(Claretianos · 08/01/26) Nacido en el antiguo vecindario de Salt, en Girona, el 10 de mayo de 1944, el misionero claretiano Lluís Garcia pasa unas semanas de descanso en Cataluña cuando se cumplen cincuenta años de su llegada a Brasil, donde convive en comunidad con los también claretianos Francesc Trilla y Josep M. Sala, y con dos claretianos brasileños con los que forman comunidad, aunque residan a 40 km de distancia. Cada dos años regresa a la tierra que lo vio nacer y donde recibió el impulso para ser misionero bajo el estilo y el carisma del P. Claret.
Aprovecha estos días de Navidad en los que se encuentra en Cataluña para estar con la familia, los compañeros de congregación y hacerse alguna revisión médica.
¿Cómo llega usted a Brasil?
Llego junto con el P. Francesc Trilla en 1975, enviados por la Provincia Claretiana de Cataluña. Con él hicimos un pequeño periplo empezando en África, en Guinea Ecuatorial y Camerún, entre 1973 y 1975. No pudimos quedarnos en Guinea, donde estábamos destinados, por problemas políticos. Finalmente llegamos a Brasil el 28 de noviembre de 1975. Y realizamos servicios misioneros en Itapací (Estado de Goiás), Novo Aripuanã (Estado de Amazonas) y, finalmente, en Guajará-Mirim (Estado de Rondônia), para ayudar allí donde pudiéramos ser necesarios y donde faltaran sacerdotes, como era el caso. En Brasil ya había un claretiano catalán trabajando, el P. Pere Jordà. En nombre de los Claretianos de Cataluña, nos ofrecimos al obispo local para ir allí donde hiciera falta.
Cuando llega a Brasil, ¿ya era sacerdote?
No, llegué como hermano y fue sobre todo una monja quien me animó a estudiar teología en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Al cabo de cinco años, el 10 de septiembre de 1980, fui ordenado sacerdote, al inicio de mi estancia en Novo Aripuanã. Este año he cumplido, pues, 45 años de sacerdocio y 50 de misión en Brasil.
¿Cuál es la realidad en la que viven y trabajan?
Donde estamos atendemos el municipio y la parroquia de São Miguel do Guaporé, con unas 27.000 personas y una extensión de 7.800 kilómetros cuadrados. Tenemos ocho comunidades en la ciudad y cuarenta y dos en zonas rurales. Donde los cultivos son llanos, la población se está desplazando tanto por la contaminación que generan los cultivos intensivos de soja o arroz como por los grandes terratenientes, que compran la tierra a los pequeños propietarios, provocando que se marchen a las ciudades. Donde el terreno es montañoso y se cultiva en pendiente, la gente se ha quedado en su tierra y la población se ha mantenido más estable. Aproximadamente la mitad de la población es evangélica y la otra, católica, pero actualmente la convivencia es bastante buena. Gracias a Dios, hay un gran matadero que da trabajo a mucha gente.
¿Cómo es su día a día en Brasil?
Hago de vicario y también llevo las cuentas de la comunidad parroquial. Formamos un pequeño equipo con el P. Francesc Trilla, que es el párroco, y con el H. Josep M. Sala. Hay un diácono permanente y la ayuda de tres monjas. Entre todos atendemos un total de cincuenta comunidades, que visitamos al menos una vez al mes.
¿Cómo se organizan para llegar a todas partes?
Nos repartimos las comunidades entre nosotros. Por las tardes, diariamente, celebramos la eucaristía, a menudo en dos comunidades al mismo tiempo, mientras que por la mañana realizamos tareas formativas, de gestión y de atención. Cuando es necesario, nos dividimos para poder llegar a todas partes. Puedo decir que, normalmente cada mes, hemos visitado las cincuenta comunidades y trabajamos para que haya tanto ministros de la eucaristía como de la palabra, de modo que cada comunidad pueda tener la celebración dominical, presidida por ellos mismos.
¿Cómo fueron los primeros años?
Al principio íbamos en barca por los ríos Mamoré y Guaporé visitando los pueblos. Con el tiempo se han ido abriendo carreteras, pero solo en los primeros años fundamos media docena de iglesias: ¡hicimos mucho trabajo! Pero siempre ha habido puntos alejados a los que es muy difícil llegar por el aislamiento selvático de ciertas zonas.
¿Qué papel juega el carisma claretiano en las comunidades donde trabaja?
Nuestra misión principal es fundar y atender comunidades para que la gente viva su fe, anunciando el Evangelio y animando a estas comunidades a vivir la fe con alegría y esperanza. Prestamos una atención especial a la formación de catequistas y otros agentes de pastoral. Y también, evidentemente, se trabaja mucho la dimensión social; aquí han tenido un gran papel los jóvenes voluntarios tanto de Cataluña como del propio Brasil.
Ahora que está en Cataluña, ¿qué contrastes le sorprenden más en relación con la vida en Brasil?
Cataluña ha crecido mucho. No soy nadie para juzgar con el poco tiempo que estoy en el país donde nací, pero allí también pasa como aquí: hay comunidades más vivas que otras, pero en general son pequeñas; sobre todo, allí la gente es muy responsable de su comunidad.
¿Qué mensaje daría a los jóvenes que se plantean una experiencia misionera?
Principalmente, que piensen que la Iglesia es universal y que cada uno debe procurar participar en ella y compartir su fe en cualquier lugar, sea donde sea. Aquí, falta gente, pero en cualquier lugar falta espíritu misionero, porque la fe no nos la podemos quedar para nosotros. El espíritu misionero es siempre necesario.








