(Comunidad Cristiana San Pedro Claver · Núria Calduch-Benages · Junio 21) Mi nombramiento como secretaria de la Pontificia Comisión Bíblica ha tenido mucho de eco en los medios de comunicación, pero hay que recordar que ya en 2014 fuimos nombradas las tres primeras mujeres como miembros de esta Comisión que fue creada en 1902 por León XIII (entonces estaba formada solo por señores cardenales) y reorganizada por Pablo VI en 1971 que la quiso adaptar a las necesidades de la iglesia de su tiempo.
Ahora ya somos cinco mujeres biblistas y espero que en un futuro no muy lejano se llegue a la paridad. En los últimos años, la presencia femenina también ha crecido en la Comisión Teológica Internacional, que actualmente ya cuenta también con cinco mujeres teólogas. También hay que destacar el nombramiento de la religiosa javieriana Nathalie Becquart como subsecretaria de la Secretaría General del Sínodo de los obispos, primera mujer en este cargo y con derecho de voto. Quiero decir con esto que, gracias al papa Francisco y a otras muchas personas con visión de futuro, se van dando pasos adelante. La presencia femenina en todos los niveles de la Iglesia (no solo en la base) es importante porque rompe prejuicios, abre horizontes, reafirma y enriquece la colaboración entre iguales. Además de la presencia, que de por si ya es crucial en ciertos ambientes eclesiásticos, las mujeres aportan sobre todo la propia competencia en los diversos campos del saber así como su manera de relacionarse, crear redes y afrontar los argumentos, situaciones y problemas.
Las mujeres han sido durando mucho de tiempo las garantes de la doctrina, las defensoras de la fe y la tradición cristiana en las familias, en las parroquias y en la sociedad. Casi siempre lo han hecho con muchas limitaciones y dificultades, a menudo desde posiciones de marginalidad y sin ser reconocidas, teniéndose que amoldar a un mensaje transmitido por otros. Hoy en día hay muchas mujeres competentes, responsables y comprometidas con la Iglesia que podrían hacer aportaciones muy valiosas en los ámbitos académico, educativo, sanitario, asistencial o en el de la comunicación social, para citar solo algunos. Ahora bien, hay que contar con ellas, invitarlas, ofrecerlos ámbitos y puestos de trabajo, responsabilidades y visibilidad. Limitar la función evangelizadora de la mujer a la familia, la catequesis y las obras de caridad ofrece una visión parcial y reducida de su misión.
Mi visión de la situación actual es realista y positiva a la vez. Pongo un ejemplo relacionado con los estudios bíblicos que es el campo que conozco mejor. Treinta años atrás, en nuestros ambientes académicos, las figuras bíblicas femeninas no suscitaban el interés de los exégetas. Ninguno de los grandes profesores, todos de reconocida fama internacional, que yo tuve en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma hablaba. Parecía que no existieran, así como tampoco se citaban las obras de las mujeres biblistas. Los tiempos todavía no estaban maduros. Estoy hablando del años 80. Todo lo que tenía relación con la mujer se miraba con recelo desde la cátedra e inmediatamente se etiquetaba de feminismo, entendiendo por feminismo algo de peligroso para la doctrina y la tradición. Ha sido gracias a la exégesis feminista que las mujeres de la Biblia, sus relatos y sus silencios han cobrado vida. Hemos descubierto las matriarcas, las profetas, las mujeres sabias, las esclavas…y no olvidamos La Sabiduría, es decir, la personificación de la Sabiduría que encontramos en los libros sapienciales de la Biblia. Una misteriosa figura que no encaja en ningún esquema ni definición, pero que está presente en varios textos bíblicos. Es una figura femenina, con voz propia, estilo pedagógico y mensaje profético que anima a todos, especialmente a los jóvenes, a seguir la vía que conduce en la vida. Mediadora entre Dios y la humanidad, la Sabiduría en mayúscula puede ser un punto de referencia para nuestro mundo actual castigado por una pandemia de época y un mar de dudas sobre el sentido de la vida y de la muerte.
He mencionado las mujeres bíblicas pero también podría añadir las metáforas femeninas, la simbología femenina y todo aquello relacionado con el mundo femenino. Hoy en día, las publicaciones sobre estas cuestiones son muy numerosas y no paran de crecer. Esto es un gran motivo de esperanza, no solo para mí en en cuanto a mujer biblista, sino para todas las mujeres, especialmente aquellas que se reconocen en sus antepasadas bíblicas.
Dra. Nuria Calduch-Benages
Directora del Departamento de Teología Bíblica
Universidad Gregoriana (Roma)
Secretaria de la Pontificia Comisión Bíblica








