(P. Joan Codina, Vicepresidente de la URC · 04/04/24) Han respetado el sábado, pero el domingo, tan pronto como pueden, al alba, salen de su casa. Un interés las atrae más fuerte que el cumplimiento del sábado. Es la experiencia vivida junto a Jesús que ha sido una novedad alentadora, que la cruz quiso truncar injustamente. Les arrebataron brutalmente Jesús, el amigo entrañable. Pero, el recuerdo está bien vivo todavía: Él sigue siendo el amigo. No se saben avenir a su desaparición. Quizás incluso ahora, después de haberlo visto herido, crucificado, sepultado, ahora sienten que el amor está más vivo que antes.
Una fuerza misteriosa les hace salir de casa con las manos llenas. Los evangelios nos hacen saber que aquellas mujeres, una vez lo conocieron allá en la lejana Galilea, no se separaron de él hasta el momento del entierro en Jerusalén. ¡Que importante para nosotros que estas mujeres no hayan dejado nunca de estimarlo, y que sobre todo no puedan abandonarlo en el momento de dolor, de incertidumbre, de oscuridad!
Había claridad en el horizonte, pero todavía no había salido el sol: todavía no se les había encendido la luz de la fe. Justo cuando llegan al sepulcro sale el sol, nos hace saber Marcos, y se encuentran con la sorpresa que la tumba está abierta y de dentro un mensajero les hace saber que el cadáver de su Amigo no está, que no sigan buscándolo: Ha resucitado. Evidentemente, ya no hacen falta los ungüentos ni los perfumes aromáticos. Pero esto es precisamente lo que las había movido a no separarse de Jesús, a estar con Él. Los aromas, los perfumes no son sino símbolos de aquellas actitudes que hoy en día diríamos improductivas o inútiles, como es apoyar al cadáver del amigo entrañable. Aquellas mujeres sintieron la necesidad de devolver a Jesús de alguna manera todo lo que habían recibido de Él. ¡Esto son los aromas!
¿No os parece genial que el origen de nuestra fe se sitúe, no en proclamas solemnes, sino en el silencio, discreción y frescura de la mañana, de la primera mañana, que es cuando Dios actúa? ¡Hay que estar, de buena mañana, para ser testigos de la acción de Dios! Y ellas estuvieron con los perfumes que habían comprado: Aquellas acciones o actitudes que no son inútiles, sino que resultan decisivas.
¡Es Pascua! Es la ocasión de revivir aquella nuestro primer encuentro con el Resucitado, en que le ofrecimos lo mejor de nosotros mismos; un encuentro que un buen día cambió nuestras vidas. La Pascua de este año es el momento de renovar aquel generoso ofrecimiento de nuestras personas. También hoy acudimos a encontrar nuestro Amigo con las manos llenas de perfumes que representan nuestras buenas intenciones, deseos más profundos y nuestras buenas obras. Pero nuestra gran riqueza es el Resucitado que se nos hace presente en la Palabra acogida con corazón de discípulo y en la comida de la Eucaristía.
Que nuestros perfumes que nos han llevado hasta Jesús sigan llenando de olor aromático nuestras casas y los lugares de nuestros encuentros con los hermanos y hermanas.








