(Hno. Xavier Fortuny · 20/04/23) Después del estallido jubiloso de la vela y de los primeros días de la Pascua, nuestra vida vuelve a la normalidad; parece como sí es deshilachase la alegría de la Vida del resucitado. Por suerte, la liturgia nos ayuda a mantener encendida la llama de aquella primera comunidad.
Si miramos los evangelios dominicales podemos entender todo un recorrido espiritual que nos pueden ayudar a mantener vivo el espíritu pascual.
2.º domingo: “Dichosos aquellos que crean sin haber visto”. En una sociedad donde todo es demostrable, la actitud de Tomás es una llamada a saber vivir con el misterio y a confiar en la Palabra y en la comunidad:
3.º domingo: “Quédate con nosotros que ya se hace tarde y el día va de caída” y lo reconocieron al partir el pan. A pesar de las dudas y las incertidumbres que todos sufrimos, la presencia de Jesús nos acompaña y, al compartir se desvanece toda oscuridad.
4.º domingo: “Yo soy la puerta”. Abrimos la puerta de nuestro corazón, dejamos que entre en nuestra casa, que haga estancia y escuchamos su Palabra. Su puerta siempre está abierta dispuesto a acogernos y escuchar.
5.º domingo: “Confiad en Dios y confiad también en mí”. Ciertamente las personas que tienen la capacidad de generar este sentimiento serán capaces de establecer vínculos de complicidad.
6.º domingo: “el Padre, os dará otro Defensor”. La promesa de su Espíritu nos anima a creer sin haber visto, a compartir el pan, a confiar en Dios y en su palabra, a abrir puertas…. Toda una preparación para la tarea misional que nos encomienda.
7.º domingo: “La ascensión”: “Vais a convertir todos los pueblos, bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñadlos a guardar todo el que yo os he mandado”. ¡Ahora sí; ahora ya somos enviados! Ahora nos toca a nosotros ser transmisores del don de Dios a nuestros conciudadanos.
Pentacostes: “Recibid el Espíritu Santo”. Y con él,
el don de la sabiduría
el don de entendimiento
el don de ciencia
el don de consejo
el don de fortaleza
el don de piedad
el don del temor a Dios (o de reverencia a Dios)








