(Arzobispado Tarragona · 06/02/23) La Catedral de Tarragona acogió, el pasado domingo día 5 de febrero, la celebración eucarística con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que presidió el arzobispo Juan y que contó con la participación de religiosos y religiosas de las distintas congregaciones presentes en nuestra archidiócesis.
La Hna. Isabel Górriz, delegada diocesana para la vida consagrada, en la monición de entrada de la celebración recordó «que todos somos hermanos y todos somos convocados a la ayuda mutua y al apoyo e interés recíproco» y también pidió tener siempre presente la esencia de la vocación consagrada: «Ser ofrenda generosa al Señor para nuestro mundo y que, como decimos en ese tiempo sinodal, todos queremos “caminar juntos”».
Arzobispo Joan: «Los miembros de la vida consagrada deben ser sal que nos cure nuestros males y nos conserve nuestra fe»
El arzobispo Joan, durante la homilía, habló de la maestría de Jesús: «Predica la Palabra de Dios con gozo y alegría […] y sus seguidores que le escuchan van experimentando, casi inadvertidamente, una nueva perspectiva en su vida interior. Empiezan a ser sal ya ser luz». Así, recordó que Jesús nos pide que seamos «sal que da gusto, luz que irradia, y esto va transformando la comunidad de vida consagrada o la comunidad parroquial de la que formamos parte, conservando el gusto de la fe e iluminando la oscuridad de la tiniebla dudosa».
Planellas afirmó que la vida consagrada es «vivir con radicalidad el bautismo y la confirmación, que nos hacen cristianos y discípulos de Cristo». En este sentido, pidió a los religiosos y religiosas «ser sal que nos cure nuestros males y nos conserve nuestra fe, dando un buen gusto de felicidad a la comunidad humana», una misión, apuntó, que «no debe reducir sólo a buenas palabras, sino que debe llegar a las buenas obras, y obras de justicia social».
«Oremos especialmente por la vida consagrada, conscientes del momento que vivís cada uno de vosotros y cada una de sus comunidades. Que tengáis el coraje de ser firmes en la fe, a pesar de las persecuciones del mundo, a fin de —probando los consuelos de Dios— ser signos auténticos de una vida cristiana vivida en la radicalidad evangélica», pidió.
Después de la homilía se hizo la ofrenda de un cirio como símbolo de la luz que deben ser las personas consagradas para iluminar nuestro mundo. Seguidamente, los religiosos y religiosas renovaron su consagración a Dios, reafirmando las raíces evangélicas, siguiendo el carisma congregacional y ofreciéndose al Señor para amarle y servir a los hermanos.








