Cuando llegan estos días me gusta cada año repasar el Poema de Navidad de Josep Maria de Segarra. Recorre sus páginas una especie de tensión entre el vivir de cada día, marcado por el orgullo de nuestra soledad, el despecho que se te come o el gandulear contagioso, y la Navidad que nos da un punto de humildad de ceniza y nos interpela diciendo Arrodíllate hasta el tiempo en que eras niño, en un eco muy evangélico de aquel Si no os hacéis como los niños…
Hace un par de meses me llamó la atención una de las pancartas que se vieron por Barcelona. La llevaba un adolescente, y decía: Mama, no estoy en clase, pero estoy haciendo historia. Me parece que ya hemos perdido la cuenta de las jornadas históricas últimamente… Quizás ahora, más que otras veces, a nosotros, los religiosos, se nos pide no perder la conciencia que la historia de verdad solo la podrá explicar Dios el último día, y que la clave para entenderla estará en el pesebre, las bienaventuranzas, el calvario y el sepulcro vacío. Será la historia de los humildes, la de quienes no pretendían hacer historia, la de quienes se preguntarán con sorpresa: Señor, cuando os vimos con hambre o con sed, desnudo o forastero, enfermo o en la prisión?
Volviendo a las expresiones del Poema de Navidad, quizás Dios lo que espera de nosotros es que seamos como los pastores del pesebre que conocían el nombre de los vientos y el nombre de los torrentes y el nombre de las pequeñas hierbas y el nombre del pájaro quieto y el nombre de las montañas del país tan conocidas! Pero ellos, lejos de todo el mundo, ellos, no tenían nombre! Estos pastores del pesebre conocen el territorio y lo quieren, están plenamente encarnados, no llevan grasa en el pensamiento y por ello tienen unos ojos que se pueden abrir a la rendija que el corazón ve y a la absoluta maravilla de la belleza de la cruz. Donde el poeta pone torrentes y montañas, poned calles y plazas, o lo que sea que rodea vuestras comunidades, poned conventos, escuelas, hospitales o el lugar donde miráis de gastar cada día con amor vuestras energías. Aquí es donde somos llamados no a ser protagonistas, sino a detectar en el prójimo la presencia escondida y anhelada de Cristo.
Desde la URC os deseamos unas santas fiestas de Navidad. Si Dios quiere, al empezar el año os podremos informar ya de la dinámica del Foro de la Vida Religiosa que nos servirá para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la URC. Que sea también una ocasión de reencontrar esta mirada limpia, aclarada, de los pastores del pesebre y de fijar la mirada en aquella estrella titilante e impalpable que puede anunciar la desazón de un nacimiento, entre el buey y la mula de un establo.
¡Feliz Navidad!
Fray Eduard Rey, capuchino, presidente de la URC








