(Susana García del Álamo, Presidenta de la Unió de Religiosos de Catalunya · 02/02/24) Hoy, en esta Jornada Mundial de la Vida Consagrada, encontramos muchos escritos que se nos dirigen a cada uno de nosotros, y todos ellos nos invitan a ponernos en las manos de Dios y renovar nuestro Sí.
Todos nosotros, consagrados, un día sentimos el llamamiento de Jesús, que fijándose en ti, mirándote a los ojos te dijo: «ven y sígueme» y desde la incertidumbre, quizás desde el miedo o la perplejidad, respondimos como los profetas, como Isaías, como Samuel, como María: «estoy aquí, hágase tu voluntad». Todos nos arriesgamos a vivir el sueño de la vivencia de su proyecto de AMOR, todos pusimos en el Señor nuestra mirada, nos fiamos de Él y empezamos a andar cogidos en su mano, codo a codo, y hoy, después de uno, dos, 10, 20 ó 60 años volvemos a renovar nuestro compromiso, un compromiso que nos impulsa a ponernos en camino cada día para encontrarnos con los más débiles, con los desvalidos, los vulnerables, con el prójimo que nos necesita.
En la celebración de esta jornada mundial de la Vida Consagrada recordamos que tenemos que ser, y somos, la expresión del rostro de Dios para la humanidad, el color que da vida al paisaje, una pincelada de la obra de la creación. Somos llamados a transparentar la ternura de Dios, éste es el encargo que nos hace Jesús: ser y estar en el mundo para hacer posible la ternura de Dios. Esta es, como dice el P. Luis Alerto González, la cara y la cruz que convierte nuestra forma de vida en un signo imprescindible de nuestro tiempo. Y «con tanto trabajo como hay por hacer, con tantas posibilidades de disfrutar, de compartir, de ser anuncio de esperanza para todo el mundo»»
Hoy, más que nunca, tenemos que ser, como dijeron algunos religiosos jóvenes en la asamblea de la URC en diciembre, «un signo elocuente para el mundo de hoy», que, abrazando el Evangelio, vivamos el presente, el ahora, con coherencia, radicalidad, alegría, esperanza, confiados en las manos de Dios, y estando atentos a las necesidades concretas de nuestra sociedad.
Tú, yo, cada uno de los consagrados, hemos sido escogidos para llevar luz en medio de tanta oscuridad, para curar las heridas de la humanidad, para hacer realidad el carisma de nuestros fundadores y fundadoras que, movidos por el Amor y dejándolo todo siguieron afrontando y superando dificultades, confiando plenamente que merece la pena entregar la vida por el Evangelio, ser Buena Nueva para la sociedad actual.
Haciendo eco de las palabras del resumen del documento del sínodo de la sinodalidad comparto la idea que «las diversas familias religiosas muestran la belleza del seguimiento del Señor: en la montaña de la oración y en las calles del mundo, en las fuerzas de la vida comunitaria, en la soledad del desierto y en la frontera de los retos culturales. La Iglesia, nos dice, necesita dejarse interpelar por la voz profética de la vida consagrada, centinela vigilante de las llamadas del Espíritu». Es por eso que tenemos que sentir la urgencia de renovar la esperanza y ser creativos en la manera de presentar el Evangelio compartiendo, no solo en lo que hacemos sino sobre todo lo que somos: personas consagradas con el propósito de entregar la vida como el Maestro, como María, haciendo reales y visibles los sentimientos que Jesús compartió con los discípulos.
Os invito, y a mí también me invito, a ser signos vivos de la presencia de Dios en el mundo y que, como los primeros cristianos, unamos nuestras fuerzas, nuestra oración para ser capaces de contagiar que otros jóvenes quieran dejar todo lo que son, todo lo que tienen para consagrar su vida.
Es la hora de escuchar, en el silencio del corazón, la Palabra de Dios y decir como María: «Estoy aquí, hágase tu voluntad» y, dejarnos conducir por el Espíritu que sabe lo que nos conviene.
Cómo dice el poema de Pere Casaldàliga «Es tarde, pero es nuestra hora…».
Es la hora de ser testigos coherentes y creíbles.
Es la hora de ser capaces de andar juntos hacia el Reino.
Es la hora de confiar ciegamente en el Maestro y decir sí cada día.
Es la hora de vivir en plenitud la configuración con Cristo que es la raíz de nuestra consagración.
Es la hora de vivir cada instante como si fuera el último.
Es la hora de vivir el sueño de Dios en nuestra vida y compartirlo con alegría
Es la hora de ser profeta, no de calamidades, sino de esperanza.
Es la hora de la creatividad fecunda, que brota de la intimidad con Jesús
Felicidades a ti, a cada uno de los que compartimos una misma vocación, la de ser discípulo, porque es la hora de volver a decir con ilusión: «estoy aquí, Tú me has llamado y quiero librar mi vida con generosidad.








