(B. Girona · 03/06/24) Este pasado sábado, 1 de junio, el capuchino del convento de Arenys de Mar fray Òscar Bernaus fue ordenado presbítero por parte del obispo auxiliar de Barcelona David Abadías. Bernaus nació en 1977 en Castelldans (las Garrigues) y es fraile capuchino del convento de Arenys desde 2015. La ceremonia tenía que ser presidida, inicialmente, por el obispo de Girona, fray Octavi Vilà, pero a última hora dio positivo en covid y no pudo estar presente.
El programa radiofónico diocesano Església Viva entrevistó a fray Òscar Bernaus unos días previos a la ordenación. Ofrecemos un fragmento:
¿Qué lo ha llevado a dar el paso al presbiterado?
En mi caso, es una vocación que nace dentro de la llamada que Dios me ha hecho a servirlo como capuchino. Este llamamiento al presbiterado, que al principio no tenía nada claro, ha ido madurando con el tiempo y finalmente se ha concretado estos últimos años. Nuestra vocación de capuchinos no es la de ser presbítero en primer término, a pesar de que muchos de nosotros lo acabamos siendo. Ciertamente el presbiterado es una concreción muy especial porque te permite servir a Jesús haciéndolo presente en la vida de la comunidad cristiana a través de los sacramentos, aconteciendo todo tú como un canal de su gracia. Se trata de un don totalmente inmerecido que te hace sentir pequeño y a la vez inmensamente feliz.
¿Cuál es su tarea al convento y en la población?
En el convento hago un poco de todo. En cuanto a las tareas más domésticas, estoy muy metido en la cocina, entre otras. En cuanto a la pastoral, como diácono ayudo en las celebraciones litúrgicas, predico, voy a visitar, con otros hermanos, enfermos y residencias de ancianos, para llevarles la comunión o celebrar la liturgia de la Palabra. Una tarea importante que hace unos años que estoy haciendo es acompañar en la formación nuestros hermanos de la Tercera Orden. Además de esto, me dedico a lo que hacemos todos los frailes: la plegaria y la acogida de quienes llaman a la puerta.
Usted había sido profesor de catalán en universidades alemanas como las de Berlín y Leipzig. ¿Qué lo llevó a querer ser fraile capuchino?
Pues más que el qué es el quien: fue el Señor quién me llevó. En un momento de crisis «existencial» el Señor me llevó a Arenys de Mar, de una manera muy providencial. Aquí mi fe pasó de la cabeza al corazón, por decirlo de alguna manera. Me supe esperado, querido, llamado. La manera de ser de los frailes, muy familiar y acogedora, sencilla, nada impostada, alegre… Emergió un deseo muy grande de ir a fondo en la vivencia de la fe como eje vertebrador de la vida aquí y de este modo, y la figura de san Francisco me cautivó.
¿Qué aporta el mensaje de san Francisco a la sociedad de hoy?
La radicalidad del seguimiento de Dios que parte de una conciencia muy clara de saberse estimado, que te lleva a quererlo conocer y estimar más y más, y que esto solo es posible en comunidad, en fraternidad, poniéndolo a Él en el centro. San Francisco nos enseña a no poner obstáculos (ni convertirse en obstáculos) a Dios, que se nos da para que acontezcamos un don para los otros. Estamos hechos y constituidos íntimamente por la comunión y para la comunión, para el encuentro con Dios y los otros. Por eso la desapropiación es tan importante para san Francisco: vivir sin aferramientos te hace libre y te abre a la gracia de Dios, que es puro don y gratuidad.
Fotografía: Martí Santiago








