Estamos en plenas fiestas en honor a la Mare de Déu de la Mercè, declarada patrona de Barcelona desde 1687 por el Consell de Cent. Este año además celebramos los 250 años de la bendición y consagración de la actual basílica de la Mare de Déu de la Mercè (9 de septiembre de 1775), en cuyo templo se custodia la preciosa imagen gótica de Santa María, de 1361, atribuida al escultor Pere Moragues.
La advocación de la Mare de Déu de la Mercè está unida a la Orden religiosa fundada por san Pedro Nolasco en la catedral de Barcelona el 10 de agosto de 1218 para la redención y liberación de los cristianos cautivos que estaban en peligro de apostatar de la fe cristiana.
807 años de vida consagrada, de vida fraterna, de un profundo amor a la Virgen María, de dedicar la vida siendo redentores de cautivos. Y dentro del año jubilar de la Esperanza, sembrando esperanza en los corazones de hombres y mujeres que están privados de libertad y necesitan esperanza en sus vidas, necesitan sentir el amor misericordioso de Dios.
Los frailes mercedarios somos una familia religiosa en la que la vida comunitaria es pilar fundamental, como señala la Regla de San Agustín que profesamos “en primer término -ya que con este fin os habéis congregado en comunidad-, vivid en la casa unánimes y tened una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios” (Regla 1).
Una vida en común, en familia, donde cada uno pone al servicio de los demás los talentos, las cualidades, y desde nuestras diferencias y afinidades intentamos vivir el deseo de Jesús:” Que todos sean uno, como tú, Padre estás en mi”. (Jn.17,21a).
La Orden de la Merced es una orden esencialmente mariana, y este amor a la Virgen María es algo que nace del corazón mercedario, de tal manera que en las Constituciones de la Orden en el apartado del Noviciado se dice:”… oriéntese los novicios a la imitación y culto de nuestra Fundadora y Madre, grabando su imagen como un sello en sus corazones de forma que nada haya en su boca, en su mente o en su conducta que no respire amor a la Virgen María”. (Const. O.M. nº 108).
El amor, la devoción a la Virgen se palpa en el mercedario, en su ser y en actuar. Con mucha naturalidad llamamos a la Virgen de la Merced “Nuestra Madre”.
Los mercedarios emitimos cuatro votos: obediencia, castidad, pobreza y el voto de redención, propio de nuestra Orden, que así queda expresado en nuestras Constituciones: “… nos consagramos a Dios con un voto particular, llamado de Redención, en virtud del cual prometemos dar la vida como Cristo la dio por nosotros, si fuere necesario, para salvar a los cristianos que se encuentran en extremo peligro de perder su fe, en las nuevas formas de cautividad.” (Const. OM nº14).
El voto de redención nos lleva a descubrir el rostro sufriente de Cristo en los nuevos cautivos de hoy, en las personas que están privadas de libertad, en las personas explotadas, en las que no se respetan sus derechos ni su dignidad de hijos e hijas de Dios. Un voto de redención que impregna los otros tres votos: la obediencia como llamada a vivir la voluntad del Padre en nuestras vidas de consagrados; la castidad en un amor esponsal a los nuevos cautivos de hoy y la pobreza, para destinar nuestro trabajo y bienes de la Orden en favor de nuestra acción carismática, como siempre ha hecho nuestra Orden.
El fraile mercedario quiere ser en nuestro mundo un testigo del Evangelio, que con alegría, entrega y mucho amor lleva a tantas personas que viven en los márgenes de la sociedad, que se sienten degradadas en su dignidad, que han perdido la libertad física y espiritual un mensaje de esperanza, de abrir los corazones al amor de Dios y al amor a los demás.








