“Con los ángeles y los niños, cantemos al triunfador de la muerte: Hosanna en el cielo.”(antífona de laudes del Domingo de Ramos)
El Domingo de Ramos, por la mañana, enterramos a un fraile. A causa de las limitaciones impuestas en este tiempo de confinamiento, no pudimos velarlo en el convento ni siquiera celebrar la eucaristía de cuerpo presente. Tres frailes (el máximo autorizado) nos encontramos al pie del nicho en el Cementerio de les Corts de Barcelona para un breve momento de oración. Es una situación que se está repitiendo en muchas de las comunidades de vida religiosa en Cataluña y en todo el mundo. Si la defunción ha sido a causa del Covid-19, creo que las restricciones aún son más fuertes. Compartimos así la situación vivida por tantas familias en estos días. Algunos han visto salir al padre o a la madre de casa hacia el hospital para no verlo ya más.
Las noticias de la televisión se hacían eco de esta situación hace algunos días. Se hablaba de la necesidad de la despedida y del duelo. Aparecían expertos. Me llamó la atención que la perspectiva era totalmente laica, enfocada sólo desde la necesidad psicológica de los que se quedan. Ya no esperaba (ni reclamaría) una perspectiva creyente cristiana, pero habría podido ser interreligiosa, por ejemplo. Pero no. Cualquier visión trascendente o cualquier convicción sobre el después de la muerte eran simplemente obviadas.
De hecho, hace ya tiempo que en nuestro ambiente la muerte se tiende a esconder, se intenta ignorar. Los ritos de despedida que ahora parece que se echan tanto de menos hace ya tiempo que se redujeron a la mínima expresión. Y es normal. No se quiere percibir el tono trágico que adquiere toda la vida humana si ante la muerte el único discurso que tenemos es que “hace falta aceptarla”. Me vienen a la mente los versos que, en el origen mismo de nuestra cultura occidental, la Ilíada pone en boca de un Aquiles implacable antes de atravesar con su lanza a Licaon que le suplica por su vida agarrado a sus rodillas: Por tanto, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo? ¿No ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo? Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel.
En contraste con esta muerte implacable, simple punto final de todo, que no se puede mirar de frente y que nuestro mundo se esfuerza a la vez para posponerla y para aceptarla, los tres frailes reunidos al pie del nicho recitábamos san Francisco: Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal. Podría parecer lo mismo, un modo de aceptar la muerte. Pero la muerte a la que san Francisco llama hermana no es la muerte triunfadora, aquella contra la que luchamos sabiendo que al fin nos va a vencer. La hermana muerte es la muerte vencida, la muerte después de Pascua, la muerte convertida en un paso que nos desnuda de todo, pero para renovarlo, transfigurarlo y llenarlo de Dios.
En la URC nos van llegando noticias de varias congregaciones. Procuraremos poner a disposición de todos algún modo de compartir la memoria de los religiosos que nos han dejado a causa de la pandemia. No entro aquí en casos particulares, por miedo a olvidar a alguien. Sabemos que se están dando situaciones muy duras. También es mucho lo que se sigue haciendo en favor de los más desvalidos, y sería bueno que lo pudiérmaos conocer con más exactitud. En medio de esta situación, hemos vivido estos días santos de un modo insólito. Pero más que nunca tienen que ser unos días para renovar la fe en Cristo triunfador de la muerte. Ahora que resulta ineludible hablar de la muerte, que esta sea nuestra mirada y la convicción firme de nuestro corazón.
¡Feliz Pascua de Resurrección a tod@s








