(Hna. Teresa Rofes Llorens Carmelitas Descalzas de Terrassa)
“Resuene en el silencio la Palabra”: con este himno de mosén Domènec Cols iniciamos, año tras año, el tiempo de Adviento en nuestro Carmel. Se ha convertido en una tradición no escrita en nuestra comunidad. Cantarlo nos introduce, imperceptiblemente, en aquella dimensión de “música callada” y “soledad sonora” de la que habla Juan de la Cruz. Basta con dejarse conducir y arropar.
Antiguamente, en este tiempo litúrgico (como durante la Cuaresma) no recibíamos visitas. Era un subrayado importante: esperábamos únicamente una venida, la del Señor. Hoy en día, esta premisa no ha desaparecido, pero permanece principalmente como práctica ascética interior: se procura acentuar la actitud de velatorio ante la Presencia (el Divino Presente). Un ejercicio de toma de conciencia, de autoconocimiento y sobre todo, de agradecimiento a Dios, que hace referencia a la conversión del corazón y que encontramos expresado en nuestras Constituciones (nº 81) cuando se mencionan los 2 momentos de examen de conciencia (al estilo ignaciano) de que Santa Teresa quería que practicáramos: antes de la comida y en Completas.
Tiempo de regenación
Y es que el Adviento tiene algo de regeneración, de renacimiento. Cuando todas las hermanas preparamos el cambio de volumen de la Liturgia de las Horas, disponiéndonos en la oración de las I Vísperas del I Domingo de Adviento, se crea un ambiente de recogimiento ya la vez de novedad en el antecorazón. Como un discreto aire de fiesta motivado por la inserción en la dinámica eclesial que posibilita iniciar el ciclo del Año Litúrgico. Se pone de manifiesto aquella frescura de cuando se inicia algo diferente y con posibilidad de futuro, mientras se deja atrás lo vivido y que entra a formar parte del pasado.
Creo que, humildemente, nos abrimos a la gracia de Cristo que -como afirma mosén Rafael Serra, buen liturgista- tiene la capacidad de renovarlo todo. Sí, incluso en este momento angustioso de guerras y cambio climático, la gracia de Cristo nos permite vislumbrar que todo, absolutamente todo lo que sucede en nuestras vidas, puede liberar nuestro camino de inercias y rutinas que nos impiden vislumbrar horizontes diferentes o iniciar nuevas peregrinaciones.
«Dejarse fascinar, impactar, remover…»
Este tiempo en el que, según san Pablo, estamos en expectación (Titus 2,13) es un momento oportuno para releer el Ordenamiento General de la Liturgia de las Horas: un texto siempre actual. Este año, podemos añadir la lectura pausada de la Carta apostólica Desiderio desideravi del Papa Francisco. Ambos escritos nos recuerdan la primacía de la actitud de asombro.
El Adviento es sinónimo también de dejarse fascinar, impactar, remover… por las maravillas que Dios cumple en nosotros y en el mundo. En especial, por el misterio de la Encarnación de su Hijo. En cada Eucaristía, en el momento del embolismo del Padre nuestro, expresamos el sentido definitivo de nuestra vida cristiana… en clave de Adviento: “esperamos el cumplimiento de nuestra esperanza, la manifestación de Cristo, nuestro Salvador”. Lo iremos cantando también algunos días en el Oficio de lectura: “Ven y adoramos a Cristo que viene a salvarnos del pecado”. Y es que esperar al Señor es ir a su encuentro. Felices nosotros si lo hacemos así!








