(Claretianos · 16/02/26) El claretiano Maurizio Bevilacqua ha concedido una entrevista a la Provincia de Sanctus Paulus con motivo de su libro Fare strada insieme. La sinodalità nella vita consacrata. En la conversación, reflexiona sobre el significado de la sinodalidad, los retos que plantea hoy a las comunidades religiosas y el valor de la misión compartida en el camino de la Iglesia. También habla de su labor docente en el Instituto Claretianum, donde es profesor de teología de la vida consagrada.
¿Qué le llevó a escribir este libro sobre la sinodalidad en la vida consagrada?
Escribí el libro a raíz de una petición explícita de la editorial. Me pidieron un texto breve que propusiera una profundización desde la perspectiva de la teología espiritual. Para mí fue una ocasión propicia para dar forma a algunas reflexiones que llevaba tiempo elaborando. En el libro no hablo solo, ni principalmente, de cómo se toman las decisiones. Sobre todo, no hablo de técnicas de gobierno ni de liderazgo (un término que no me gusta). El tema de fondo es la “sinodalidad” de la vida.
¿De qué manera la sinodalidad puede transformar la forma en que se toman las decisiones dentro de las comunidades?
El término sinodalidad puede parecer nuevo, pero su realidad no lo es en absoluto. Si queremos que las decisiones sean evangélicas, deben someterse a un serio discernimiento comunitario. San Benito, en su Regla, impone al abad, antes de tomar cualquier decisión importante, convocar a la comunidad y escuchar a todos los hermanos «porque a menudo es precisamente al más joven a quien el Señor revela la mejor solución» (III, 3). Ya en el siglo VI se había fijado en el derecho el principio según el cual aquello que afecta a la vida de todos debe ser discutido por todos. El problema es que después estas cosas se han olvidado.
¿Cuáles son los principales retos que la vida consagrada encuentra para vivir una verdadera sinodalidad?
Una dificultad proviene de la manera en que se entiende el servicio de la autoridad. El reto evangélico es vivir la obediencia como un camino sinodal en el que todos buscan la voluntad de Dios, porque nadie la posee. Bastaría con poner plenamente en práctica lo que escribió el Dicasterio para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica en la Instrucción de 2008 (El servicio de la autoridad y la obediencia), que afirma que el discernimiento implica a todos los miembros de la comunidad, mientras que algunos tienen «la tarea particular de ser signo de unidad y guía en la búsqueda coral y en el cumplimiento personal y comunitario de la voluntad de Dios» (n. 1). Me parece que el reto es el de una fraternidad no meramente formal. Las Orientaciones Para vino nuevo en odres nuevos lo expresan muy bien en lo que respecta a la relación autoridad/obediencia: «El reto es el de una corresponsabilidad en un proyecto común, superando la mera ejecución de obediencias» (n. 42). En el Claretianum encuentro muchos religiosos y religiosas de todas las edades y procedencias culturales, y tengo la impresión de que, en lo que respecta a la obediencia y a la autoridad, todavía estamos muy lejos de lo que evangélicamente debería ser.
¿Qué papel tienen los religiosos jóvenes en este “caminar juntos”?
El futuro les pertenece y tendrán que decidir cómo continuar el camino. La vida consagrada, en su conjunto, es una realidad vital con muchas presencias jóvenes en muchas partes del mundo. Sería engañoso leerla a partir de la situación europea, que es el resultado de transformaciones económicas y culturales muy fuertes en la sociedad y, creo yo, también de errores de perspectiva muy graves por parte de la Iglesia y de la vida consagrada, que a menudo se ha preocupado más de adorar las cenizas que de mantener vivo el fuego, utilizando la famosa expresión atribuida a Gustav Mahler. Los jóvenes de otros continentes serán sin duda una fuerza transformadora para la sociedad mundial y, por tanto, también lo serán los religiosos y religiosas jóvenes para la vida consagrada.
Dicho esto, no oculto que tengo algunas dudas. En los religiosos jóvenes, sobre todo en los institutos masculinos, veo un aumento de formas de clericalismo y de paternalismo hacia los laicos y también hacia las religiosas, veo la acentuación de formas identitarias exageradas. Entre los jóvenes presbíteros y religiosos también se han registrado fuertes resistencias al proceso sinodal iniciado por el papa Francisco.
¿Cuál es la misión específica del Instituto Claretianum?
Tal como afirman sus Estatutos, el Claretianum quiere ser un centro de formación y de investigación sobre la vida consagrada. Por eso, a lo largo de su historia, ha intentado conjugar una dimensión académica, proponiendo itinerarios de licenciatura y doctorado, con una oferta formativa adaptada a diversas necesidades: religiosos y religiosas jóvenes en su formación inicial, aquellos que buscan instrumentos para la formación permanente y aquellos que son llamados a ejercer algunos servicios para la vida consagrada.
¿Qué tipo de estudiantes estudian allí? ¿Solo religiosos o también laicos?
La gran mayoría de los estudiantes son religiosos y, más concretamente, religiosas. En el Instituto, sin embargo, tenemos varios itinerarios de estudio. El bienio de teología de la vida consagrada es frecuentado casi únicamente por religiosas y religiosos, o por personas consagradas en institutos seculares. Esporádicamente hemos tenido estudiantes laicos o presbíteros diocesanos que en sus diócesis acompañan la vida consagrada. Lo mismo puede decirse de una tarde formativa que ofrecemos a lo largo de todo el curso. También tenemos, sin embargo, un itinerario de tres semestres sobre la gestión económica de las entidades eclesiásticas. Este es frecuentado tanto por religiosos y religiosas que se ocupan de la economía en sus institutos como por laicos que ofrecen su servicio profesional a las congregaciones.
¿Qué distingue al Claretianum de otros centros académicos de teología o de vida consagrada?
El Instituto se configura como un servicio a la vida consagrada, como ya decíamos al hablar de su misión, y se caracteriza por un trato familiar con todos los que lo frecuentan: estudiantes, profesores y cualquier persona que interactúe con nosotros.
¿Qué puede aportar/aporta el carisma claretiano en el camino hacia una verdadera sinodalidad?
El aspecto claretiano que más puede aportar a la sinodalidad es el que se ha recogido en la expresión “hacer con otros”, la misión compartida. Mirando nuestro Instituto, esto ya es evidente en su cuerpo docente, en el que menos de una cuarta parte de los profesores son claretianos. El tema, sin embargo, es mucho más amplio. No se trata solo de implicar a alguien en nuestras iniciativas, y menos aún de encontrar empleados fiables. La cuestión es ser propositivos y, al mismo tiempo, saber implicarse en iniciativas de otros. La misión compartida es el elemento que une, no el logotipo de la congregación. Es lo que dicen con gran claridad nuestras Constituciones: «Queremos ofrecer nuestra colaboración a todos aquellos que buscan llevar a cabo la transformación del mundo según el designio de Dios» (n. 46). En el pequeño ámbito de nuestro Instituto, esto se está expresando en la búsqueda de sinergias con otras realidades que trabajan al servicio de la vida consagrada y ofreciendo nuestro servicio a los demás.








