Con vuestro nombre empieza nuestra historia… El lunes 26 por la noche, me venían a la mente los versos del Virolai. Algunos frailes del convento de Pompeya nos conectamos en internet y montamos el proyector para seguir la Vigilia de Santa María desde el monasterio de Montserrat. Ir a Montserrat es conectar a fondo con nuestra historia como cristianos y como catalanes. Pronto hará mil años que el abad Oliba enviaba allí los primeros monjes. Como tantas cosas en estos días, el Montserrat de este lunes también era insólito. La nave estaba vacía, los monjes sentados en asientos alternos del coro, supongo que para respetar las distancias de seguridad que se recomiendan a causa de la pandemia. No hubo eucaristía, tan solo el oficio de lectura y la visita espiritual a la Virgen de Montserrat del obispo Torras y Bages. Las nuevas tecnologías, sin embargo, nos permitieron participar como si presentes nos halláramos, que diría san Ignacio de Loyola, adaptándonos a las circunstancias de estos tiempos inciertos.
Con vuestro nombre empieza nuestra historia. Tomo la imagen de la comunidad de Montserrat, viviendo el momento presente y representando a la vez las raíces más profundas del país, como signo de toda la vida religiosa en Cataluña. Sin querer hacer la competencia a la Virgen María, esta frase del Virolai se podría aplicar también a la Iglesia y, en ella, a la vida consagrada. Antes, mucho antes, de que esta tierra recibiera el nombre de Cataluña, los consagrados ya nos encontrábamos en ella. Rezando, amando y sirviendo de mil maneras, hemos atravesado los siglos. Nuestro país es hijo de los monasterios benedictinos, hermano de las órdenes mendicantes, anfitrión y padre de numerosas fundadoras y fundadores. Hemos rezado, hemos cultivado la tierra, hemos curado o velado a los enfermos, hemos enseñado, hemos redimido cautivos, hemos atendido a los pobres, hemos predicado, hemos sido memoria viva de la existencia de un Dios que es comunión. También hemos tenido nuestros pecados, personales e institucionales. Hemos compartido la suerte de nuestro pueblo en guerras, revoluciones, epidemias y desastres naturales. Y aquí seguimos, encajando la pandemia desde nuestros lugares, llorando bajas entre los nuestros, forzosamente distanciados, pero al mismo tiempo en una época en la que tenemos la suerte de poder mitigar esta distancia con múltiples medios.
Me gusta poner este horizonte amplio a la hora de celebrar hoy los cuarenta años de la URC. Nacida en 1980, ha hecho su itinerario en un tiempo de replanteamiento, en parte buscado y en parte forzado por las circunstancias, un tiempo en el que ha crecido el deseo de comunicarnos y crear vínculos más estrechamente, un tiempo en el que se ha hecho sentir de una manera especialmente intensa la necesidad de formación para discernir los signos de Dios en medio de cambios que se hacen sentir a mucha velocidad. En estos cuarenta años, la vida religiosa se ha ido descubriendo, a menudo a regañadientes, cada vez más lejos del centro de una sociedad y una cultura para la que la palabra “Dios” ha perdido buena parte de su significado y Jesús ha dejado de ser un referente. Y llegamos al 2020 con un Papa jesuita que nos llama precisamente a encontrar nuestro lugar no en el centro, ni tampoco en las fronteras (palabra que siempre evoca nuevas conquistas), sino en las periferias, allá donde Dios se esconde precisamente en la necesidad que hay de Él y de su Reino.
Entre las reflexiones que nos ha hecho llegar el hermano Lluís Serra en estos tiempos insólitos que estamos viviendo, me ha quedado especialmente en la memoria la del P. Saverio Cannistrà, prepósito general de los carmelitas descalzos. Observa el hecho de que, si en otro tiempo la vida religiosa era la gran protagonista en tiempo de epidemias, ahora los héroes son otros. Ve en eso el signo de un proceso que tiene detrás en el fondo la mano de Dios, un proceso en el que la Iglesia se empequeñece, se empobrece, deja, a menudo con dolor, espacios que ya no puede llenar. Si hoy nos es dado un tiempo de kénosis, un tiempo de escondimiento y pérdida, ¿por qué rechazarlo?, se pregunta el P. Cannistrà. Hace tiempo que intuyo, y he experimentado, que puede haber lo que yo llamo un “crecimiento en la disminución”. El contexto es de disminución, a muchos niveles. Pero a la vez nos encontramos más con personas que piden acompañamiento porque han descubierto la fe o quieren volver, nos encontramos con diálogos que piden atención, franqueza y saber dar razón de la esperanza, nos encontramos empujados a buscar la dimensión de Dios con fuerza, porque nuestra vida ya no se puede fundamentar más en aquello que hacemos ni menos aún en los aplausos que recibimos.
Celebramos, pues, los cuarenta años de la URC con el deseo de que continúe siendo, al servicio de todos, un instrumento de comunicación y de formación, un espacio donde encontrarnos y, desde el respeto y el agradecimiento por cada carisma, mirar juntos hacia arriba, hacia los lados y hacia adelante, un espacio donde las raíces profundas y antiguas que nos nutren como colectivo puedan sacar todavía nuevos brotes al servicio de Dios, de la Iglesia y de nuestro pueblo.








