(Claretianos · 14/09/26) Nacido en 1948 en Valls, el claretiano Francesc Trilla lleva más de 50 años realizando su apostolado como misionero en Brasil, donde vive en comunidad en São Miguel do Guaporé (estado de Rondônia, diócesis de Guajará-Mirim) junto con el padre Lluís Garcia y, hasta hace poco, con el hermano Josep Maria Sala, que desde enero tiene un nuevo destino.
Este verano, como hace cada dos años, ha regresado a Cataluña para pasar las vacaciones y visitar a la familia y a los amigos. Hemos aprovechado esta estancia para hacerle una breve entrevista.
En 2023 celebró los 50 años de ordenación sacerdotal. ¿Qué ha significado para usted más de medio siglo siendo sacerdote?
Es toda una vida, tengo un ideal misionero de llegar a todas partes desde pequeño. Un trabajo que tiene como objetivo impulsar y crear en las comunidades grupos de gente, lo más numerosos posible, para trabajar por Cristo, realizando la acción misionera de grupos que animan la vida religiosa del lugar. Como sacerdote, me siento muy bien haciendo todo lo posible para que la eucaristía llegue a todas partes.
¿Qué lo movió a ser claretiano?
Desde pequeño ya tenía vocación de sacerdote. Yo pensaba ir al seminario de Tarragona, pero en Valls había escuela y comunidad de claretianos con el Teologado, adonde fui. Fue el padre Martí Alsina CMF quien me animó a ser claretiano al saber que quería ser sacerdote. Con 10 años fui al Seminario claretiano de Cervera e hice la primera profesión en 1964. En 1973 fui ordenado en la Ciudad Cooperativa de Sant Boi de Llobregat. La vocación sacerdotal la tenía desde que hice la primera comunión, ¡y antes incluso!
Si tuviera que escoger una frase del padre Claret que lo haya acompañado siempre, ¿cuál sería?
Sin duda, nuestro lema: Caritas Christi urget nos. «El amor de Cristo nos apremia«. Lo tengo claro.
Desde noviembre de 1975 está en Brasil. ¿Cómo es su día a día como párroco de São Miguel do Guaporé?
Como parroquia, tenemos 51 comunidades de las cuales soy párroco; trabajamos junto con el padre Lluís Garcia, también claretiano, y José Basso, diácono, y tres Misioneras de san Antonio María Claret. Hacemos una pastoral conjunta. De estas 51 comunidades, 8 están en la ciudad y el resto, en zonas rurales. Por la mañana hacemos nuestras oraciones y tenemos el resto de la mañana a disposición de lo que nos piden: trabajos de despacho, confesiones o lo que haga falta. Por la tarde, sobre todo atendemos cuestiones matrimoniales y hacemos visitas a enfermos. Hacia el anochecer, salimos a celebrar la eucaristía en diversas comunidades. De este modo, cada mes llegamos a todas las comunidades.
Cuando llegaron a São Miguel, ¿qué encontraron?
En São Miguel estamos desde 1987. Allí estamos casi desde el principio; hay poca presencia indígena. Casi todo estaba por hacer, porque el Gobierno ofrecía tierras para repoblar la zona con gente. Todo era selva amazónica y había que abrir los pueblos, talando la selva. Así nacieron pequeñas ciudades que han ido creciendo con la llegada de emigrantes para colonizar el lugar. São Miguel tiene ahora unos 9.000 habitantes y todo el municipio, aproximadamente 21.000. Casi la ciudad nació en nuestras manos. Parecía el ‘far west’ por cómo crecía. Estamos casi desde el inicio; estamos incardinados aquí.
Como catalán que ha vivido más años en Brasil que en Cataluña, ¿qué le choca de la realidad catalana de hoy?
Me choca de manera especial ver las comunidades envejecidas, sobre todo con mucha gente mayor. Allí tenemos más gente joven en las celebraciones; este año hemos confirmado a 160 jóvenes. Nuestras misas, al tener gente de todas las edades, son muy vitales, muy vividas y participadas.
En su comunidad, aparte de las necesidades básicas para vivir con dignidad, pastoralmente, ¿qué es lo que más se demanda?
Actualmente, trabajamos de una manera muy especial la cuestión de la familia, porque en nuestra zona hay mucha desintegración familiar. Se casa mucha gente, pero también se separa mucha, y por eso trabajamos mucho mediante la pastoral y la concienciación, junto con ofrecer los sacramentos que la gente nos pide. Tenemos muchos agentes de pastoral, de ayuda y de visitar a quien lo necesita y lo solicita.
¿Qué aporta la Iglesia católica en pleno siglo XXI en una región rural de Brasil?
Aporta especialmente el amor a la tierra, al lugar. Reconocer como ‘tierra prometida’ aquella tierra que los padres conquistaron. Para las nuevas generaciones, para quienes no trabajan la tierra, es fácil venderla e irse. Mediante la concienciación y la puesta en valor de la tierra, promovemos este arraigo para dar valor a la tierra y a su gente. Si no, al final todo el mundo acabará marchándose.
¿Cree que la sinodalidad impulsada por el Papa Francisco se vive mucho más intensamente en Brasil, donde usted está, que en otras zonas del mundo?
La sinodalidad, entendida como trabajo conjunto, que no se rige solo por lo que dice el clero, sí. Allí, el trabajo de formación, para que las comunidades se sientan corresponsables, conlleva un trabajo de sinodalidad bastante importante. Allí es imposible pretender, como en otros lugares, que un sacerdote puede hacerlo todo. La formación bíblica y litúrgica de quienes dirigen las comunidades es muy importante. Formamos para dar autonomía real a las comunidades.
Si tuviera que resumir en una frase su vida como claretiano en Brasil, ¿cuál sería?
Soy un misionero que ha intentado hacer de su vida un servicio al pueblo mediante la eucaristía y la animación de comunidades. Mediante la formación de aquellos que deben sacar adelante las comunidades. He tenido un espíritu misionero, de fidelidad, de permanecer en un lugar…
Ahora, que se acerca a los ochenta años, ¿dónde se imagina pasar la última etapa de su vida?
Sin duda, en Brasil. Llevo 51 años en Brasil, allí, por así decirlo, tengo a todos los amigos y la familia. La lengua, las costumbres… hemos hecho nuestro al pueblo y el pueblo nos ha hecho suyos. Allí, incluso tenemos enterrado a un compañero claretiano, el padre Lluís Llamas. No tenemos prisa, pero cuando llegue la hora, nos gustaría estar allí, si Dios quiere, y celebrar nuestra Pascua allí, en aquella tierra que hemos amado y que nos ha dado la vida.








