(Eduard Rey – a través de Catalunya Religió) La Encíclica ‘Fratelli tutti’ del Papa Francisco ha generado polémica, según leo en algunos medios. Algunos han dicho que el Papa es comunista… Nada nuevo bajo el sol: dicen que cuando León XIII publicó la primera encíclica de temática social, la ‘Rerum Novarum’, en 1891, hubo quien se organizó para rezar por la conversión del Papa. Supongo que muchas críticas se hacen a partir de lecturas parciales del texto. Otros quizás evidencian que el Papa ha acertado precisamente en las verdad incómodas que quería poner sobre la mesa.
Como franciscano, querría hacer una aclaración. Creo que el hecho que el Papa haya tomado como inspiración para su pontificado la figura de san Francisco no lo hace un Papa franciscano. Él viene de otra tradición espiritual, bastante diferente de la franciscana, por ejemplo, en la manera de entender el gobierno o en el lugar que ocupa la misión. Una apropiación franciscana del Papa Francisco, pues, no me parece legítima. Lo mismo pasa con esta encíclica. San Francisco y su encuentro con el soldado de Egipto son como un catalizador, como la mecha que enciende la reflexión, pero hay otras fuentes de inspiración que él cita al final de todo, especialmente el beato Charles de Foucauld y figuras situadas en la estela de Mahatma Gandhi, como Martin Luther King o Desmond Tutu. El ámbito de la reflexión del Papa se inscribe en un marco mucho más global, el de la doctrina social de la Iglesia.
Sin ser un experto en este campo, yo leo la ‘Fratelli tutti’ una continuidad con este hilo del magisterio y la tradición eclesial. No es ninguna novedad, por ejemplo, decir que la propiedad privada, sin dejar de ser una cosa positiva, es secundaria respecto del bien común. No lo es tampoco que la Iglesia plantee interrogantes de fondo sobre las dinámicas del liberalismo, o que se muestre en desacuerdo con la idea de que el mercado por sí solo se autorregula y acaba generando justicia. El texto incluye bastante citas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI (especialmente de ‘Caritas in Veritate’) que subrayan esta continuidad. Si hay católicos que se han escandalizado por alguna de estas afirmaciones, demuestran conocer bien poco la propia tradición.
“Realizar la fraternidad a partir de pueblos y naciones que vivan la amistad social” (n. 154) me parece a mí la frase que resume la aportación más propia del Papa en este documento. Fraternidad universal y amistad social describen como dos polos, uno de abierto a toda la humanidad y otro arraigado en el lugar y la cultura de un pueblo, que se necesitan y se complementan. El acento de la encíclica recae más en el aspecto universal, porque el Papa siente en el momento presente que el riesgo más grande es el del cierre de los diferentes grupos y naciones, con la consiguiente exclusión de los más pobres. Entre muchas cosas dignas de destacar, querría señalar, en el apartado que dedica a los políticos, una de aquellas genialidades del Papa poniendo en contraste dos términos aparentemente sin conexión cuando recomienda buscar más la fecundidad que el éxito (n. 193-197). En el fondo creo que es otra versión de aquella intuición tan suya que “el tiempo es superior al espacio”, que es mejor trabajar para generar procesos que para ocupar espacios de poder.
Me incomoda un poco el capítulo octavo, sobre “las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo”. Los pocos párrafos dedicados a la Iglesia son claros, y se agradece que la quiera situar también como un actor político (que no partidista) sin conformarse con la esfera privada donde liberalismos y populismos la quieren recluir. Pero personalmente habría agradecido una acento más fuerte en este sentido, porque si no es así al final el estado-nación acaba siendo el marco de referencia básico del discurso, incluso cuando se le quiere superar en los caminos de la fraternidad universal.
Me habría gustado una palabra más articulada, por ejemplo, en torno a qué aporta a la fraternidad universal que la Iglesia sea sacramento de unidad. Igualmente, después de haber expuesto un pensamiento rico y matizado sobre la idea de “pueblo”, quizás habría merecido la pena sacar algunas conclusiones de cara a una Iglesia que en el Concilio Vaticano II se definió muy especialmente como “Pueblo de Dios”. Además, el Papa en algunos párrafos utiliza expresiones genuinamente cristianas, como la palabra “Padre” aplicada a Dios, como si expresaran algo común a todas las religiones, cosa más bien discutible.
‘Tutti fratelli’ es un texto denso y extenso, que parece querer hablar de todo y dirigirse a todo el mundo. Es una de sus bellezas, y también uno de sus peligros, porque en un espacio abierto y sin límites es donde una voz se puede perder con más facilidad. También por eso pienso que habría sido conveniente detenerse más en una palabra específica para la Iglesia, ya que al final es la caja de resonancia que tiene que dar cuerpo a la voz del Papa en el documento. Creo que merece la pena que nos apliquemos a hacerlo y que creamos de verdad que nuestras comunidades locales y la red mundial que somos hacen ya visible esta amistad y esta fraternidad que el Papa predica.
Eduard Rey es Ministro Provincial de los Capuchinos O.F.M. Prov. Cataluña y Presidente de la URC.








