Un año más, en esta fiesta de la Presentación del Señor, la Iglesia nos invita a celebrar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En la celebración de hoy hacemos memoria de la plena consagración de Cristo a la obra del Padre, tan bien expresada en las palabras del salmo “.aquí que vengo a hacer vuestra voluntad”. Nosotros, religiosos y religiosas, miembros de Institutos seculares, vírgenes consagradas y otras formas de vida consagrada, queremos vivir nuestra vida con esta disposición de convertirnos como Cristo ofrenda entregada completamente a Dios y a los hermanos.
El lema de este año es “La vida consagrada, encuentro con el amor de Dios”. Ciertamente va al núcleo y origen de nuestra vida cristiana y consagrada que, como dijo el Papa Benedicto y ha repetido el Papa Francisco no empieza «por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida».. Pero según cómo, en el agitado contexto político y social que vivimos, especialmente en Cataluña y España, y sobre todo si nos lo miramos desde las víctimas, parecería que hablar de “encuentro con el amor de Dios” nos sitúe en una espiritualidad muy elevada, pero alejada de los retos tan complejos que afectan la convivencia, la justicia, la política, la economía… Ciertamente esta puede ser una tentación de nuestra forma de vida y de nuestra espiritualidad, pero basta con leer el Evangelio para darnos cuenta enseguida qué significó para Jesús su encuentro cotidiano con el amor del Padre, cultivada cada día en ratos largos de silencio y oración. Sin duda no lo trajo a alejarse de las personas y de sus problemas. Todo lo contrario lo trajo a ser transparencia e instrumento de este amor de Dios, especialmente hacia los más necesidades de buenas noticias: los pobres, los enfermos, los excluidos, los pecadores… Impulsado por el Espíritu, con palabras y acciones, con anuncios y denuncias, sobre todo con encuentros personales transformadores, fue construyendo su Reino de amor, de justicia y de paz.
Las personas consagradas tenemos la especial responsabilidad de dar un testigo dichoso de esta doble experiencia: la de encontrarnos con el amor de Dios, fuente y origen de nuestra vocación y consagración, que tenemos que cultivar cada día y, como consecuencia, la de entregarnos generosamente y arriesgadamente a los más necesidades de aprecio, de dignidad, de justicia. En los momentos que vivimos esto nos hará impulsores del que el Papa Francisco denomina “cultura del encuentro en la pluriforme armonía” y nos permitirá generar espacios de diálogo, fraternidad, reconciliación y colaboración entre personas y colectivos plurales, yendo más allá de esquemas ideológicos y poniendo siempre en el centro la persona y su dignidad de hijo/hija estimado del Padre.
Deseo de corazón que la renovación que hoy haremos de nuestro compromiso ante la Iglesia nos espolee a vivir con gozo nuestra forma de vida cristiana al servicio de todos los hijos e hijas de Dios, hermanos nuestros.
P. Màxim Muñoz Durán, cmf
Presidente de la URC








