(Fray Valentí Serra de Manresa, capuchino) Estos días, acompañando al libro Passió per la Setmana Santa, he podido repasar en varias poblaciones las principales tradiciones populares y litúrgicas desarrolladas en torno a la semana más grande de los cristianos, la más grande “no porque tenga más días que las otras ni porque los días consten de más horas, sino por la grandeza de los misterios que están celebrando”, escribió san Juan Crisóstomo († 407); una semana que, antiguamente, también se había denominado también la Semana de los perdones, puesto que era cuando los penitentes eran reconciliados y recibidos nuevamente en la comunión eclesial.
Con los lectores del Horeb querría compartir esta síntesis panorámica sobre el Triduo Pasqual, que precisamente empieza hoy al anochecer.
Jueves Santo, in coena Dominio
El Triduo Pascual lo empezamos cada año con la ceremonia de la misa vespertina del Jueves Santo –denominada litúrgicamente in coena Dominio—donde, después de la homilía, se suele proceder a la ceremonia del lavatorio, conocida con el nombre de Mandatum. Esta tradicional ceremonia de la limpieza de pies recuerda, litúrgicamente, aquel gesto que Jesucristo realizó en el cenáculo poco antes de instituir la Eucaristía y sería bueno recuperarlo allí donde se ha perdido. Después de la celebración eucarística está el traslado solemne del copón con el Santísimo Sacramento hasta el lugar de la reserva solemne o Monumento, que se suele situar en una capilla lateral donde, dentro de una urna especial está depositada la reserva eucarística destinada a la comunión de la celebración litúrgica del Viernes Santo. Acabada la ceremonia se procede a retirar de las ropas del altar, ya que no se volverá a celebrar la Santa Misa hasta la vigilia pascual.
Viernes Santo, la Pasión
En la ceremonia litúrgica del Viernes Santo ocupa un lugar muy destacado el canto de la Pasión —o bien su lectura solemne y dialogada—, una costumbre muy antigua que tiene el objetivo de suscitar la atención de los fieles haciendo mucho más vivo y dramático el relato de la Pasión. En su forma litúrgica original, el canto de la Pasión es un recitado melódico dialogado entre tres personas que alternan la voz de Cristo, la del narrador o cronista y, finalmente, la voz de los otros interlocutores que forman parte del relato del Pasión, con un tono propio para cada una de las voces.
Después del canto —o de la lectura dialogada de la Pasión— está la solemne oración de los fieles que, según la antigua tradición de la liturgia latina, es el celebrante quién propone la intención de cada plegaria con una pequeña exhortación, mientras que el diácono manda a la asamblea que se arrodille para que los fieles rueguen interiormente, en recogimiento y silencio, hasta que, a una nueva invitación del diácono, todo el mundo se pone en pie para escuchar el canto de la oración sacerdotal; una plegaria que, en el día del Viernes Santo, tiene un marcado carácter universal, por cuanto se ruega de manera muy específica para todos y para todo el mundo. La posterior adoración solemne de la Cruz es una antiquísima ceremonia que proviene de la venerable liturgia celebrada en Jerusalén, precisamente esta adoración de la Santa Cruz la encontramos testimoniada por la monja hispana Egeria quién, en los años 381-384, peregrinó a Tierra Santa y, posteriormente, puso por escrito su experiencia en un Itinerarium de Locis Sanctis. En este texto, la intrépida peregrina describió cómo en la fiesta del Viernes Santo, después de rogar los fieles cristianos en torno a la columna donde había sido azotado a Cristo, se leía la Pasión según San Juan y, seguidamente, se procedía a la adoración de las reliquias de la Santa Cruz.
El día del Sábado Santo es el día del gran silencio, cuando la Iglesia hace memoria del descenso de Cristo a los infiernos —durante su reposo en el sepulcro— y no se celebra ninguna ceremonia litúrgica hasta el momento del Velatorio Pascual, salvo la recitación de las horas canónicas en el coro. Para la plegaria eclesial de este día los fieles disponen de los textos del oficio divino —la Liturgia horarum— y permanecen en comunión de plegaria, con una actitud silenciosa y contemplativa, al amparo del sepulcro del Señor, meditando su dolorosa Pasión.
Vigilia Pascual
La Vigilia Pascual empieza con el rito de la jubilosa bendición del fuego nuevo, que simboliza la Resurrección de Cristo, luz del mundo y piedra angular que, en Pascua, salió victorioso de la piedra sepulcral. Con el fuego nuevo se enciende el cirio pascual que, por su significación y simbolismo, tiene que ser de dimensiones superiores a los otros cirios, puesto que representa a Cristo resucitado. La cera del cirio pascual simboliza la figura del cuerpo; el cordón, el alma; la llama, la divinidad; los grandes de inciensos, las heridas de la Pasión, y el momento de encender el cirio con el fuego nuevo significa el instante de la Resurrección.
Una vez grabada por el celebrante en el cirio pascual la señal de la cruz y el año, y también de haber estampado las letras alfa y omega, empieza la procesión hacia el interior de la nave del templo con el cirio pascual encendido. Sigue el canto del Exultet o Angelica; es decir, el pregón pascual, que es una preciosa y expresiva composición poética atribuida a san Ambrosio.
La vigilia pascual es una larga noche de vela en honor del Señor Resucitado donde destaca la lectura meditada de una equilibrada selección de textos de la Sagrada Escritura que son una maravillosa síntesis de la historia de la salvación, que va desde la creación del mundo hasta la Resurrección de Cristo. Este conjunto de lecturas proclamadas durante la vigilia pascual formaba parte de la última instrucción que recibían los catecúmenos antes de recibir el bautismo dentro de la Vigilia de Pascua. Una vez acabada la homilía, se procede a la bendición de las fuentes bautismales y, a continuación, se administran los bautismos o, en su defecto, se hace la renovación de las promesas bautismales por parte de todos los fieles que asisten a la celebración. Antes de continuar la misa con el ofertorio, y después de renovar las promesas del bautismo, está la aspersión de la asamblea con el agua bendita de las fuentes bautismales. Así comienza la jubilosa celebración de la Pascua que se prolonga durante cincuenta días.
A todos los religiosos y religiosas de Cataluña os deseo unos días santos de mucha proximidad a Cristo y todos que sintáis, y sepáis comunicar, una verdadera pasión por la Semana Santa. ¡Buena Pascua con la Paz y el Buen de Cristo Resucitado !








