí heridas graves, pero mi hermana decía que a ella se le había quedado metralla dentro. Por eso, en casa lo explicábamos como un segundo nacimiento: mi hermano decía que éramos hermanos gemelos porque, aunque no habíamos nacido el mismo día, nos habíamos criado en el mismo vientre y habíamos vuelto a nacer el mismo día.
A los diez años fui interna a las Josefinas, en Lleida, y, cuando estaba a punto de cumplir quince años, entré en el postulantado en Zaragoza. Ya tenía claro que quería ir a misiones.
¿Cuándo descubrió que quería ser misionera?
Yo lo atribuyo mucho a una maestra que tuvimos, la señora Maria. Nos hablaba de las misiones y nos daba unas estampitas con fotografías de niños de diferentes partes del mundo, para que pudiéramos apadrinarlos. Siempre nos hablaba de las misiones.
Después, en el colegio de las Josefinas, venían hermanas que trabajaban en el Congo y nos explicaban lo que ocurría allí. Yo les decía: «No, yo no quiero ser Josefina. Yo quiero ir a misiones». Me contestaban que ellas también iban de misiones, pero yo les decía: «Sí, pero vosotras no os dedicáis exclusivamente a las misiones. Yo quiero que sea exclusivamente para las misiones».
Y así fue. En el año 1962 fui a Zaragoza. Después, mi primer destino fue La Seu d’Urgell, donde estuve cuatro años en el Seminario diocesano de Urgell. Más adelante, en el año 1979, marché hacia Perú.
Cuando llegó a Perú, ¿Qué se encontró?
Llegué a Llama el 15 de diciembre. No había luz ni carreteras como las que conocemos aquí, sino caminos de tierra. El sacerdote iba una vez al mes y, en aquel momento, en toda la prelatura solo había cinco sacerdotes, todos agustinos recoletos. Ahora hay muchos más y la prelatura cuenta con diecinueve parroquias.
Recuerdo que, cuando llegué, estuve una semana sin abrir la maleta porque pensaba que me volvería. ¡Era todo tan diferente! Venía de aquí y me encontraba en un lugar donde las condiciones eran muy duras. Incluso el traslado fue toda una aventura: para llegar allí, había que pasar por Chiclayo y continuar en unos camiones que llamaban mixtos, donde viajábamos todos amontonados, con la carga detrás y encima.
Cuando finalmente llegamos a Llama, la gente nos esperaba. No había iglesia porque el terremoto de 1970 la había destruido, y las celebraciones se hacían en una sala de la casa parroquial. Todo era muy sencillo, pero la gente nos recibió con mucha ilusión.
¿Qué la hizo quedarse, a pesar de las dificultades de los primeros tiempos?
La propia misión y la gente. Cuando llegué, había muchísimas necesidades y nos tocaba hacer un poco de todo. Nuestra parroquia comprende cuatro distritos, con comunidades situadas a altitudes muy diferentes. Algunas están a más de tres mil metros, y llegar hasta ellas no siempre es fácil.
También pasé por muchas enfermedades. Tuve varias fiebres tifoideas y una hepatitis, entre otros problemas de salud. Una de las fiebres tifoideas me obligó a pasar tres meses en Lima. Llegué a pensar que quizá no podría continuar, pero, con la ayuda de Dios y de las personas que me acompañaron, fui saliendo adelante.
Recuerdo especialmente las dificultades para desplazarnos, porque las lluvias y las crecidas de los ríos podían dejar los caminos cortados. En una ocasión, después de una enfermedad, tuve que hacer un trayecto muy complicado para volver a casa. Pero, cuando llegaba a Llama y me reencontraba con la comunidad, volvía a sentir que aquel era mi lugar.
Su labor no se ha limitado al acompañamiento pastoral. También ha trabajado durante muchos años en el ámbito de la salud. ¿Cómo empezó este trabajo?
Cuando llegué, la atención sanitaria estaba muy abandonada en muchas comunidades. Por eso impulsamos la formación de promotores de salud: personas de cada comunidad en las que la gente confiaba y a las que preparábamos para que pudieran ofrecer una primera ayuda.
Los formábamos en primeros auxilios, alimentación, higiene y promoción de huertos familiares, para que las familias pudieran disponer de verduras y mejorar su alimentación. También trabajábamos cuestiones básicas de prevención, porque había muchas necesidades y las condiciones higiénicas eran difíciles.
Realizamos esta labor durante bastantes años, desplazándonos a las diferentes comunidades para impartir los cursos. Algunos de aquellos promotores todavía trabajan en el ámbito de la salud. Más adelante, el propio Ministerio de Salud incorporó esta forma de trabajar.
Después conseguí una plaza del Ministerio de Salud en Llama, donde trabajé durante treinta años. Esto me permitió estar todavía más cerca de la gente. Cuando empecé, me proponía que ningún niño se quedara sin vacunar. Había niños que morían de sarampión o de tos ferina, y trabajé para que todos los niños del distrito y de las comunidades que dependían de él recibieran las vacunas.
Lo conseguí, gracias a Dios. No gracias a mí, sino gracias a Dios.
¿Qué le ha enseñado esta experiencia de servicio a las comunidades?
Que hay muchas maneras de hacer misión. Nosotros hemos trabajado desde el acompañamiento pastoral, pero también desde la salud, la educación y las necesidades más cotidianas de las familias. Cuando estás cerca de la gente, te das cuenta de sus dificultades y puedes intentar darles respuesta.
La gente de Llama es muy buena, pero muchos jóvenes tienen que marcharse para buscar trabajo. Vuelven para las fiestas, por Todos los Santos o en otros momentos importantes, pero la falta de oportunidades sigue siendo un problema.
También hay enfermedades y situaciones de vulnerabilidad que te recuerdan que el trabajo nunca termina. Todavía queda mucho por hacer. La realidad ha cambiado mucho desde que llegué, pero las necesidades siguen existiendo.
Y actualmente, ¿Cómo vive su misión en Llama?
Ahora estoy más limitada físicamente y ya no puedo hacer todo lo que hacía antes. Pero sigo trabajando en la formación de la comunidad al servicio del Evangelio. Nos organizamos por sectores y vamos a las comunidades para reunirnos con la gente, estudiar la Biblia y formar a personas que después puedan transmitir la Palabra de Dios a los demás.
También dedico bastante tiempo a visitar a los enfermos. No tanto desde la atención médica, como hacía antes, sino desde la compañía y el acompañamiento. Hay personas que necesitan que las escuchen, que alguien las visite y que no se sientan solas.
La misión también es eso: estar ahí, acompañar y seguir al lado de la gente, aunque las fuerzas ya no sean las mismas.
Este año celebramos el centenario del Domund. ¿Cómo ve la evolución de la misión a lo largo de este tiempo?
La misión es muy bonita. Humanamente, es dura, pero vale la pena, porque los resultados se van viendo poco a poco.
Nosotros seguimos trabajando con las comunidades y anunciando el Evangelio. La gente sabe que somos misioneras y nos conoce. También hay personas que rezan por las misiones y piden vocaciones. Naturalmente, nos gustaría ver más frutos, pero hacemos lo que podemos y confiamos en que el trabajo da resultados, aunque no siempre sean inmediatos.
Yo me encomiendo mucho a la Virgen de Urgell y la tengo muy presente en mis oraciones. La misión es una tarea que no haces solo con tus propias fuerzas: necesitas la fe, la oración y la confianza en Dios.
Si tuviera que resumir en una frase qué significa para usted ser misionera, ¿Qué diría?
Es entregarte al cien por cien. No pensar en ti misma, sino en los demás.








