(Llorenç Puig, sj, Secretario General de la URC) Vivimos unos tiempos turbios y bien tristes. Cosas que parecían de otro siglo, ya pasadas, vuelven a llenar las noticias y nos muestran la realidad de una barbarie de destrucción y muerte que todos pensábamos ya de otras épocas. También es cierto, que otras guerras tanto o más cruentas que la de Ucrania las hemos vivido también recientemente, como la de Siria, que ha destrozado todo un país y ha hecho huir desesperadamente a sus habitantes.
Sí, no nos engañemos: el mal sigue campando por nuestro mundo y a veces muestra su rostro más visible en situaciones como la de Ucrania. Y de manera inexplicable, provocado por impulsos incomprensibles, de muy pocas personas que ostentan un gran poder, se ponen en marcha mecanismos de guerra, de destrucción y de muerte.
Nosotros, como religiosas y religiosos, ¿qué podemos decir frente esta realidad del mal tan visible en estos momentos?
Para empezar, lo que vemos es la punta del iceberg de la realidad de mal, de injusticia, de egoísmo, de voluntad de poder, de pecado en definitiva. No es una seta aparecida por la locura de una persona concreta, sino la manifestación de una realidad más profunda que nos incumbe a todos. Es cierto que la irracionalidad, la virulencia y el sufrimiento de las personas que vemos estos días nos hace pensar que se trata de algo inexplicable. Pero, ¿y si las veces que consentimos pequeñas injusticias, las veces que ignoramos los sufrimientos de personas concretas a nuestro alrededor, personas que hace años van llegando de situaciones similares, las veces que nos centramos en nosotros y ‘los nuestros’, son semillas de la planta llena de espinas que vemos estos días? Quizás sea la hora de que recordemos que la realidad del pecado y del mal campan por nuestro mundo y en nosotros mismos.
En segundo lugar, dada esta situación nada alentadora, ¿qué podemos decir? ¿nos hemos simplemente de desesperar? No, justamente esta perplejidad es la que experimentó San Pablo y en la carta a los Romanos nos muestra el camino de salida, en un texto que leído con la misma perplejidad que la suya podemos hacer nuestro estos días:
Sed pacientes en la tribulación, constantes en la oración.
Haceos solidarios de las necesidades del pueblo santo.
Practicando con pasión la hospitalidad.
Bendecid a quienes os persiguen.
Bendecid, no maldecid.
Alegraos con quienes están alegres, llorad con quienes lloran.
Vivid de acuerdo los unos con los otros.
No ambicionad grandezas, sino poneos al nivel de los humildes.
No os tengáis por sabios.
No devolváis a nadie mal por mal; mirad de hacer el bien a todo el mundo.
Si es posible, y hasta donde dependa de vosotros, estad en paz con todo el mundo.
Queridos hermanos, no os toméis la justicia por vuestra mano; dejad que actúe el castigo de Dios, tal como dice la Escritura: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.
Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: haciendo esto, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza.
No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.
(Rm 12, 12ss)
Sí, son palabras verdaderamente revolucionarias, que en estos momentos donde la tendencia sería hacer crecer el odio o los pensamientos de muerte, nos muestra todo un camino contracultural y valiente que ojalá siguiéramos más. Porque, ¿no es cierto que si estas palabras estuviesen más presentes en nuestras vidas, muchas cosas serían diferentes?
¿Y si nos atrevemos a ser testigos de la contraculturalidad del Evangelio?
¿Y si nos atrevemos a sembrar semillas de plantas de paz, de acogida y de frutos de vida? Aunque pensemos que es inútil o que no merece la pena. El grano de mostaza era muy pequeño…








