(Hno. Paco Chiva Benajes, Provincial aux. La Salle · 31/03/26) La próxima Semana Santa participaré en una Pascua Joven. Ya hacía un par de años que no iba, y ante esta perspectiva tengo, no sé porque, una sensación positiva, esperanzada. Parece que por eso tuve un sueño que quiero compartir con vosotros:
“Un grupo de jóvenes y no tan jóvenes que estaba al cargo de la animación de la Pascua hacía una reunión. Mostraban preocupación por cómo llegar a los jóvenes y hacerles llegar el Evangelio. Todos ellos habían vivido muchas Pascuas y sabían muy bien qué funcionaba y qué no. Valoraban lo que se hacía normalmente dentro de las iglesias, pero la iconografía, disposición por bancos, espacio poco flexible… quizás fuera adecuada para la gente mayor pero muy limitadora para los jóvenes. Bien, celebraremos la Pascua en el entorno del Molino, decidieron. No hay iglesia. Pero hilando fino, Jesús tampoco fue muy partidario de templos y ofrendas.
Es muy importante favorecer la participación, decían, las personas de hoy quieren expresarse, compartir lo que viven y sienten. La mayoría de quienes vengan ya han acabado sus estudios, tienen pensamiento propio, no podemos darles plegarias prefabricadas, ni catequesis de primera comunión, ni que sea el padre el único que tenga la palabra. Tenemos que favorecer los momentos de personalización, de lectura tranquila del Evangelio. Pondremos tiempos mejor largos de silencio y meditación, nada de prisas. Seguro que así el compartir será más rico, aunque esto alargará el tiempo de celebración, pero si la gente está conectada y los gestos de la liturgia los preparamos bien, merecerá la pena hacerlo.
Jueves. Recordaremos y contemplaremos como Dios, en Jesús, se hace hermano de todos: de los pecadores, de la adúltera, de Zaqueo, de los leprosos, de todo necesitado… cómo acoge a las mujeres, se sienta a la mesa de los impuros, de los descartados… Jesús muestra un rostro de Dios padre y madre, fraterno como el buen samaritano, amoroso como el padre que acoge al hijo que vuelve… “Amaos cómo yo os he amado”. ¡Qué densidad en el momento de lavar los pies! ¡Qué síntesis de su vida el decir que hay que partirse como el pan y derramar la propia vida como se derrama el vino!
Y nos recordaremos y viviremos que es el amor de Dios lo que nos salva, no nuestro esfuerzo, ni el cumplir ninguna ley, ni el acumular méritos, ni la fidelidad litúrgica… el amor, sólo el amor.
Viernes. Hoy ya no son tiempos para el dolorismo del barroco. Tampoco son tiempos para una antropología humana negativa, donde todo gira alrededor del pecado personal (como suelen acentuar los movimientos más conservadores). Nada de que Dios necesite el sufrimiento y la muerte de Jesús para perdonarnos, ninguna víctima para aplacar a Dios y conseguir nuestro rescate. Esta manera de tratar la pasión ya no funciona porque esta no es ya la imagen del Dios de Jesús. Claro que Dios nos rescata, pero no a base de necesitar la sangre de nadie. Jesús es coherente con su manera de estimar, y ante la oposición y persecución, no huye, sigue estimando. Su vida nos muestra cómo ser humanos, hermanos. Su ejemplo nos invita a acoger a todos los crucificados de hoy y a vivir las Bienaventuranzas. Aquí, ante la cruz, mostraremos un buen abanico de situaciones injustas actuales, que con los inocentes que sufren la guerra no nos tenemos que callar. No adoraremos un trozo de madera, sino que pondremos junto a la cruz a los perseguidos por ser coherentes con el amor y el servicio a los otros.
Sábado. Silencio. Soledad. Tiempo de interiorización. Revisar la propia vida. ¿Acepto que no soy coherente al estilo de Jesús? ¿Está pasando Dios por mi vida? ¿Qué tipo de espiritualidad alimenta mi fe?
Vigilia y domingo de Resurrección. Dios confirma la forma de estimar de Jesús. El mal y la muerte no tienen la última palabra. Recordando las apariciones actualizamos que el Espíritu de Dios y de su hijo Jesús siguen actuando dentro de quién confiesa esta manera de estimar. ¡Cómo se transformaría así nuestra sociedad, nuestro mundo!
Los animadores están muy emocionados con todo lo que quieren transmitir a los jóvenes en la Pascua.
Pero muestran preocupación por encontrar algún padre que esté dispuesto a salir del Templo, a ser flexible con la liturgia, a ceder la palabra y dar participación, a no venir corriendo para decir misa y salir volando… Y la emoción del momento se disuelve ante la dificultad de encontrar presbíteros: ¿Poca disponibilidad? ¿Envejecidos? ¿Con poca capacidad de adaptación? ¿Demasiado clericales?”
Es en medio de su desasosiego que me despierto… Mientras me lavo la cara y me miro al espejo me sorprendo a mí mismo con estos pensamientos:
– Y si la Iglesia valorara una liturgia más creativa, próxima y participativa. ¿No sería una manera de ir a la mina de agua en vez de ofrecer agua estancada o con cañerías vacías?
– ¿Y si cambiáramos esta espiritualidad sacrificial por una espiritualidad más fraterna, más al estilo de Jesús?
– Y si hubiera comunidades cristianas más al estilo de las primeras comunidades cristianas, donde es realmente posible compartir vida y espiritualidad. ¿No sería una manera de refundar las parroquias y caminar más en sintonía con la eclesiología del Vaticano II?
– Y si la Iglesia preparara laicos y laicas para poder animar y celebrar en estas comunidades. ¿No sería una manera de superar el clericalismo?
Todavía hay presbíteros y religiosos/as que podrían acompañar esta preparación.
– Y si las religiosas y religiosos tuviéramos una voz más profética dentro de la Iglesia, no solo para animar Triduos sino para hacer más lugar al Espíritu. ¿Es este un servicio que el pueblo de Dios espera de nosotros?
Uff! Esto es lo que tienen los sueños… que cuando se deshacen te dejan con bastantes inquietudes la mente y el corazón.








