(Dominicas de la Presentación · 21/04/26) Llegar a la Grande Bretèche, a nuestra querida Casa Madre, tiene siempre algo de profundamente especial. No es sólo el lugar en sí, sino la atmósfera que lo envuelve: una mezcla de silencio fecundo, memoria viva y acogida fraterna que toca el corazón desde el primer instante. Allí, la presencia de Marie Poussepin se percibe con una cercanía particular, casi tangible, donde su intuición y su espíritu siguen alentando cada paso, cada encuentro, y cada momento compartido. Y, como siempre, las hermanas nos reciben con esa alegría sencilla y auténtica que nace de la vida en común y del Carisma compartido.
Cuando, además, coincide con el tiempo del Consejo General Ampliado (CGA), todo adquiere una densidad aún mayor. La Congregación se hace visible y palpable de forma inmediata: rostros, lenguas, culturas y experiencias provenientes de los cuatro continentes se entrelazan, mostrando con belleza y verdad la riqueza y universalidad del Carisma. Es una experiencia de comunión que ensancha la mirada y renueva la esperanza. Así fue nuestra llegada el pasado fin de semana.
El XXII CGA, bajo el lema «El gozo de la fraternidad: fidelidad al Carisma», se encontraba ya a medio camino, en un momento especialmente significativo de escucha, discernimiento y proyección hacia el futuro. En este contexto, diversas actividades quisieron hacer presente ante el Señor la realidad de la Iglesia y del mundo, con sus luces y sus sombras, confiándolo todo a la intercesión de Marie Poussepin. Este XXII CGA tiene, además, un matiz particularmente significativo que merece ser subrayado: es la primera vez que, junto a las prioras mayores, participa también una consejera de cada estructura. Este gesto, sencillo en su forma pero profundo en su significado, hace visible el camino de sinodalidad que la Congregación ha decidido emprender. No se trata sólo de una ampliación de la participación, sino de una manera nueva de caminar juntas, de escucharse mutuamente y de discernir en común, acogiendo la diversidad de voces como una riqueza y no como una dificultad.
Entre estos momentos, queremos destacar de manera especial el gesto que recoge el video que hoy compartimos: un sencillo pero profundo signo en el que las hermanas se van pasando una vela encendida. Un gesto cargado de significado, que expresa la oración común y el deseo de ser luz en medio de la realidad que vivimos. Con esa llama, cada una pide a Marie Poussepin que nos acompañe, nos sostenga y nos ilumine en este momento histórico, marcado por tantos desafíos, incertidumbres y también oportunidades.
Es, en el fondo, una súplica confiada: que podamos ser, como Congregación y como Iglesia, esa luz humilde pero necesaria que el mundo espera; una luz que no deslumbra, pero que orienta; que no se impone, pero que acompaña; que no juzga, pero que acoge y transforma.
Os invitamos a uniros a nosotras en esta oración, dejando que también vuestra vida se ilumine y se haga luz para los demás.
Hnas. Gemma Morató y Conchi García








