(Pere Codina i Mas, claretiano · 06/11/26) Cuando redactamos estas líneas, se oye decir que «está al caer» el nombramiento de un nuevo obispo para Barcelona. Se habla de ello. Y cada cual habla según su experiencia pasada o según sus expectativas futuras. En el fondo, todos los que hablan del tema querrían ver reafirmadas (o no marginadas) en el futuro sus opciones personales. Y si cada cual da su opinión, me pregunto: ¿Qué dicen los religiosos? ¿Qué tipo de relación tienen o tendrán los religiosos con los obispos?
Históricamente ha existido un concepto que había generado muchas suspicacias, malentendidos y conflictos entre los religiosos y los obispos. Era la «exención»: que significa que determinadas órdenes y congregaciones religiosas estaban directamente subordinadas al papa y, por tanto, «puenteaban», es decir, pasaban por alto la autoridad diocesana, el obispo. La exención ha sido históricamente la gran herramienta que los religiosos han utilizado para sustraerse al control de los obispos: dependían directamente del papa. No hace falta decir que, históricamente, la exención ha sido una fuente de conflictos y malentendidos.
Actualmente, sin embargo —y gracias al Concilio Vaticano II—, el Derecho Canónico ha matizado mucho el término «exención» para evitar que las órdenes (tanto masculinas como femeninas) actúen como «islas» autosuficientes. Actualmente, tanto el superior de una orden masculina exenta como la superiora general de una congregación femenina de derecho pontificio tienen exactamente la misma libertad que tenían antes para gobernar su propia casa, pero tanto uno como otra deben ponerse de acuerdo con el obispo local en todo lo que afecte a las escuelas, hospitales o parroquias que gestionan públicamente en la diócesis. Son las dos vertientes que el documento Mutuae relationes (1978) intentó armonizar.
La situación ha cambiado
Lo que ocurre es que hoy el problema no es la exención. El problema, y grande, es el cambio de escenario con el que nos estamos encontrando. Es un cambio que está a la vista de todos. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha querido ser fiel a la misión que Jesús le confió y siempre lo ha hecho teniendo en cuenta las características y circunstancias de los pueblos en los que estaba encarnada, para que, hablando un mismo lenguaje, el mensaje fuera inteligible para el pueblo. Hasta ahora, las adaptaciones que la Iglesia había tenido que ir haciendo a lo largo del tiempo venían a ser —si se me permite expresarlo así— como ir cambiando los decorados, pero sin tocar el escenario. Pero lo que ahora está cambiando es el escenario.
Hasta ahora, la Iglesia vivía en un contexto rural; la gran mayoría de la población no tenía muchos estudios; tenía una mentalidad no científica y, por tanto, no crítica; parecía como si el sujeto creyente fuera la familia como tal, más que cada uno de sus miembros individualmente; a menudo la familia propiciaba —o incluso determinaba— la vocación sacerdotal o religiosa de los hijos… Toda esta manera de vivir personal y socialmente la fe cristiana tiene un nombre: era la Iglesia de cristiandad. Así es como la Iglesia ha vivido durante todo el último milenio.
La manera de vivir y de actuar que la Iglesia ha mantenido durante todo un milenio está dejando de ser la adecuada. Y no nos cansamos de repetir que esa manera de vivir ha sido buena, y muy buena: tanto es así que hay que estar ciego para no ver los inmensos frutos de santidad y de vida cristiana auténtica que ha producido a lo largo de todos estos siglos. La Iglesia vivía inserta, encarnada, en el mismo mundo en el que vivían sus hijos e hijas.
Aquel mundo, sin embargo, ha dejado de existir. Aquella Iglesia, es decir, aquella manera de vivir la fe, también está desapareciendo. Hoy, aquí y a diferencia del pasado, la Iglesia vive en un contexto eminentemente urbano; la gran mayoría de nuestra población tiene estudios, a menudo superiores; tiene una mentalidad científico-técnica y crítica; la fe está dejando de ser eminentemente familiar y se convierte en una opción personal, libre y voluntaria de cada uno de sus miembros; la familia ha dejado de ser el semillero que favorecía las vocaciones sacerdotales o religiosas… Aquel modelo de Iglesia que las generaciones mayores habían conocido en su infancia y juventud ya no puede sostenerse en estos nuevos tiempos y está desapareciendo con una rapidez inesperada. Y gracias al Concilio Vaticano II puede ir buscando y experimentando una nueva manera de ser cristiano, de ser presbítero, de ser religioso… que responda a los valores del mundo de hoy. Es lo que han hecho los Capítulos Generales después del Concilio.
Un nuevo horizonte
Una de las cosas que más llaman la atención es la disminución numérica de la Iglesia. Nuestra Iglesia (occidental) se está haciendo más pequeña. Las comunidades cristianas ya no llenan las iglesias como antes. Las vocaciones ya no llenan aquellos grandes seminarios de la posguerra, como tampoco los noviciados se llenan en la proporción que habíamos conocido hace medio siglo.
No debemos perder de vista que la Vida Religiosa —Iglesia como es— corre la misma suerte y vicisitudes que la Iglesia en su conjunto, y tendrá que encontrar su lugar y su función aquí y ahora, en nuestro mundo occidental. La Iglesia ve cómo quedan atrás aquellas multitudes y aquellas iglesias abarrotadas, porque hoy todo apunta hacia comunidades cristianas reducidas: hace más de medio siglo Ratzinger las llamaba «comunidades proféticas» y Rahner hablaba de una «Iglesia de pequeño rebaño». Las congregaciones religiosas ven cómo quedan atrás los noviciados numerosos y las ordenaciones colectivas. Y no hay vuelta atrás.
Ahora bien, todo lo que está ocurriendo es un cambio profundo, no un final. El teólogo Ratzinger, poco después del Concilio (1969), hablando de «cómo sería la Iglesia en el año 2000», decía: «De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar completamente de nuevo. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en la coyuntura más favorable…». Podemos sustituir «Iglesia» por «Vida Religiosa», y el pronóstico mantiene todo su sentido…
No entraremos en la discusión sobre qué es primero (en la práctica): la Iglesia universal (Roma) o la Iglesia particular (diócesis). Pero debemos reconocer que, muy a menudo, los religiosos —por aquello de la universalidad— no tenían demasiado en cuenta a la Iglesia particular, la diócesis. Creemos que esto está cambiando en el nuevo estilo de Iglesia que está naciendo.
Diócesis y congregaciones nos encontramos en una idéntica situación de decrecimiento compartido que nos lleva a una situación de pobreza compartida de recursos: envejecimiento, caída de las vocaciones, cierre de casas y parroquias, pérdida de peso social y dificultades económicas. En el pasado, las relaciones entre obispos y religiosos venían acompañadas de posiciones asimétricas de fuerza: la diócesis con estructura y recursos, los religiosos con carisma, personal y movilidad. Eso se ha acabado. Esta debilidad compartida actual se convierte en el terreno desde el que habrá que construir una nueva relación y colaboración entre obispos y religiosos, que tendrá en la sinodalidad la herramienta imprescindible y renovadora.
La sinodalidad está impulsando en este sentido: la construcción y consolidación de la Iglesia particular es la manera de consolidar la Iglesia universal.








