(Hno. Xavier Fortuny, Secretario de la URC) Nos acercamos a la última semana de Cuaresma; apunto de iniciar la Semana Santa, fijando nuestra mirada y nuestro corazón en el “Triduo Pascual”.
Y un año más recordaremos y celebraremos los hechos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús el Nazareno. Él ha sido la cara visible de Dios y nos deja su Espíritu que nos acompaña a lo largo de nuestra historia. Recordamos que, acontecido hombre, el Cristo Jesús está unido a cada ser humano, en cada persona, sobre todo en quienes más sufren. Y así nos lo dice el evangelio de Mateo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25,40). El evangelista nos obliga a hacernos preguntas muy concretas: ¿Quién son estos “más pequeños”? ¿Estoy haciendo un servicio generoso por alguien? ¿A qué personas puedo ayudar? ¿Qué hago porque reine algo más de justicia, solidaridad y hermandad entre nosotros? ¿Qué más podría hacer?
La respuesta la tenemos muy bien expresada por el mismo evangelista Mateo: “Porque tenía hambre, y me disteis de comer; tenía siete, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; iba desnudo, y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis; estaba en la prisión, y vinisteis a verme.” (Mt 25,35-36)
Nuestra atención a los “más pequeños” no puede quedarse reducida sólo a una acción asistencial; hay que ir al fondo de la cuestión y descubrir las injusticias de nuestra sociedad y, también, nuestras carencias y debilidades. Este tramo final de Cuaresma, así como, la Semana Santa son unos momentos propicios para la reflexión personal y la plegaria, dos elementos que nos pueden ayudar. Nos hace falta un compromiso real y auténtico de actuación. Es el ejemplo que Jesús nos va mostrando a lo largo de su vida pública: la atención personaliza los más necesidades y la lucha contra toda injusticia.
Las celebraciones litúrgicas de los próximos días, especialmente la vivencia del Triduo Pascual, nos tienen que hacer revivir aquello que es esencial de nuestra fe. Acompañemos a Jesús y, con él, a todas las personas que sufren en su cuerpo o en su espíritu, acompañémoslas con nuestra plegaria y que todos juntos celebremos la gran fiesta de la resurrección.
Que el espíritu de Cristo resucitado haga estancia en nuestro corazón.








