¿Qué incidencia tiene la tecnología en la vida comunitaria en sus diferentes formatos: familias, comunidades religiosas, amistades? Los cambios vertiginosos que hemos experimentado estos últimos años casi nos hacen olvidar cómo era la vida sin tantos artilugios. Nos parece retornar a una época casi prehistórica. Los jóvenes no saben cómo funciona un teléfono de disco. Las cabinas han desaparecido prácticamente de los espacios públicos. Podemos pensar, además del teléfono, en la radio, la televisión… Antes ocupaban espacios comunitarios. Un teléfono por comunidad, una máquina de escribir por comunidad, una radio por comunidad, un televisor por comunidad. Hoy cada persona tiene su teléfono, su radio (o varios transistores), su televisor a través del móvil o del ordenador, que este sí suele ser individual. Las bibliotecas comunitarias languidecen. Cada persona tiene sus preferencias. Incluso queda la posibilidad de los libros digitales. El buzón de cartas ya no es colectivo, sino que cada uno lo abre en su correo electrónico sin necesidad de sobres ni sellos. La tecnología tiene inmensas posibilidades y sirve de gran ayuda para la vida cotidiana, pero no está exenta de riesgos. Subrayo ahora solo tres.
Primero, reclusión en la esfera individual. La comunidad deja de ser el espacio de preferencia y satisfacción de muchas necesidades, porque la tecnología las resuelve de manera individual. La comunidad, configurada por los próximos, pierde consistencia. No tengo que consultar con nadie para ver un programa de televisión, para escuchar un programa de radio, para descolgar el teléfono. Elijo los programas a mi gusto, a la carta, en la hora de emisión o cuando tengo tiempo disponible. Si la tecnología fortalece la personalización, que está integrada en la vida comunitaria, el resultado es bueno. Pero corre el riesgo de atender el individuo, que se aleja del colectivo para encerrarse en sus preferencias.
Segundo, prioridad de lo virtual sobre lo presencial. La presencia se define por el aquí y el ahora. Lo virtual rompe el concepto de espacio y de tiempo. Basta observar una reunión comunitaria o una comida en grupo para darse cuenta cómo basta un whatssapp para que el móvil se convierta en una nave transportadora a otros espacios quizás a centenares o miles de kilómetros, o a otro tiempo indeterminado. Se pierde así la presencia, la atención, la conciencia. Se enciende la luz roja del ocupado y la comunidad deja de ser el punto de encuentro. Lo próximo se aleja de manera casi imperceptible.
Tercero, la tecnocracia i la trascendencia se excluyen mutuamente. Jordi Pigem cita en su libro Àngels i robots esta frase del psiquiatra Joel Kovel. «La tecnocracia en su afán de digitalizar y manipular todo no puede aceptar lo intangible.» La interioridad, la espiritualidad… se desmoronan o se dejan fascinar por los avances de la tecnología. Me llamó la atención la respuesta de un imán sobre qué le atraía de Occidente: «Nada, excepto la tecnología.» Conservamos la peana y hemos cambiado el referente. Ya no es Dios, sino el dinero y la técnica.
Lluís Serra








