(Susana García del Álamo) Un año más nos reunimos para celebrar el gozo de nuestra vocación, una vocación que es un don, una gracia, un regalo que Dios nos da para compartirlo y regalarlo. Es un momento, como dice el Papa, «para alimentar y fortalecer la esperanza».
Todos estamos llamados a vivir en esperanza; a mí me gusta decir, a vivir esperanzados, porque esta actitud nos ayuda a salir constantemente hacia afuera, a ponernos siempre en camino para encontrarnos con nuestros hermanos más necesitados, a peregrinar por la aventura del amor, de la entrega, de la alegría, de la paz… Salir a los caminos supone acercarnos a los más desfavorecidos, a todos aquellos que están sedientos de una palabra de ánimo, de compasión, de comprensión. Cada uno de nosotros, con el propio carisma, hemos respondido a la VOZ DE DIOS que nos ha dicho: “deja todo, mira hacia adelante y confía, no tengas miedo, Yo estoy contigo”. Nosotros, consagrados y consagradas, nos hemos arriesgado a vivir confiadamente y, como dice la canción, “no hay bendición más grande, porque de Él recibimos la vida eterna, el ciento por uno”.
Es la hora de hacer de nuestra vida un peregrinaje hacia el interior, de vivir con profundidad, dejando de lado la superficialidad que no nos lleva a nada. Es la hora de vivir con los ojos abiertos para detectar las debilidades humanas, especialmente de los niños y los jóvenes más necesitados, ofreciéndoles con sencillez y generosidad, el Amor de nuestro Dios. Nuestro mundo necesita nuestros gestos cercanos, humanos, compasivos que transformen los corazones endurecidos, carentes de sentido y de alegría.
La Vida Consagrada, con la diversidad de carismas, está llamada a enriquecer los ambientes, la sociedad, la Iglesia, como siempre lo ha hecho. Nuestra vida debe dejar una huella profunda allá donde está insertada; debe ser significativa, poniendo de manifiesto la capacidad de superar dificultades, de ir contra corriente, sabiendo que Jesús, Camino, Verdad y Vida, nos acompaña.
A pesar de las dificultades y el ritmo actual de nuestra sociedad, estamos llamados a fortalecer el sentido de la sinodalidad, con palabras del Papa: donde todos estamos invitados al compromiso y a la vida en salida, a vivir en fraternidad, aceptando la diversidad y las diversas capacidades.
Para hacer de nuestra vida consagrada una opción de vida más atractiva, más motivadora, más auténtica, más contagiosa… seamos almas enamoradas de Cristo, porque como dice San Juan de la Cruz, “esta es un alma gentil, humilde y paciente”; fijémonos en María, y dejemos que nos enseñe a vivir con sencillez, confiando plenamente en el Padre; seamos felices dando gratuitamente parte de nuestro tiempo a quien se siente solo y olvidado; caminemos con esperanza, sembrando valores de amor y humildad, de paz; y seamos capaces de abrir nuestro corazón a los demás, con una actitud de escucha, de respeto, de acogida sincera.
¡Feliz día a todos y a todas por haber dicho Sí a la llamada de Jesús!
Fotografía: Catedral de Barcelona








